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Palabras de Su Majestad el Rey la Conferencia Extraordinaria de los Ministros de Justicia de los países hispano-luso-americanos

Madrid, 05.10.1992

S

ean mis primeras palabras para trasladaros nuestra satisfacción por la celebración en España de esta Conferencia de Ministros de Justicia de los países hispano-luso-americanos.

Para los españoles, recibir a nuestros hermanos iberoamericanos es, en cualquier momento, motivo de auténtica celebración. Si, además, quienes nos hacen el honor de visitarnos desempeñan, como es el caso, las más altas responsabilidades en un campo tan relevante como el de la justicia, la satisfacción es, si cabe, más intensa.

Son, sin duda, muchos y estrechos los lazos que unen a los aquí congregados. Nuestras naciones, nuestra cultura, hunden sus raíces en el derecho. Nuestros ordenamientos jurídicos parten, todos ellos, de un tronco común, que se ha hecho más frondoso a medida que en cada una de nuestras naciones han brotado nuevas y más vigorosas ramas.

Para cuantos formamos parte de la gran comunidad iberoamericana, el derecho y la permanente búsqueda de la justicia figuran entre nuestros principales objetivos.

Cuando en 1970, con ocasión de firmarse el acta fundacional de esta Conferencia, recibí a sus integrantes, les encarecí que se esforzaran en intensificar la cooperación entre nuestros países con un horizonte común: el de profundizar en la armonización de nuestros ordenamientos jurídicos, robustecer la cooperación en la lucha contra la criminalidad y aumentar la colaboración para consolidar estados de derecho cada vez más vertebrados y enraizados en la sociedad.

Les vaticiné que, si así lo hacían, la conferencia que entonces constituían tendría un futuro sin duda esforzado, pero también halagüeño. Veo hoy que el esfuerzo se ha realizado, y que sus frutos han sido abundantes. Esta Conferencia extraordinaria, que reforzará los ya intensos vínculos existentes entre las naciones aquí representadas, es la mejor prueba de ello.

Desde que empezara su andadura, esta Conferencia ha tenido que hacer frente a los nuevos desafíos generados por el mundo moderno. La criminalidad organizada, el tráfico internacional de drogas y el terrorismo son sólo algunos de ellos, aunque de singular relevancia. La droga, que intenta aniquilar la salud de nuestros ciudadanos, pretende corromper nuestras estructuras y se propone implantar la ley del más fuerte, no conoce fronteras.

Tampoco las respetan quienes, mediante el terror, se proponen destruir la convivencia pacífica de nuestros pueblos. En fin, la criminalidad se organiza hoy internacionalmente; todos ellos aprovechan de manera fraudulenta, en su beneficio, los resortes que, para la defensa de los derechos legítimos, ofrecen nuestros ordenamientos jurídicos.

Por ello, frente a la internacionalización de la criminalidad es preciso responder con la internacionalización de la defensa del derecho y de la garantía de la legalidad.

Esta Conferencia ha ofrecido no pocos frutos en ese sentido y es, por ello, buena prueba de lo que es menester hacer para replicar organizadamente, y siempre con el derecho en la mano, a quienes no conocen fronteras para perturbar nuestra paz.

La Conferencia ha sido, además de un cauce de comunicación, un eficaz instrumento para configurar un frente común con que responder a esos desafíos.

La transformación del Acta de Madrid en un tratado internacional dará nuevo impulso a esta Conferencia y la dotará de mejores mecanismos para la consecución de los objetivos comunes. Os insto a perseverar en vuestros trabajos, a aunar vuestros esfuerzos y a intensificar vuestra cooperación, en la certeza de que ello redundará en más libertad y más seguridad para todos nuestros ciudadanos.

La España que hoy os abre con gozo sus puertas está aún en el camino entre dos grandes retos. Uno, ya superado, los Juegos Olímpicos de Barcelona; otro, aún en curso, la Exposición Universal de Sevilla.

Es una España que ha querido utilizar esos dos singulares eventos para mostrarse al mundo tal como hoy es: la depositaria de una historia milenaria que ha renovado sus estructuras y sus instituciones, preservando lo auténtico y lo tradicional e incorporando lo moderno. Una España que quiere, desde la convivencia pacífica y en libertad, plantearse nuevos y más ambiciosos horizontes.

La España que os recibe es, también, consciente de que la más fructífera parte de esa historia que la respalda ha sido compartida con quienes aquí están presentes, hasta el punto de que el español es de sobra sabedor de que no se entendería su historia -que él mismo no la entendería- sin tener como polo de referencia a los pueblos que aquí representáis.

Ese pasado compartido está, todos lo sabemos, sembrado de aciertos y de errores; pero, con unos y con otros, es nuestro pasado, el de todos cuantos aquí nos congregamos.

No puedo apartar de mi memoria algo que, a mi juicio, representa muy gráficamente todo cuanto aquí quiero expresar: hay una plaza en la capital de México, la plaza de las Tres Culturas, que en sí misma y en su nombre sintetiza este sentimiento. En dicha plaza hay, además una placa que conmemora la batalla final y dice así: «No fue victoria ni derrota, sino el parto doloroso del pueblo mestizo que es el México de hoy.»

Nuestro pasado común es, también con sus luces y sus sombras, la matriz de nuestro futuro. Un futuro que será tanto más venturoso cuanto más aprendamos del pasado común; un futuro, también, que será tanto más veraz cuanto más compartido y relacionado sea.

Tengo la seguridad de que este encuentro, y la Conferencia que en él se alumbra, serán un nuevo y más poderoso mecanismo para progresar en la persecución de esos anhelos universales que son la libertad, la paz y la justicia.

Para alcanzar esos ideales, que constituyen el norte de nuestro cotidiano quehacer, el derecho y la cooperación entre los sistemas jurídicos son herramientas de primera magnitud.

A utilizarlas con tino y sabiduría, pero también con decisión, os exhorto. Estoy seguro de que vuestra labor en esta conferencia redundará en un mejor futuro para nuestros países.

Al renovaros el mensaje de amistad del pueblo español y la oferta de su más sincera y cordial hospitalidad, os deseo los mayores éxitos.

Queda inaugurada la Conferencia Extraordinaria de los Ministros de Justicia de los países hispano-luso-americanos.

Se levanta la sesión.

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