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Palabras de Su Majestad el Rey en la entrega del Premio Cervantes a Francisco Ayala

Madrid(Alcalá de Henares), 23.04.1992

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n año más la Reina y yo acudimos gustosos a esta cita de la Corona con el mundo de la cultura, que es la entrega del Premio Cervantes. De nuevo el viejo y siempre nuevo recinto de la Universidad de Alcalá de Henares acoge este acto ya tradicional en las letras de España y de América. Un acto que marca un momento importante para la reflexión sobre nuestra querida lengua española, que une a más de trescientos millones de seres humano a lo largo y ancho de toda la geografía universal, y que se engrandece con la obra de tantos y tantos autores como han recibido hasta hoy el galardón que aquí nos convoca.

Pero en esta ocasión, la entrega del Premio Cervantes tiene una significación muy especial.

Este año conmemoramos el V Centenario del descubrimiento de América, o lo que es lo mismo, el principio de la larga y fecunda aventura del español como lengua universal. Y al mismo tiempo, el inicio de ese mestizaje cultural que ha dado frutos gloriosos, nacidos a un lado y otro del océano, pero hermanados siempre por el idioma común, por la expresión en una lengua que se ha ido enriqueciendo con el paso de los siglos.

Porque el V Centenario debe ser también, y muy especialmente, la celebración de la lengua. Un pretexto único para ser conscientes del privilegio que supone podernos comunicar en el mismo idioma en el que Cervantes o Sor Juana Inés de la Cruz, Juan Ramón Jiménez o Rubén Darío, expresaron sus sentimientos y mostraron al mundo sus formas de ser. Hoy el español es más universal que nunca y goza de unas posibilidades de difusión como nadie pudo soñar. Por eso recibimos en su día con tanta satisfacción la creación del Instituto Cervantes, con sede muy cerca de aquí, en el Colegio del Rey, y cuyo Patronato nos cabe a la Reina y a mí el honor de presidir.

Precisamente la obra de Francisco Ayala se ha desarrollado en las dos orillas del idioma y ha bebido en su origen y en su crecimiento la identidad plural de la cultura hispánica, mientras se remansaba en los últimos años en la realidad gozosa de la España del reencuentro. Ayala contempla desde la altura de sus fecundos ochenta y seis años el discurrir de la historia y la cultura españolas del presente siglo como alquien que ha contribuido decisivamente a su propia construcción.

Desde sus años más jóvenes, cuando publica sus primeros libros al amparo intelectual de Ortega y Gasset y su Revista de Occidente, allá por el año 1925, Francisco Ayala es una un hombre ligado radicalmente a su tiempo. Un tiempo de frenética actividad creadora en el que se dan cita muchas de sus corrientes literarias y artísticas que han ido consolidando lo más importante de la cultura de nuestros días. Pero un tiempo también en el que la vida política y social de España vivirá avatares decisivos que habrán de desembocar en hechos de obligado recuerdo a la hora de hablar de Francisco Ayala.

Porque tras la guerra civil vendrá el exilio, la continuidad de la vida y de la obra en la América de habla hispana que con tanta generosidad acogió a esa España peregrina de la que formaron parte tantos hombres y mujeres de nuestras artes y nuestras letras. Todo ello lo explica muy bien Francisco Ayala en sus memorias que bajo el significativo título de Recuerdos y olvidos recogen una vida apasionante.

Francisco Ayala es andaluz, granadino. Su formación vital y literaria se desarrolla, por tanto, en un paisaje especialmente favorable, en un cruce de culturas que él recibirá con los ojos bien abiertos. La madurez llegará en Madrid, con su doctorado en derecho. Y la culminación de su aprendizaje, en Alemania. Tras la guerra civil vendrá la dolorosa experiencia del exilio, que le llevará a Argentina, a Puerto Rico, a las universidades norteamericanas de Princeton, Nueva York o Chicago.

Nunca consideró el exilio Francisco Ayala como un destierro cultural.

Para él, la creación desarrollada en aquellos tiempos pertenece a la integridad de la cultura española, y posee con la que se siguió haciendo dentro de nuestras fronteras el rasgo unificador del uso común del idioma castellano. Ayala ha puesto así el acento en una cultura no diferenciada, sino enriquecida por los hechos históricos.

La Corona, vocacionalmente aglutinadora de todos los modos de sentirse español, encuentra en personalidades como la de Francisco Ayala, el ejemplo más claro de una España definitivamente reunida.

Francisco Ayala es, no lo olvidemos, un polígrafo. Es decir, alguien que asume la escritura como vehículo para expresar su pensamiento por cauces diversos. Profesor de sociología, posee por ello una concepción del mundo no sólo literaria, sino próxima al ámbito científico.

Cosmopolita, ciudadano de América y de Europa, ha vivido de primera mano los cambios de la vida contemporánea.

Y ha plasmado su testimonio de las cosas no sólo en su obra estrictamente literaria, en sus novelas y sus narraciones breves, sino en multitud de artículos que nos han mostrado su diagnóstico siempre certero de una realidad cambiante.

Ayala ha sido, por tanto, un intelectual que opina. Alguien que no puede renunciar a analizar lo cotidiano porque considera que es su obligación hacerlo. Y esa disposición al análisis y al comentario debe ser agradecida por una sociedad que vuelve hoy a pedir a sus intelectuales un debate enriquecedor, capaz de aportar nuevas esperanzas en el futuro. En un tiempo de creciente materialización de una sociedad en la que aflora el fantasma de la insolidaridad y de la intolerancia, la presencia del intelectual como conciencia de nosotros mismos, como voz de los que muchas veces no alcanzan a tenerla, cobra de nuevo toda su trascendente dimensión.

Recientemente se ha referido Francisco Ayala al desmoronamiento de las últimas utopías, a la pérdida de los elementos objetivos que hasta ahora habían servido de orientación a muchos seres humanos.

Y decía que al escritor sólo le queda el recurso de expresar su subjetividad. Pero sin duda en esa subjetividad, y desde lo más íntimo de su reflexión, aún puede y debe ayudar a sus lectores a encontrar esa posibilidad para entender la realidad que muchas veces es la literatura. Esa literatura que también, como a lo largo de los siglos, deberá seguir sirviéndonos de consuelo. En esa unión de lo razonado y lo sentimental está con frecuencia la verdadera grandeza de las palabras.

Hay algo que no quiero dejar de destacar de la personalidad de Ayala: su permanente curiosidad, su deseo por seguir viendo pasar la vida con la misma ilusión del primer día, aunque sea disfrazada de escepticismo. Y lo que es tan importante hoy para nosotros, utilizando el castellano como instrumento de su reflexión.

Que en este 1992 entreguemos el Premio Cervantes a un escritor español, que ha vivido en América, que ha recibido la hospitalidad vital e intelectual del otro lado del océano, constituye todo un símbolo.

Ayala es, desde su sillón en la Real Academia Española, uno de los encargados de seguir haciendo de nuestra lengua un vehículo capaz de transmitir nuestras mejores tradiciones.

En un libro reciente, precisamente titulado La Imagen de España, Ayala termina afirmando que nuestra patria ha dado una última sorpresa al mundo afirmando su normalidad, afrontando los retos de cambios muy profundos desde la seguridad de que cada ciudadano puede libremente intervenir en tales cambios.

Los españoles, dice el escritor, nos hemos reinstalado en la historia y hemos aprendido la lección de que las páginas de esa historia debemos escribirlas juntos. Juntos, sí. Pero con la ayuda de esos intelectuales que, como Francisco Ayala, gozan del privilegio y sufren la responsabilidad de indicarnos cuál estiman ellos que sea el camino más oportuno.

Gracias, pues, a Francisco Ayala por su obra. Por sus mundos de ficción y por sus cavilaciones científicas sobre la sociedad. Pero gracias, sobre todo, por seguir estando bien despierto frente a las realidades del mundo y del hombre. Por haberse ligado conscientemente a esa tradición cervantina del mostrar la vida como es por medio de las maravillas de la palabra. En él vuelve a cumplirse un año más este gozoso encuentro que reúne cada 23 de abril, en el recuerdo del más grande genio de nuestras letras, a la Corona y a la cultura.

Muchas gracias.

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