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Palabras de Su Majestad el Rey "In memoriam" del Rey Balduino de los Belgas

Madrid, 23.01.1995

C

omo Patrono de la Real Diputación de San Andrés de los Flamencos, que gobierna la Fundación Carlos de Amberes, asumo con mucho gusto la honrosa misión de presidir, junto con la Reina, la clausura de su IV Centenario con este acto dedicado a la memoria del Rey Balduino de los Belgas.

Es éste el marco más apropiado para esta conmemoración. La historia, y sobre todo la voluntad de quienes gestionan la segunda época de esta institución, ilustran la importancia de las relaciones que desde antiguo vinculan a nuestros dos países en un campo que no pudieron deslucir los avatares de la política ni el estruendo de las armas: el de una cultura compartida que mutuamente nos ha enriquecido, simbolizada en el cuadro con la imagen de vuestro patrón que preside las actividades de la Fundación.

Desde ángulos distintos y coincidentes en el aprecio a las grandes cualidades que adornaron al Rey Balduino, Wilfred Martens, el vizconde Davignon y Gregorio Peces-Barba nos han aproximado a su admirable figura y trayectoria.

Me corresponde a mí destacar su virtud principal, fuente y raíz de todas las demás, con la que manifestó desde un principio y para siempre su exacta comprensión de lo que constituye la esencia misma de la realeza: el sacrificio de su persona para ponerla al servicio de su pueblo, en circunstancias que sólo podía superar el impulso de un alma superior en estrecha conjunción con los deseos e intereses de los belgas.

Quienes nos honramos con su amistad fuimos testigos de que esta animosa decisión fue la médula y, por así decirlo, el programa de su reinado.Inspiró Su diligente atención a las realidades y signos de los tiempos, de los que acertó a extraer vías de solución que superasen los elementos de confusión y crisis.

Justificó la fidelidad con que sirvió a la Constitución y a la voluntad nacional. Fue el fundamento de la serena sencillez y profunda convicción con que asumió su papel, a la vez histórico y cotidiano, y la razón de una autoridad que ejerció sin imponerla y que le granjeó la confianza y el respeto de su pueblo, así como un firme prestigio internacional.

En este último escenario destaca especialmente su acendrado europeísmo. No sólo creía en los valores y posibilidades de la construcción europea, sino que comprendió, con su habitual agudeza, el papel que correspondía naturalmente a Bélgica en este proceso, tanto por su privilegiada situación geográfica y su experiencia histórica cuanto por el ejemplo que su unidad en la diversidad podía aportar a la realidad y el protagonismo de Europa en una perspectiva mundial surcada por ráfagas de inseguridad y desencanto.

La clara inteligencia y la autenticidad con que procedió en esta cuestión nos enseñan y nos requieren a continuar su obra mediante la concertación de nuestras respectivas voluntades y realidades nacionales.

Este homenaje no sería completo ni conforme a los deseos del Rey Balduino si no incluyese un saludo, lleno del afecto sincero que nace del corazón, a la Reina Fabiola. Con generosa fidelidad ha prestado siempre un servicio de valor incalculable al proyecto de su esposo y al bien de su país. Su presencia enaltece este acto, en el que el recuerdo se tiñe de esperanza y nos anima a seguir con optimismo el camino del futuro.

 

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