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Discurso de Su Majestad el Rey en la entrega de los Premios Nacionales de Investigación

Madrid, 29.01.1996

L

a aportación española al conocimiento universal es una empresa que ha contado, y siempre contará, con el más entusiasta apoyo de la Corona, que ha tenido como preocupación constante el fomentar y tutelar los esfuerzos de los españoles en favor de la aventura del saber.

Me resulta, enormemente grato presidir hoy esta solemne ceremonia de entrega de los Premios  Nacionales de Investigación de y de la Cátedra Severo Ochoa por ello.

La Reina y yo deseamos, ante todo, felicitar a los galardonados y animarles a que continúen su fecunda labor creativa y de formación de jóvenes investigadores.

España cuenta hoy con un tejido científico-tecnológico que no podían sospechar los eminentes investigadores que dan nombre a los premios que hoy nos convocan aquí.

En los años de Ramón y Cajal, Torres Quevedo y Menéndez Pidal la labor del científico era una hazaña individual, sin apenas eco en la sociedad y más propia de los genios aislados que surgen en nuestras tierras. Incluso Severo Ochoa, realizó su carrera científica fuera de España y se lamentó con frecuencia de la falta de estímulos sociales a la labor investigadora en nuestro país.

La situación actual no debe conducirnos a la autocomplacencia, porque todavía nos queda mucho camino por recorrer en el desarrollo de nuestro sistema científico-técnico, pero la Corona ve con gran satisfacción la vitalidad y creatividad que ha alcanzado la comunidad científica española a la que hoy nos dirigimos a través de los galardonados.

De la investigación científica y el desarrollo tecnológico se derivan beneficios que afectan al conjunto de la sociedad, producen bienestar y aumentan la calidad de vida de los ciudadanos. Al mismo tiempo, el binomio I+D es fundamental para el progreso de los países y el aumento de su riqueza.

Por esta razón habrá que redoblar los esfuerzos para que la actividad de los científicos sea mejor conocida por el conjunto de los ciudadanos y, a su vez, para que éstos, a través de los agentes sociales y de sus medios de expresión, influyan en las investigaciones que se realizan.

La investigación y el desarrollo, es decir, la producción de nuevos conocimientos y su aplicación a la resolución de problemas concretos, debe alcanzar mayor relevancia en el diálogo social. Este diálogo es especialmente necesario por cuanto de la ciencia se pueden seguir consecuencias no deseables. Las implicaciones éticas o medioambientales del desarrollo tecnológico deben ser conocidas y valoradas por los ciudadanos y por sus representantes, para que sea el conjunto de la sociedad la que asuma de manera consciente e informada el trabajo de sus científicos, un trabajo que nos llena de orgullo y que, por ello, deseamos que sea más conocido y más debatido.

Animo, pues, a la comunidad española de científicos y tecnólogos a que perseveren en su actividad investigadora y a que redoblen sus esfuerzos en pro de una mayor integración social de su función, y reitero nuestra felicitación a estos seis eminentes representantes de la ciencia española, a quienes hoy se premia por su labor.

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