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Palabras de Su Majestad el Rey en la cena de gala ofrecida por Sus Majestades los Reyes de los belgas

Belgica(Palacio de Laeken), 16.05.2000

M

ajestad, Señora,

Vuestra generosa y amable hospitalidad nos permite a la Reina y a mí tener hoy la especial satisfacción de encontrarnos de nuevo en una Visita de Estado en Vuestro país, invitados por Vuestras Majestades. Agradecemos de corazón Vuestro siempre cálido recibimiento, exponente de la cordialidad tradicional del pueblo belga.

Desde nuestra primera Visita de Estado a Bélgica en 1977, hemos podido constatar el progresivo y notable acercamiento entre nuestras respectivas autoridades y entre nuestros pueblos.

Esta creciente comunicación entre ambas sociedades es muestra, sin duda, de los estrechos vínculos y de la complementariedad existentes entre nuestros dos Estados, que da lugar a amplios espacios de entendimiento, tanto en nuestras relaciones bilaterales, como en los numerosos foros en los que ambos países coincidimos.

Nuestra creciente aproximación está también fundamentada en múltiples valores compartidos, que permiten intensificar nuestros encuentros en muy diversos ámbitos y alcanzar juntos numerosos objetivos que nos son comunes. Dichos valores se enraízan en una sintonía que ha tejido nexos entre nuestros dos países.

El historiador español, Claudio Sánchez Albornoz, destacaba que, entre los acontecimientos que vinieron a definir de modo determinante lo que constituye la realidad española, se encuentra la llegada a la Península en 1517 de un Rey natural de Gante: Carlos I de España, más tarde mejor conocido como el Emperador Carlos, cuyo quinto Centenario celebramos este año.

En efecto, en Bruselas, el futuro Emperador fue proclamado Rey de España; y cuatro décadas más tarde, el 25 de octubre de 1555, Carlos V pronunciaba su discurso de abdicación en esta misma ciudad. Bruselas, hoy capital por excelencia de la Unión Europea, se confirmó, también, como el punto de referencia primero y último del reinado del Monarca, impulsor destacado de la idea de Europa.

Puede decirse del Emperador que su legado más notable a nuestra vida contemporánea se cifra en aquel permanente esfuerzo suyo por conseguir la unidad europea. Por ello, de Vuestra Visita de Estado a España en 1994, que supuso un notable impulso para las relaciones entre nuestros dos países, recuerdo con especial interés aquella referencia que Vuestra Majestad hacía entonces en el Congreso español de los Diputados: se trata de lograr "una Europa en la que debemos acentuar lo que nos une y no lo que nos separa". Hoy, con vuestro consentimiento, me permito hacer también mía esta expresión, que viene a confirmar la proximidad de nuestros enfoques.

En la línea marcada por Vuestras palabras, quizá una de nuestras mayores aportaciones hoy al proceso europeo se base en nuestra voluntad de subrayar los sólidos y permanentes fundamentos que compartimos, al tiempo que destacamos la diversidad de las facetas con que cada Estado miembro contribuye a la riqueza de la Unión en su conjunto.

La conjunción de unidad y diversidad supone un principio básico, que inspira todo el proceso de integración europea. Ahora nos encontramos inmersos en un importante programa de reforma de las instituciones de la Unión, en el que ambos países, animados por un vigoroso espíritu comunitario, deseamos efectuar los cambios que dejó pendientes el Tratado de Amsterdam. España confía en que llegaremos a alcanzar compromisos que permitan avanzar en el proceso de integración y preparar la Unión Europea para la próxima ampliación, que es uno de los proyectos más ambiciosos que ha vivido la construcción de Europa en su ya largo camino.

La ampliación afecta a numerosos Estados que pertenecen a nuestra área por motivos no sólo geográficos e históricos, sino también por el hecho de que las aportaciones de muchos de ellos constituyen parte esencial de la cultura de las tierras que ya unificó en su persona el Emperador Carlos. Precisamente, varios de estos países compartirán con nosotros las conmemoraciones relativas al V Centenario de su nacimiento, a través de la presencia de sus Jefes de Estado en Toledo el próximo 5 de octubre.

España vivió las esperanzas, las ilusiones y las dificultades de un proceso de transición política y de modernización social que ha permitido a toda una generación de nuevos españoles nacer y crecer en democracia y libertad. Aquel esfuerzo colectivo de una transición, que puede hoy parecer lejana, pervive en el compromiso de la sociedad española de fortalecer su convivencia, su transformación modernizadora y su presencia en la comunidad europea e internacional. Por ello, España es particularmente sensible y consciente de la importancia que para cada uno de los candidatos representa la actitud de la Unión y de sus Estados Miembros respecto al proceso de ampliación. Sin duda, éste constituye un poderoso estímulo para introducir los cambios y reformas que resulten necesarios y, por todo ello, España se esfuerza en favor de la integración de estos países en la Unión Europea.

España entiende que la prevista ampliación, la más amplia que la Unión Europea haya afrontado nunca, se configura como una contribución decisiva a la estabilidad y al desarrollo político y económico a que aspira el conjunto de Occidente. España posee también, como herencia de la historia, una amplia proyección extraeuropea, alguna de cuyas realidades más fructíferas pervive en nuestra vida contemporánea; aquí se incluye América, la otra España, en la que su cultura y la nuestra se injertan mediante un mestizaje extraordinario y único, fecundo para los dos Continentes.

Encuentros, presencias frecuentes e irrenunciables entre América y Europa, han creado relaciones tan sólidas y amplias, que hemos podido alcanzar cotas de entendimiento prácticamente desconocidas todavía hace pocos años. La Cumbre entre la Unión Europea, Latinoamérica y el Caribe, celebrada en Río de Janeiro en 1999, el reciente Acuerdo entre México y la Unión o la próxima negociación con Mercosur constituyen vértices muy visibles de toda una serie de tendencias estructurales a favor de esta estrecha colaboración.

A su interés atlántico, España añade una presencia constante en el Mediterráneo. España y Bélgica, con el resto de nuestros socios y aliados, valoramos hoy con especial intensidad la importancia de esta frontera de la Unión. Estamos convencidos de que la fructuosa cooperación, impulsada desde una y otra de sus orillas, va haciendo del viejo "Mare Nostrum" un espacio para la convivencia, la prosperidad y la estabilidad de los Estados y pueblos con él relacionados. Nuestra actuación se fundamenta en el respeto por el valor inalienable de cada persona, sea cual sea su raza, cultura, religión o nivel de desarrollo, por lo que rechaza todo tipo de actitudes racistas o xenófobas.

En esta cooperación entre los Estados miembros de la Unión Europea y los países de la ribera sur del Mediterráneo, adquiere especialísima relevancia el llamado "Proceso de Barcelona", a cuyo éxito nuestros dos países deben seguir dedicando sus mejores esfuerzos.

Majestad,

Nuestro continuado impulso a las políticas fundamentales que acabo de mencionar, y que poseen a la vez raíces nacionales y europeas, tiene hoy especialmente en cuenta la supremacía de los valores de la democracia, esto es, el respeto a las libertades, a la legitimidad de las instituciones, a la palabra y al diálogo, tanto en nuestras políticas internas como en el planteamiento de nuestras relaciones exteriores.

Todos los ciudadanos europeos de nuestros días disponen felizmente de los medios necesarios y las salvaguardias jurídicas imprescindibles para expresar libremente sus criterios en un intercambio de puntos de vista abierto y legítimo.

No cabe, por tanto, hacer de la propia opinión política un arma de exclusión, una deslegitimización de quienes no la comparten. Y, ciertamente, la defensa del propio criterio en ningún caso puede efectuarse por medios violentos. De forma abrumadora, la sociedad española y la del resto de Europa rechazan la lacra del terrorismo.

Por todo ello, España estima que entre los Estados miembros de la Unión sólo cabe una consideración jurídica y política uniforme de los violentos o de quienes colaboran con ellos, tanto más cuanto que en cada uno de nuestros ordenamientos internos, constituidos por los mismos principios y análogos procedimientos, todos disponen de los instrumentos necesarios para defender sus derechos en paz. El terrorismo y su entorno nunca podrán encontrar apoyo entre nosotros.

Esta actitud de respeto y garantía de los derechos humanos y libertades fundamentales en nuestros ordenamientos jurídicos internos resulta, además, uno de los vectores permanentes de nuestra acción exterior. Lo demuestra, entre muchas y diversas políticas, nuestra activa participación en la pacificación de los Balcanes, esa tierra europea tan cercana, en la que en los últimos años hemos tenido que contemplar horrores que creíamos definitivamente desterrados de nuestro suelo.

Majestad,

España y Bélgica, que cuentan con un pasado histórico compartido, coincidimos en los fundamentos y en múltiples orientaciones de nuestras políticas, a lo que se suma el aumento de los contactos entre los dos pueblos: es posible, por ello, aunar todavía mejor nuestras experiencias y entendimientos.

En este contexto, resulta alentador el crecimiento de los intercambios entre nuestros estudiantes y el interés por el conocimiento de nuestras respectivas culturas. En este ámbito no puedo menos que congratularme por el éxito del Instituto Cervantes en Bruselas, expresado, entre otros resultados, por el aumento constante de los alumnos belgas que profundizan en la lengua y la cultura españolas.

En las armas del Emperador Carlos destacaban las columnas de Hércules, el "Finis Terrae" de la Antigüedad clásica, el término de lo conocido, a partir del que comenzaba el reino de lo posible. Y Carlos V quiso añadirles una leyenda , que, brevemente, impulsaba a actualizar todas las potencialidades de su tiempo: "Plus Ultra", "más allá".

Bajo ese lema, común a nuestras dos historias nacionales, Bélgica y España, Majestad, pueden desarrollar aún más el ya fructífero entendimiento actual, para contribuir mejor al proceso de la Unión Europea y, con él, para incidir con más eficacia, tanto en los ámbitos multilaterales donde los dos países nos encontramos, como en la construcción del mundo nuevo al que todos estamos contribuyendo.

Permitidme, pues, levantar mi copa por la paz y prosperidad de las mujeres y los hombres de Bélgica, por el bienestar de los Reyes de los Belgas y de toda la Real Familia y por la fructífera y antigua relación entre Bélgica y España, que podemos reforzar hoy, para proyectarla con más intensidad aún, hacia el futuro.

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