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Palabras de Su Majestad el Rey en la apertura del curso de las Reales Academias

Madrid(Real Academia de Bellas Artes de San Fernando), 07.10.1997

P

or tercer año consecutivo, acudo a la sesión de apertura del curso de las Reales Academias que este año tiene lugar en la de Bellas Artes de San Fernando, creada por el Rey Felipe V en 1744 y reorganizada trece años después por el Rey Fernando VI, de quien recibió el nombre de Real Academia de Nobles Artes de San Fernando.

Desde entonces, esta institución, fiel al espíritu que animó su creación, ha venido desarrollando una encomiable labor de protección y fomento de las Bellas Artes en la que siempre ha contado con el apoyo de la Corona.

La vinculación de las Reales Academias con la Monarquía española, hoy plasmada en el propio texto constitucional, se remonta al  origen mismo de aquéllas, que deben su nacimiento a la iniciativa real y a su preocupación por la Cultura de nuestra patria.

Por su nacimiento en los albores de la Ilustración reflejan el espíritu de un momento histórico en el que alumbra una nueva época, en la que el individuo recupera su protagonismo y en el que unas minorías de sólida formación y amplia cultura se sienten comprometidas con la renovación de la sociedad.

Son, a la vez, ámbitos de estudio y de reflexión, pero también instituciones capaces de estimular y orientar el proceso de transformación de la vida social que entonces apuntaba.

Las circunstancias históricas han cambiado mucho desde entonces pero el espíritu de su fundación ha permanecido intacto hasta nuestros días.

Las Reales Academias no son claustros cerrados absortos en la contemplación de las glorias del pasado, sino instituciones vivas, que han de participar activamente en la vida de la sociedad española, atentas a los problemas que le afectan y dispuestas a dejar oír su voz cuando las circunstancias lo requieran.

La propuesta, el consejo, la advertencia son actitudes que la sociedad espera de las Reales Academias y quizás uno de los más preciados servicios que éstas pueden prestar a la sociedad de la que emanan.

Las Academias han de ser el modelo al que puedan dirigir sus miradas aquellos que buscan el ejemplo de los mejores. Los propios Estatutos de la que hoy nos acoge así lo ponen de manifiesto cuando le asignan como funciones promover el ejercicio de las Bellas Artes y difundir el "buen gusto artístico con el ejemplo y la doctrina".

La sociedad debe realzar aquellos valores que considere relevantes para la vida social y debe ofrecer a la juventud  unos criterios de actuación en los que resalten adecuadamente el esfuerzo personal, el rigor intelectual y el valor de una vocación a cuyo servicio merece la pena consagrar una vida.

Vosotros, los Académicos, sois, en el ámbito de vuestras respectivas especialidades, los más distinguidos, y reflejáis el modelo que debe servir de pauta de comportamiento a los que aspiran a alcanzar la excelencia implícita en la pertenencia a alguna de las Reales Academias.

Esto supone el reconocimiento social de unos méritos que deben ser ensalzados y estimulados pero también una responsabilidad y el deber de velar por la conservación, el enriquecimiento y la difusión de nuestro patrimonio cultural.

España es un país de una riqueza cultural inigualable, con bienes artísticos y monumentales que constituyen el testimonio vivo de una tradición histórica tan brillante como muchas veces desconocida.

El patrimonio cultural español es parte de nosotros mismos, la plasmación de nuestro ser histórico y la manifestación palpable de nuestra realidad espiritual, la emanación del espíritu de un pueblo lleno de matices diversos y contrastes enriquecedores.

Por eso, la conservación del patrimonio cultural español no puede ser tarea exclusiva de responsabilidad pública, ni producto de los esfuerzos aislados de unos pocos. Exige grandes energías sociales, recursos económicos importantes, una sensibilidad atenta y vigilante, y el apoyo y participación de toda la sociedad para el mantenimiento de lo que a toda ella pertenece.

El esfuerzo de las instituciones públicas debe ser completado con las iniciativas privadas, mediante la actuación de asociaciones y fundaciones, y el reconocimiento de la aportación de los particulares que hagan posible la creación de un clima social que nos haga sentir a todos como propia una tarea que a todos nos corresponde.

La Academia de Bellas Artes de San Fernando ha realizado durante los dos siglos y medio de su existencia, una labor ejemplar en este terreno. Ahí están, como prueba palpable de lo que digo, el Museo de la Academia, sin duda uno de los mejores de España y cuya remodelación tuve el honor de inaugurar el pasado 24 de febrero, o ese tesoro inagotable que es la calcografía nacional.

Las monografías, las publicaciones, las exposiciones que a lo largo de los años se han venido llevando a cabo, han contribuido a difundir la cultura española en aquellos ámbitos -pintura, escultura, arquitectura y música- que constituyen el objeto de su actividad.

Pero ésta es una tarea siempre inconclusa, sometida a permanente renovación  y que ahora debe encontrar su continuidad en nuevos proyectos y actuaciones.

Esta mañana, he tenido ocasión de  reunirme  con la Ministra de Educación y Ciencia,  la Presidenta del Instituto de España y  los Directores de las Reales Academias. En este encuentro he tenido la oportunidad de ser informado de sus proyectos y realizaciones, de sus problemas y tareas y de los objetivos que tienen planteados para el nuevo curso académico.

Esta tarde, me vuelvo a reunir con los Directores y con una amplia representación de los miembros de las Reales Academias. A todos os quiero  reiterar mi apoyo y colaboración.

Vosotros, Académicos, os encontráis a la cabeza de la vida cultural de España y ostentáis en este acto la representación de todos aquellos que han hecho del arte o del pensamiento, de la ciencia o de las letras su vocación y su forma de servir a la sociedad en la que trabajan.

A todos ellos quiero transmitirles el aprecio que su labor me merece y el reconocimiento social al que día a día se hacen acreedores.

España necesita sus artistas y sus intelectuales, sus científicos y sus escritores, pues ellos son parte sustancial de nuestra conciencia colectiva y su actividad resulta insustituible en la enunciación de nuestros problemas y en la búsqueda de soluciones.

Este es un compromiso que afecta especialmente a las Reales Academias, pues forma parte del espíritu de su fundación. En él encontraréis siempre el estímulo y el apoyo de la Corona.

Queda inaugurado el Curso 1997-1998 de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y de las Reales Academias del Instituto de España.

 

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