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Palabras de Su Majestad la Reina en la conmemoración del X Aniversario de la Convención sobre los Derechos del Niño

Polonia(Varsovia), 27.09.1999

Quiero iniciar mis palabras agradeciendo muy sinceramente a la Señora Jolanta Kwasniewska la cordial invitación que me formuló hace meses para tomar parte en la Conferencia conmemorativa del X Aniversario de la aprobación de la Convención de los Derechos del Niño. Esta reunión es una excelente ocasión para renovar nuestra atención y la de la Comunidad Internacional sobre los derechos de los niños y las responsabilidades de Gobiernos, Instituciones, padres y educadores en un asunto de vital importancia.

Deseo centrar mi intervención en el tema de la educación, por considerarlo causa y origen de lo que llegará a ser la vida de los niños al alcanzar la edad adulta. En el corto período de la infancia y la juventud, en esos escasos años dorados, es donde se fraguan y potencian las virtudes y defectos que definirán la personalidad de los hombres y mujeres del mañana.

Todos somos conscientes de la profunda responsabilidad que nos concierne a la hora de definir un sistema educativo que sea capaz de transmitir los principios y fundamentos de nuestra civilización, fomentando en los niños valores que hagan de ellos mejores personas y mejores ciudadanos. La libertad, la justicia, la tolerancia, la verdad, el respeto y el esfuerzo solidario, son algunos de los pilares y referencias que ayudan a identificar el quehacer común de una sociedad en la que los niños están llamados a ser actores principales.

La Convención sobre los Derechos del Niño recoge en su articulado el derecho a la educación. Ese derecho, que ha de ser interpretado en toda su extensión, supone que a su amparo no caben discriminaciones por motivo de la raza, el color, el sexo, el idioma, la religión, las opiniones políticas, el origen nacional, étnico y social, o la posición económica, así como los impedimentos físicos y cualquier otra condición o circunstancia de los niños, de sus padres o representantes legales. Por su importancia, y por afectar a gran parte de la población infantil mundial, quiero resaltar algunos aspectos destacados de la discriminación por razón de sexo. La igualdad esencial del género humano exige concebir la educación como una vía de conocimiento y desarrollo de la persona y no como patrimonio exclusivo de uno u otro sexo. La educación, que por necesidad se ha de prolongar a lo largo de toda la vida, ha de extenderse desde el principio a todos los niños y niñas del mundo, como un medio imprescindible para recorrer con dignidad el largo camino de su formación. En este sentido, me gustaría que esta Convención sirviera para hacer llegar al ánimo de los que tienen responsabilidades en el tema de la educación, la convicción de que debe desaparecer cualquier discriminación por razón de sexo, asegurando que las niñas puedan acceder a todos los niveles del sistema educativo en igualdad de condiciones y oportunidades que los niños, como requisito esencial para que el derecho fundamental a la educación llegue a ser real y efectivo.

La educación, excepcional herramienta de progreso y base de la formación de la persona, no puede quedar reducida a un marco estrictamente convencional. Determinadas circunstancias pueden exigir su adaptación o modificación. Pienso ahora en aquellos niños que por arrastrar graves y largas enfermedades han de permanecer en sus domicilios, no pudiendo asistir regularmente a la escuela. Los formidables medios que hoy en día nos ofrece la llamada sociedad de la información deben ser puestos a disposición de los niños que necesiten de tal asistencia, con la mayor generosidad y eficacia.

Los esfuerzos que hagan en este sentido los Poderes públicos tendrán siempre un reconocimiento social de gran importancia por incidir plenamente en el espíritu de los ideales proclamados en la Carta de las Naciones Unidas sobre la educación, que deben ser alcanzados en un espíritu de tolerancia, dignidad, igualdad y solidaridad.

No quisiera dejar de mencionar una cuestión que considero merece una atención preferente y que es la educación  especial, que se dirige  a todos aquellos niños que tengan discapacidades tanto físicas como psíquicas o sensoriales.

La igualdad esencial del género humano exige concebir la educación como una vía de conocimiento y desarrollo de la persona y no como patrimonio exclusivo de uno u otro sexo

Tampoco estos niños pueden ser objeto de discriminación a la hora de instrumentar las políticas educativas, como establece la Convención que hoy conmemoramos. La integración de los niños discapacitados en centros ordinarios para conseguir paulatinamente su inserción social tiene una gran importancia y ventajas notables, tanto para los niños que se integran como para el conjunto de niños que los reciben, al fomentar en ellos un profundo sentido de la solidaridad, la justicia y la generosidad.

En aquellos casos en que el grado de discapacidad fuera mayor y donde sea muy difícil la integración, los Poderes Públicos deben establecer un programa de escolarización en Centros de Educación Especial, orientados específicamente a la atención de un sector de niños que nuestra sociedad debe contemplar y cuidar con especial cariño, si efectivamente queremos que el ideal de solidaridad moral e intelectual de la humanidad tenga vigencia real y efectiva.

Parecidas consideraciones, pero enfocadas desde un punto de vista completamente opuesto, debemos hacernos sobre la educación y formación de los niños superdotados. Su elevada inteligencia y su especial capacidad deben ser aprovechadas al máximo, adaptando lo necesario, si fuera preciso, las particularidades de los correspondientes sistemas educativos.

Quiero formular una reflexión, aunque sea breve, sobre la conveniencia de que los educadores estén muy atentos a una clase de amenaza a la educación que puede tener graves consecuencias y que afecta muy directamente a la dignidad de los niños y a su normal desarrollo psicológico. Me refiero a la que se deriva del maltrato infantil, de los abusos sexuales y del inicio en edades tempranas en el uso de algún tipo de drogas. La detección precoz de este tipo de problemas es posible cuando se ejerce una educación responsable, comprometida y vigilante. La ayuda del maestro, de los educadores, es vital para corregir estos problemas en su origen y evitar posteriores traumas psicológicos en los niños.

En el informe a la UNESCO elaborado por la Comisión Internacional sobre la Educación para el Siglo XXI se señala que, tras el profundo cambio de los marcos tradicionales en la vida del ser humano, se nos exige comprender mejor al otro, comprender mejor al mundo.

Nada más adecuado para alcanzar esta exigencia que fundamentarla en una educación que facilite el entendimiento mutuo, el diálogo y la armonía. La educación del futuro debe enseñarnos a conocer las particularidades de un mundo complejo y totalmente interdependiente. Compaginar una cultura general suficientemente amplia con el estudio a fondo de un cierto número de materias específicas puede ser un medio eficaz para enseñarnos no sólo a conocernos mejor sino a vivir juntos, para así comprender mejor las diferentes culturas, impulsar la realización de proyectos comunes y buscar la solución inteligente y pacífica a los inevitables conflictos entre naciones.

La educación también debe enseñar a los niños a "formarse" en un sentido amplio, multidisciplinar, para permitirles adquirir una competencia que facilite el trabajo en equipo y ante situaciones imprevisibles. Y muy principalmente, la educación nos debe enseñar a todos a "ser", porque los retos del siglo XXI nos exigirán una mayor autonomía y capacidad de juicio. Este tipo de formación ayudará, sin duda, a la sociedad, a no desaprovechar ninguno de los talentos y capacidades de que están dotadas las personas.

Estos pilares de la educación, puntos de apoyo de la obra maestra que entre todos debemos construir, no servirían de nada sin el ejemplo vital de los padres y los educadores. La mejor educación es siempre el ejemplo racional de la obra bien hecha. De ahí la gran responsabilidad que contraemos cada día con nuestros hijos y nuestros alumnos. Ellos nos recordarán siempre con gratitud si somos capaces de transmitirles un tipo de educación con la que sea posible conquistar los ideales de paz, libertad y justicia a que todas las sociedades aspiran.

Así fervientemente lo deseo y lo pido en este décimo aniversario de la declaración de los Derechos del Niño.

Muchas gracias.

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