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Palabras de S.M el Rey en el acto inaugural del Curso Académico de las Reales Academias

Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, 06.10.1998

E

n estos recorridos inaugurales de los cursos de las Reales Academias del Instituto de España vamos apreciando, año tras año, las peculiaridades individuales y colectivas de vuestras Instituciones, así como vuestro loable empeño de ir acomodando las actividades académicas a un mejor servicio de la sociedad.

Las Academias fueron naciendo para responder a unas exigencias y hacer realidad unos valores en los que se cifraba el progreso social, y que en aquella época no contaban con cauces por los que desarrollarse con eficacia.

Hoy día, la notable y prometedora extensión y ampliación de los centros universitarios y de investigación os va llevando, sin duda alguna, a replantearos en muchas ocasiones la adaptación de vuestros cometidos a las necesidades y circunstancias sociales del momento y a buscar, como acabo de escuchar, nuevos campos, en los que el mundo moderno siga necesitando la presencia de las Reales Academias.

Presencia y estímulo activo que, para serlo plenamente, habrá de conformarse a los nuevos escenarios internacionales, en que la comunicación se ha instalado como signo de identidad de la nueva sociedad mundial y de su responsabilidad colectiva en la construcción de una civilización.

Los nuevos movimientos científicos y culturales nos invitan a examinar la identidad de los campos de conocimiento, y de la ciencia natural en particular, en el seno de la cultura, analizando los elementos que sirven para aunar el estilo intelectual y el tratamiento de las concepciones de la naturaleza y de la ciencia.

A este estudio, que perfecciona nuestra comprensión del mundo mediante una especie de ecología cultural, estáis llamadas las Reales Academias, a través de acciones conjuntas que aclaren e interpreten una realidad cada día más interrelacionada.

Esta necesidad se siente especialmente en los campos que son objeto de cultivo de los miembros de esta Casa. La ciencia es vital para una nación cultural y técnicamente avanzada, tanto en sí misma como en sus resultados, que contribuyen de modo muy importante a nuestra calidad de vida, en ámbitos como la salud y la nutrición, el medio ambiente y las comunicaciones, o los nuevos materiales. Por tanto, tenemos que aplicarnos para que la sociedad en su conjunto asuma como propio y necesario el conocimiento de la ciencia y sus aplicaciones prácticas, las nuevas tecnologías que son auténticos motores de la economía y la potencia industrial.

He aquí una tarea digna de vuestra Institución, y que requiere el apoyo de todos. De los poderes públicos, cuyo compromiso con la investigación y el desarrollo científico me constan. Y de la iniciativa privada, pues si hace tiempo algunos empresarios han comprendido la rentabilidad de las inversiones en investigación, aún nos falta mucho para alcanzar los niveles que dedican a este fin los principales países de nuestro entorno.

Quiero asimismo insistir en la necesidad de fomentar en la conciencia colectiva y la opinión pública el interés por los problemas científicos y el trabajo de los investigadores, a través de un diálogo constante entre los especialistas y los medios de comunicación.

En mis visitas a esta ilustre Corporación he tenido ocasión de comprobar, con auténtica satisfacción, ejemplos abundantes y altamente encomiables de vuestra dedicación a la tarea de proyectar en nuestra vida colectiva el progreso científico y sus consecuencias prácticas.

Habéis, además, acertado al realizar vuestro trabajo con un talento innovador que hace más atractiva su difusión, mediante los medios y técnicas más actuales, no sólo en los ámbitos especializados, sino también, en cuanto es posible, a públicos cada vez más amplios.

Prestáis así un servicio de valor incalculable a España y a los españoles, que la Corona, que tiene como preocupación prioritaria la elevación generalizada de nuestro nivel cultural, su extensión al mayor número de nuestros compatriotas, y la revalorización de nuestro papel en el mundo que este empeño supone, os agradece muy sinceramente.

Vuestra labor está cuajada de nombres eminentes que con su aportación la han culminado y consolidado. Para distinguirlos, y expresar con este reconocimiento público la relevancia de los hombres de ciencia en la vida nacional, y la vigencia de su función social, creasteis la Medalla Echegaray, que acabo de tener el honor de entregar al profesor Lora Tamayo.

Su conocida trayectoria y bien ganado prestigio son una lección de las virtudes que ensalzaba mi abuelo el Rey Alfonso XIII al hacer entrega de esta recompensa a Leonardo Torres Quevedo y a Santiago Ramón y Cajal. Las de una vida consagrada a la ciencia con rigor y exigencia, y un esfuerzo personal que, entendido como un deber, escribe a la vez una página de nuestra trayectoria común.

Es también un ejemplo para los afortunadamente cada vez más numerosos científicos españoles, y en especial para los más jóvenes, a quienes estimula en su quehacer profesional y recuerda que ésta no es, como en otros tiempos, una labor solitaria y aun incomprendida, sino la contribución, reconocida por todos, a un proyecto de progreso común.

No quiero terminar mis palabras sin saludar a los miembros de esta Real Academia y a los de las demás que hoy nos acompañan, agradeciéndoles una vez más su constante dedicación y animándoles a seguir construyendo con ella la España mejor a que juntos aspiramos.

Declaro inaugurado el Curso de las Reales Academias 1998-1999.

 

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