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Palabras de Su Majestad el Rey con motivo del XXX Aniversario de las elecciones del 15 de junio de 1977

Madrid, 14.06.2007

M

ucho agradezco las sentidas palabras que nos ha dirigido el Señor Presidente del Congreso de los Diputados en este Acto convocado por las Cortes Generales, con participación de los restantes poderes del Estado, para conmemorar el Trigésimo Aniversario de las elecciones de 15 de junio de 1977, una de las fechas más relevantes, sin duda, de nuestra Historia más reciente.

Un Acto destinado a subrayar la trascendencia de unas elecciones que fueron un hito fundamental para la construcción de nuestro marco de convivencia en democracia y libertad.

Mañana hará treinta años que, por primera vez en décadas, se celebraban unas elecciones generales en libertad sin las que no podría entenderse la España de hoy.

Recordarlo hoy juntos resulta particularmente oportuno. Por lo que supone de gratitud hacia quienes lo hicieron posible y, también, por lo que contribuye a la toma de conciencia de los valores y principios que explican el éxito del camino recorrido.

Gratitud y homenaje, ante todo, al pueblo español, verdadero protagonista de aquel período de Transición.

Gratitud y homenaje a sus principales artífices, con un muy emocionado recuerdo para cuantos hoy ya no pueden estar con nosotros. A los legítimos representantes del pueblo que entonces salieron elegidos.

Me llena de alegría que algunos estén aquí presentes. Entre ellos, los ponentes de la Constitución que realizaron tan impagable y acertada labor.

Gratitud y homenaje a las instituciones, a los partidos políticos, a las organizaciones sindicales y empresariales, y a sus dirigentes, por su liderazgo inteligente, generoso y responsable.

Gratitud y homenaje a los actores principales de nuestra sociedad, a cuantos contribuyeron al éxito del proceso de Transición, confiando en España y en los españoles, al sintonizar con sus ansias de convivencia en armonía y libertad.

No quiero cerrar este capítulo sin una mención especial a la destacada labor y personalidad de Adolfo Suárez a quien, con motivo de este Aniversario, he concedido el Toisón de Oro para reconocer su dedicación y entrega al servicio de España y de la Corona.

Pero la conmemoración de los comicios de junio de 1977 nos permite, además, reivindicar valores y principios claves para entender nuestro reciente pasado, revitalizar nuestro presente y asegurar nuestro porvenir.

En 1977, la normalidad democrática era inaplazable. La Corona estaba firmemente comprometida con ese proyecto.

A los ciudadanos españoles, y sólo a ellos, correspondía asumir las riendas de su propio destino y establecer las reglas de convivencia política para construir la España democrática que juntos hemos forjado, moderna, unida, respetuosa de su rica pluralidad y diversidad.

Como dije en la apertura de la Legislatura constituyente, la grandeza y la fortaleza de España debían asentarse en la voluntad manifiesta de cuantos la integramos.

Sin embargo, para los principales actores políticos no era fácil acertar en la enorme responsabilidad histórica de encauzar dicho proceso, asegurando la plena sintonía con las legítimas expectativas de los españoles.

Pesaban aún sobre nuestros hombros las secuelas de profundo dolor de una guerra fratricida, la amargura de unas experiencias históricas marcadas por divisiones, exclusiones, exilios e intolerancias.

No podíamos repetir los errores del pasado.

De ahí que juntos apostáramos por el respeto mutuo, la tolerancia la reconciliación y la concordia, traducidos en la búsqueda de los más amplios consensos y en la absoluta primacía del interés general. De ahí las renuncias y sacrificios que todos supimos valorar.

Nos guiaba además la firme determinación de que España no volviera a convertirse en excepción, sino en modelo. Modelo de normalidad democrática dentro de la familia de Naciones de la Europa a la que, por esencia, pertenecemos.

Tales principios y propósitos generaron el espíritu integrador y el clima de confianza, necesarios para dejar atrás un largo periodo de ausencia de libertades democráticas.

Aquel miércoles 15 de junio de 1977, las calles de España fueron escenario de riadas alegres, festivas, e inolvidables, de hombres y mujeres que, con su alta participación, manifestaban el legítimo orgullo de recuperar el libre ejercicio del voto y de poder participar en la construcción de una España mejor.

Dominaba la ilusión por un proyecto común, la convicción y la determinación de que unidos seríamos capaces de forjar un marco de convivencia integrador, capaz de sumar esfuerzos y de convertirse en obra de todos. Todos debíamos contribuir con ilusión al futuro democrático de España, nuestra Patria común.

Poco después se iniciaba una Legislatura marcada por valores, principios y actitudes que habrían de inspirar nuestra Norma Fundamental. Un gran pacto capaz de vertebrar nuestra unidad de forma respetuosa con la pluralidad de nuestra sociedad y con la riqueza de la diversidad que nos engrandece.

La voluntad de armónica convivencia en libertad y concordia para poder edificar un futuro mejor de todos y para todos, marcó la adopción de nuestra Constitución. Una Constitución para una gran Nación. Una Constitución moderna, producto del más amplio consenso logrado entre españoles, y que nos ha proporcionado el más largo periodo de estabilidad, progreso y prosperidad en libertad de nuestra compleja historia constitucional.

Una estabilidad basada en el imperio de la Ley, en un avanzado sistema de respeto y garantía constitucional de los derechos humanos, de un país que ha registrado importantes avances sociales, ya sea en materia de protección social o cobertura sanitaria, de igualdad de la mujer o de formación educativa, siempre en busca de la mayor equidad y justicia social.

Recordar como Rey las elecciones de 1977 es volver la cabeza a tres décadas de trayectoria política, social y económica, de éxitos labrados por España y por los españoles. ¡Qué cambio tan impresionante! ¡Qué gran país hemos hecho entre todos!

Quiero expresar mi reconocimiento a cuantos contribuyeron a esa gesta, por su generosidad y apoyo para construir entre todos una España democrática en torno a una Monarquía Parlamentaria como disponen otras Naciones europeas avanzadas.

Aquella generación de hombres y mujeres marcó un camino, pero también una manera de hacer política. Nos dejó un legado de incalculable valor para nuestra convivencia democrática.

Un legado que, siempre que ha dominado el debate, nos ha permitido evitar duros y estériles enfrentamientos en el normal desarrollo de nuestra vida política.

Un legado cuyo respeto constituye un indudable referente que debemos mantener, para que nuestra vida política fluya siempre como debate democrático destinado a construir una España cada vez mejor.

Gracias a nuestro marco constitucional y al esfuerzo de todos, contando siempre con el estímulo de la Corona, España se ha convertido en una democracia asentada y una economía dinámica con ritmos de crecimiento envidiables.

Avanzar día a día, superar nuevas dificultades y desafíos es una tarea para la que necesitamos disponer de una convivencia serena, integradora e incluyente, al servicio del progreso y del interés general.

Por ello, divisiones y desencuentros no pueden ser compañeros de ruta de una gran Nación como España, cuya Transición política, marco de convivencia democrática y profunda modernización, siguen siendo ejemplos para el mundo y nos deben servir de estímulo a los propios españoles.

Ante las grandes cuestiones que afectan al Estado, debemos buscar la unidad y el entendimiento basados en el diálogo sincero.

Debemos armonizar puntos de vista y lograr entre todos los más amplios consensos, pues todo lo que es producto del consenso es siempre más sólido, integrador y duradero; refleja mejor el sentir del conjunto; sirve mejor al interés general.

Esto es lo que los ciudadanos quieren de sus partidos e instituciones.

No desperdiciemos oportunidades. Trabajemos para fomentar lo mucho que nos une y para disipar cuanto nos separe, respetuosos con la pluralidad y diversidad que nos define, pero sin perder nunca la unidad que nos da la fuerza y dimensión necesarias para seguir progresando.

Apliquémonos, en particular, a derrotar la abominable lacra del terrorismo cruel e inhumano que tantas víctimas y dolor ha generado, fraguando de nuevo - como tantas veces he pedido - la necesaria cohesión y unidad para alcanzar un objetivo tan vital como irrenunciable.

Es también un deber moral que tenemos contraído con todas las víctimas y con sus familias, que merecen nuestro mayor reconocimiento, apoyo y respeto.

Llevamos varias décadas sufriendo las brutales consecuencias del terrorismo, sufriendo sus extorsiones y amenazas. Hoy las seguimos soportando. Pienso especialmente en la sociedad vasca.

Pues bien, en estos treinta años España y la democracia se han consolidado y reforzado.

Treinta años de democracia son ya muchos para dejar claro, una vez más, que la violencia terrorista nunca conseguirá sus objetivos.

Desde esa serena convicción, los españoles siempre respaldarán a sus instituciones y Fuerzas de Seguridad en esa lucha, utilizando todos los instrumentos del Estado de Derecho.

No me cansaré de repetir que el futuro depende de nosotros. Que tenemos la capacidad de conducir y liderar el camino hacia un futuro cada vez mejor.

Hoy treinta años más tarde, sigo creyendo, con todas mis fuerzas, en España y en los españoles, en el valor de presente y de futuro que representa el preciado marco de convivencia que sustenta nuestra Constitución.

Un futuro común y en común dentro de nuestra Constitución. Un futuro en el que todos tienen su lugar.

Un futuro que debe ser generoso y solidario. Un futuro en el que los beneficios del esfuerzo común, del progreso y de la prosperidad, alcancen a todos los ciudadanos, en todos los pueblos, ciudades y Comunidades Autónomas.

Un futuro para el que contáis con la dedicación y el firme compromiso con España del Príncipe de Asturias, formado y entregado en el servicio a los valores y principios de nuestra Constitución.

Hoy, junto a la Reina como en aquella fecha de 1977, quiero manifestar que la voluntad de favorecer la más armónica convivencia democrática entre todos los españoles, dentro de la unidad de España y de nuestro modelo de vertebración territorial, de promover mayores cotas de bienestar para todos, es el norte que me guía como Rey de todos los españoles, por amor a España y compromiso con la libertad.

Muchas gracias.

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