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Palabras de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias en la inauguración de la XXX Asamblea General de la Asociación Iberoamericana de Cámaras de Comercio, la XXVII Conferencia de la Comisión Interamericana de Arbitraje Comercial, y el Foro Iberoamericano de

Sevilla, 10.11.2003

U

na vez más nos reunimos para analizar y mejorar nuestras relaciones mutuas. En esta ocasión lo hacemos en un escenario especialmente adecuado para el desarrollo de nuestras deliberaciones. El de esta Ciudad de Sevilla, que fue el primer lugar de encuentro de las economías de dos mundos, y que hoy actualiza su historia y su vocación atlántica y americana, prestando su aliento y apoyo al afán que estos días nos congrega.

Quiero comenzar mis palabras expresándoles mi satisfacción personal al inaugurar estas Jornadas, cuyos objetivos siento como propios. Mi formación, y la experiencia de mis frecuentes y positivos contactos con los países de nuestra Comunidad Iberoamericana de Naciones, refuerzan mi convencimiento sobre la importancia de este encuentro, y la necesidad de abordarlo con grandes dosis de imaginación y eficacia.

Iniciamos estas sesiones desde un triple punto de vista. El de la Asamblea General de la Asociación Iberoamericana de Cámaras de Comercio, la Conferencia de la Comisión Interamericana de Arbitraje Comercial, y el Foro Iberoamericano de Cooperación Empresarial.

A cuantos van a participar en sus tareas, les hago llegar mi saludo y bienvenida, junto con mis mejores deseos de éxito en el desarrollo de las sesiones que hoy comienzan.

La densidad y variedad de los contenidos que aquí van a analizarse nos indican que trabajamos en la dirección idónea para responder plenamente al lema que nos convoca, que es el de los retos de una nueva relación entre Europa e Iberoamérica.

¿Por qué calificamos de nueva esta relación? Porque, en un horizonte de cambios continuos, tenemos que modificar nuestra perspectiva acerca de la misma. No ya para ajustarnos a sus vicisitudes, sino, sobre todo, para centrarla en el cambio mismo, como fuente de un amplio abanico de posibilidades, y motor de una dinámica distinta, capaz de alumbrar oportunidades de crecimiento, y hacer más provechosa y efectiva la internacionalización de nuestras empresas, y su evolución en un espacio más abierto y competitivo.

Este es el marco en el que hemos de analizar el papel de las Cámaras de Comercio en la etapa que abordamos. Por el número e importancia de sus asociados, y su implantación geográfica en veintidós países de América Latina, el Caribe, España, Portugal y las Comunidades Hispanas de Estados Unidos, AICO ha de renovar sus esfuerzos para fortalecer el comercio intrarregional y los lazos de cooperación y amistad entre los pueblos de Iberoamérica, y también ha de actualizar las ideas y las fórmulas específicas, de carácter económico, social y aun político, que promuevan y desarrollen una nueva cultura empresarial, capaz de situarse ventajosamente en un escenario que evidentemente está definido por la globalización.

Creo que este es el espíritu que preside la inclusión en su programa de temas que, como la cooperación intercameral en cuanto clave de desarrollo de programas multilaterales de promoción, o el apoyo corporativo a la internacionalización de las pequeñas y medianas empresas, apuntan a nuevos estilos de gestión, que estoy seguro supondrán un avance irreversible en el camino que a partir de ahora iniciamos.

Quiero también referirme al meritorio empeño de la Comisión de Arbitraje Comercial, que desde 1943 se dedica a establecer y mantener un sistema iberoamericano de métodos alternativos de resolución de conflictos de carácter comercial, mediante el arbitraje y la conciliación.

Agradezco a sus miembros su esfuerzo continuo por insertar en el complejo entramado de las relaciones comerciales los principios ejemplares de una civilidad basada en el diálogo y el respeto mutuo.

El Foro Iberoamericano de Cooperación Empresarial es testimonio vivo de una sincera interrelación entre España e Iberoamérica, cuyos agentes materializan a ambos lados del Atlántico una dinámica inversora de gran calado, y un conjunto de procesos de integración que son factores esenciales de bienestar y de progreso.

Desde ángulos muy distintos, aunque complementarios, nos hallamos ante un programa muy ambicioso. Les invito a desarrollarlo con la atención y profundidad que merece, y al que auguro el éxito que prometen los temas de su agenda, y la categoría y representatividad de sus conferenciantes, ponentes, moderadores y participantes. Celebro reconocer entre ellos a destacados líderes políticos, económicos y empresariales, a acreditados representantes de instituciones financieras y de cooperación, y a miembros de organismos españoles, andaluces y sevillanos, que estoy seguro aportarán a estas jornadas un testimonio evidente del apoyo de mi país a las ideas y propósitos de esta reunión.

No quiero terminar mis palabras sin recordar que, por sus afectos e intereses en Iberoamérica, y su condición de miembro de la Unión Europea, España está especialmente bien situada para favorecer avances sustanciosos del comercio y la cooperación entre ambas partes. De hecho, viene demostrando hace tiempo con hechos su compromiso con esta tarea.

Creo que esta realidad subraya lo oportuno de esta reunión, y acrecienta las expectativas con que la iniciamos.

Y nada más, gracias por su atención. Ahora me cabe el alto honor de declarar inauguradas la Treinta Asamblea General de la Asociación Iberoamericana de Cámaras de Comercio, la Veintisiete Conferencia de la Comisión Interamericana de Arbitraje Comercial, y el Foro Iberoamericano de Cooperación Empresarial.

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