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Discurso de Su Majestad el Rey en la sede del Banco Interamericano de Desarrollo

EE.UU.(Washington), 28.03.2001

E

s una gran satisfacción encontrarnos hoy aquí, en la sede del Banco Interamericano de Desarrollo, invitados por su Presidente, Don Enrique Iglesias, y por el Secretario General de la Organización de Estados Americanos, Don César Gaviria, en presencia de todos ustedes, americanos del Norte, del Centro y del Sur hermanados en esa patria común que es la lengua española.

Para España, América ha sido siempre, además de una de sus prioridades fundamentales, una vocación que nació hace ya más de 500 años cuando la Corona de Castilla inició la aventura transatlántica y que sigue hoy más viva que nunca, tal y como la recogieron los redactores de la Constitución de 1978, al encomendar de modo especial al Rey, en su condición de Jefe del Estado, la más alta representación del Estado con las naciones pertenecientes a su comunidad histórica.

Precisamente en cumplimiento de ese mandato constitucional, he cruzado el Atlántico en numerosas ocasiones y visitado todos y cada uno de los países del Continente y me encuentro hoy aquí, al inicio de un viaje por los Estados Unidos, para recordar la vocación americana de España, puesta de manifiesto también en su condición de Estado Observador en la Organización de Estados Americanos y socio y partícipe de pleno derecho en el Banco Interamericano de Desarrollo.

Por esa misma vocación España contribuyó en su momento al proceso de paz en Centroamérica y sigue contribuyendo a la mejora de las condiciones de vida de los habitantes del Continente mediante programas de cooperación, en un ejercicio de solidaridad no sólo humana, como la que nos compromete con los demás habitantes del planeta, sino también histórica con pueblos hermanos con los que nos une una trayectoria común de cientos de años.

En esa vocación y en ese espíritu de solidaridad se enmarcan el reciente viaje de la Reina a Centroamérica tras las catástrofes naturales que han asolado a aquella región, y la Cumbre Centroamericana celebrada el pasado día 8 en Madrid, con ocasión de la reunión del Grupo Consultivo creado por el Banco Interamericano de Desarrollo para afrontar las secuelas del huracán Mitch.

Permítanme que les diga que cuando en España pensamos en la América que habla español no podemos ni debemos limitarnos a las Repúblicas que se encuentran al Sur del Río Grande. Nunca hemos sido ajenos a la historia de los Estados Unidos de América y aún menos lo seríamos hoy, cuando más de treinta millones de sus habitantes hablan nuestro idioma, en un país que está entre los cinco primeros hispanoparlantes del mundo.

Esa pujanza hispánica en los Estados Unidos es para nosotros motivo de satisfacción. También de responsabilidad, de solidaridad. Porque en esta importante y viva marea hispana que afortunadamente crece en América del Norte nosotros, los españoles, queremos ser simplemente un punto de referencia, un factor de apoyo, un elemento de concordia, uno más entre todos.

Esta trayectoria común queda de manifiesto en la magnífica colección procedente de los fondos del Museo del Prado y del Patrimonio Nacional, que desde el pasado día 1 puede ser contemplada en el Pabellón de Artes de Mississippi, en la ciudad de Jackson, que acoge la mayor exposición de piezas artísticas españolas que se haya organizado nunca en el Continente americano.

Esta exposición abarca los reinados de cuatro monarcas españoles, Fernando VI, Carlos III, Carlos IV y Fernando VII, y se centra en los años que median desde 1746 y 1833, incluyendo el período de la Revolución americana a la que, como es sabido, la España de Carlos III contribuyó con recursos económicos y militares, y cuyas tropas se distinguieron en Baton Rouge, Mobile y Pensacola, por no citar más que algunos episodios.

En la actualidad, España sigue teniendo a Iberoamérica muy presente tanto en lo político como en sus relaciones económicas y de cooperación para el desarrollo. Mi país participa activamente en las Cumbres Iberoamericanas que cada año reúnen a todos los Jefes de Estado y de Gobierno de las Repúblicas de habla hispana y portuguesa; las empresas españolas han hecho un gigantesco esfuerzo inversor en Iberoamérica, y los sucesivos gobiernos españoles no solamente han dirigido el monto principal de su cooperación al desarrollo a las naciones americanas, sino que han abogado activamente ante sus socios en la Unión Europea para que un porcentaje mayor de sus enormes recursos para la cooperación sea destinado a los países iberoamericanos que disfrutan de una menor renta per capita.

Por otro lado, las relaciones de España con el continente americano no se limitan a forjar lazos económicos, políticos o de cooperación. Quizás lo más importante es que a ambos lados del Atlántico, tanto los países europeos, como las repúblicas hermanas de Iberoamérica, los países del Caribe, Estados Unidos y Canadá, compartimos una unidad de valores que se sustenta en los principios democráticos y se basa en nuestro deseo de crear sociedades justas, libres y participativas.

La democracia es un bien preciado que entre todos debemos fortalecer, consolidar y proteger, frente a los intentos involucionistas, afortunadamente cada vez más excepcionales, de algunos sectores. Nuestros conciudadanos valoran la trascendencia e importancia de vivir en libertad, en una sociedad en la que los derechos de sus hombres y mujeres son respetados.

Porque democracia es un término profundo que implica a todos los sectores de una sociedad y va más allá de la mera convocatoria electoral. Supone una cultura de convivencia en la que los derechos y los deberes de los ciudadanos son atendidos, la equidad es una política de Estado, la participación de la sociedad civil en las tareas de gobierno es impulsada y fomentada por sus gobernantes y en la que el poder es sometido a control y vigilancia públicos. Una sociedad democrática es una sociedad libre, fuerte y solidaria con sus vecinos y llamada a jugar un papel capital en el mundo globalizado de hoy.

Es alentador constatar que todos los países miembros de la Organización de Estados Americanos están comprometidos con estos principios y valores, que la propia Organización defiende y consagra. La carta de la Organización de Estados Americanos, la Resolución 1080, el Protocolo de Washington y las actuaciones de la Organización en los casos en los que se ha visto amenazado el orden constitucional en algún país de la región, son prueba fehaciente del compromiso continental con estos principios.

Es cierto que aún quedan muchas cosas por hacer y desafíos a los que responder. De manera especial es responsabilidad de todos asegurar unos índices de bienestar mínimos para todos en América, a través de la lucha contra la pobreza, el acceso a la educación y la consideración de las minorías indígenas. El Presidente Bush en un reciente e importante discurso en el Congreso, al tratar otros asuntos, pronunciaba en español unas palabras que considero significativas: "entre todos podemos". Quizás éste sea el mensaje que yo quiero transmitirles a todos ustedes y es que con la ayuda y la cooperación de todos podremos superar éstos y otros futuros desafíos.

Por otra parte, quiero poner de relieve que las relaciones entre España y los Estados Unidos forman también parte fundamental del conjunto de las relaciones entre España y el Continente americano, y no sólo en la actualidad, sino también en el pasado, cuando la Corona de España mantenía su presencia en casi la mitad de lo que hoy es el territorio de los Estados Unidos.

La impronta española y mejicana de más de 300 años continúa viva y pujante en muchos de esos territorios. Y es precisamente al reforzamiento de los vínculos entre España y los Estados Unidos de América, mediante el recuerdo de lo que fue y sigue siendo la presencia hispánica en Norteamérica, a lo que obedece en gran medida el periplo que ahora inicio por este enorme país y que, de la capital, me llevará no sólo a Jackson, Mississippi, sino también a Dallas, Texas, y donde en el Museo Meadows, inauguraré otra importante exposición, esta vez de la magnífica colección de pintura española de dicho Museo. En Texas podré disfrutar de la tradicional hospitalidad de los habitantes de ese Estado, así como de la presencia de lo español, manifestada ya directamente, ya a través de la herencia mejicana.

Esa presencia hispánica estará también patente en la última etapa de mi viaje, en Florida y, especialmente, en la ciudad de San Agustín, primer asentamiento permanente en el territorio de lo que hoy son los Estados Unidos, y en la ciudad de Miami, auténtico microcosmos de la Hispanidad, que ha dado acogida no solamente a cientos de miles de habitantes de la última de las posesiones españolas en América, sino también a otros numerosísimos iberoamericanos procedentes del Centro y del Sur del Continente.

En conjunto, quisiera subrayar en estos días la indisoluble ligazón entre los destinos de España y América desde hace medio milenio y, en particular, también, el especial interés de mi país en fortalecer los vínculos con todo el Continente, incluidos los Estados Unidos de América.

Precisamente hace poco más de dos meses los respectivos Ministros de Asuntos Exteriores acordaron potenciar los mecanismos previstos para el diálogo reforzado entre los responsables de política exterior de ambos países, especialmente en áreas de interés común, entre las que se citaba expresamente Iberoamérica.

Manifestación práctica de este diálogo, en el que participan los Gobiernos y el conjunto de las instituciones de los dos Estados, ha sido la reciente decisión de los Tribunales de Justicia estadounidenses de reconocer a España la titularidad de los restos de naufragios de buques de Estado españoles que se perdieron haciendo la ruta interoceánica y que reposan hoy, muchos de ellos, en aguas territoriales de los Estados Unidos, testigos mudos, restos de gran significación histórica y cultural de nuestro pasado común.

Para concluir quisiera manifestarles que la vocación americana de España no ha disminuido, como queda patente en el aumento tan importante que han experimentado las inversiones españolas en Iberoamérica, ni los vínculos transatlánticos que nos unen con sus pueblos y gobiernos son únicamente históricos, sino que son también una realidad de presente y un proyecto de futuro.

Y finalizo expresando un deseo: que todos los ciudadanos, y especialmente quienes habitan las dos riberas del Atlántico y han estado durante siglos indisolublemente unidos, puedan disfrutar en grado cada vez mayor de los beneficios de la libertad, la democracia y el progreso.

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