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Palabras de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias en la inauguración de la XXVI Reunión Consultiva del Tratado Antártico

Madrid, 09.06.2003

E

s para mí una satisfacción, y al mismo tiempo, una grata oportunidad, poder inaugurar esta XXVI reunión consultiva del Tratado Antártico, la segunda que se celebra en España.

Una satisfacción, pues conozco el favorable desarrollo de éste Acuerdo único en el mundo, que ha superado ya cuatro decenios de vigencia, así como las múltiples actividades de investigación que bajo su égida se llevan a cabo, y en las que el protocolo al Tratado sobre Protección del Medio Ambiente, firmado en Madrid el 4 de octubre de 1991, ha marcado un hito fundamental.

Me ofrece, además, la oportunidad de acercarme de nuevo a la realidad de ese continente que personalmente tanto me atrae.

Aunque la presencia española en los mares australes fue asidua entre los siglos XVI y XVIII, como sin duda atestigua la pequeña Exposición que vamos a visitar en el vestíbulo de este Palacio de Congresos, España estuvo ausente de la aventura descubridora que culmina a principios del siglo XX con la exploración prácticamente completa de esa vasta tierra.

Sin embargo, en tiempos recientes, mi país se ha incorporado con decisión a la moderna empresa antártica. Firmante del Tratado Antártico en 1982, ya en 1988 accedía a la categoría de parte consultiva, gracias al entusiasmo de un pequeño grupo de geógrafos, geólogos, oceanógrafos, meteorólogos, biólogos y especialistas en otras disciplinas, a cuya capacidad de iniciativa han ido sabiendo responder los gobiernos españoles, aportando los medios necesarios para el desarrollo de su labor, y que hoy se concretan en uno de los mejores buques oceanográficos en servicio, y dos modernas bases, la "Juan Carlos I" y la "Gabriel de Castilla". Al mencionar esta última quisiera dedicar mi recuerdo al que fuera Jefe de la campaña 2001-2002 en esa base el Comandante de Ingenieros José Manuel Ripollés, fallecido en el accidente aéreo de Turquía el 26 de mayo.

En abril del año pasado, en un encuentro organizado en Santander por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, tuve la oportunidad de compartir unas jornadas académicas con un nutrido grupo de científicos españoles que han trabajado en la Antártida, y pude apreciar el alto nivel que han alcanzado ya sus investigaciones, por cierto seguidas con regularidad por nuestros medios de comunicación, en sus programas de divulgación más populares. El Plan Español de Actividades Antárticas que se trasmite cada año, puntualmente, a los Gobiernos del resto de los Estados que son parte del tratado, tiene ya una consistencia de la que nos sentimos muy satisfechos.

Ahora que empiezan a estar lejanos aquellos primeros días en que, apoyados con recursos precarios, los grupos iniciales de nuestros investigadores se trasladaron a aquéllas latitudes, queremos recordar con gratitud la ayuda que entonces recibimos de países con mayor veteranía en aquéllas orillas, como Polonia, a la que, precisamente hoy, sucede España, como anfitriona de esta nueva reunión consultiva del Tratado.

Si bien la Antártida es ya popular en España como lugar de investigación, escenario de hazañas exploratorias, y paraíso ecológico, poco se sabe, en cambio, de su régimen jurídico-político, sin el cual todo lo demás no sería posible. Sin embargo, es difícil encontrar un Acuerdo internacional que haya tenido tanto éxito como el Tratado Antártico. Quizás sea precisamente porque no causa problemas por lo que apenas se habla de él.

Este caso único de administración colectiva de todo un continente tiene la característica, también extraordinaria, de carecer de un órgano administrativo permanente. Pero la utilización cada día mas intensa del territorio antártico viene haciendo urgente la creación de un órgano de este tipo. España se felicita, así pues, de que, finalmente, se haya acordado el establecimiento de una Secretaría Permanente del Tratado con sede en Buenos Aires, y confía en que, en ésta reunión de Madrid, queden concluidos todos los textos que requiere su definitiva instalación.

Si el aspecto político del Tratado estaba pendiente de institucionalización, desde el comienzo éste ha podido contar, en cambio, con un órgano científico, con sede en Cambridge: el Comité Científico para la Investigación en la Antártida, al cual tuve el año pasado la feliz ocasión de entregar, en Oviedo, el premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional.

En el acta de concesión del Premio, el Jurado dice que la Antártida es "el gran puesto de vigilancia del presente y del futuro del clima mundial". Esta afirmación nos recuerda que al doble carácter, político - construido bajo el signo de la paz - y científico -basado en el principio de la cooperación-, que tiene el Tratado Antártico desde su origen, ha venido a sumarse, con la firma del Protocolo de Madrid, la dimensión medioambiental.

En la cumbre mundial de Johannesburgo, de agosto de 2002, hemos reafirmado los 191 Estados participantes, entre los que se encontraban los 45 firmantes del Tratado Antártico, que sin la protección del medio ambiente no es posible el desarrollo sostenible del planeta. Dado que un adecuado equilibrio medioambiental global no puede asegurarse sin la preservación del ecosistema antártico, si no continuamos protegiendo el medio ambiente de la Antártida no será posible ni el desarrollo económico ni el social de la población humana, que son dos pilares fundamentales del desarrollo sostenible.

De esto son bien conscientes los Delegados aquí presentes. De ahí la importancia de las discusiones que van a tener, y mi sincero deseo de que las concluyan con éxito. Por supuesto, les deseo también una feliz y agradable estancia en Madrid.

Es para mí un honor declarar inaugurada la XXVI Reunión Consultiva del Tratado Antártico.

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