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Palabras de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias en el acto de entrega del premio al Pueblo Ejemplar de Asturias l995

Puerto de Vega, 28.10.1995

C

​on una gran satisfacción acudo a esta hermosa villa de Puerto de Vega para hacer entrega a sus vecinos del Premio al Pueblo Ejemplar de Asturias 1995, una iniciativa de la Fundación que lleva mi nombre que me permite cada año visitar preciosos pueblos, andar caminos, admirar el bellísimo paisaje de esta maravillosa región y vivir horas entrañables y felices con sus habitantes.

Los vecinos de Puerto de Vega habéis sabido entusiasmaros con la defensa y protección de vuestra cultura y de vuestro patrimonio histórico y os habéis esforzado en preservar día a día el ambiente acogedor de vuestro pueblo. De vosotros nunca se podrá decir aquella sentencia de Jovellanos de que "hay gentes que son siempre forasteras en su propia tierra porque nunca se aplicaron a conocerla".

Contribuís así, como todos los pueblos que aspiraron al Premio y a cuyos vecinos envío desde aquí mi gratitud y mi afectuoso recuerdo, al desarrollo de una riqueza tan prometedora para Asturias como es el turismo.

En Puerto de Vega veo representados a otras muchas villas y pueblos costeros asturianos, cuyos habitantes han sabido hacer del ejercicio de la pesca no sólo un medio de vida sino también una admirable escuela de comportamiento. La buena vecindad, el sacrificio, la generosidad y, sobre todo, la entrega a un inclemente trabajo, han servido para configurar el recio carácter de los hombres y mujeres de este lugar. Don Armando Palacio Valdés, en la novela que protagonizaba un pueblo de la costa asturiana, muy parecido al vuestro, dijo de sus habitantes estas bellas palabras: "Poco a poco, su dura existencia va labrando su espíritu, despegándoles de los intereses materiales, haciéndoles generosos, serenos y con la familia, tiernos". Ese valor y coraje que atesoráis ha dejado huellas en vuestra historia, algunas tan marcadas como la experiencia luchadora y apasionada de los pescadores de ballenas que aquí ha habido en otros tiempos, y cuya colosal destreza hoy estudiáis con meritoria dedicación.

Puerto de Vega ha conservado también, como sólo los pueblos que aman su historia saben hacerlo, el espíritu y la tradición de la mejor hidalguía asturiana, reflejados aún hoy en viejas y entrañables casonas. En ellas se mantiene, con ejemplar y conmovedora evocación, la memoria de algunos de los mejores hijos de la villa.

Paisanos vuestros han sido el primer marqués de Santa Cruz de Marcenado, extraordinario humanista e inmortal autor de las "Reflexiones militares", compendio de sabiduría de la ciencia militar, y el patriota don Juan Pérez de Villamil, el buen redactor del bando con el que el alcalde de Móstoles levantaría a los españoles frente a los invasores napoleónicos, iniciando de este modo la Guerra de la Independencia.

Aquí vino a exhalar su último suspiro el primer sabio de Asturias, Gaspar Melchor de Jovellanos, cuyo recuerdo impregna todavía tantos matices de vuestra vida cotidiana: el amor a la tierra natal, la solidaridad, la íntima y firme preocupación por los pequeños detalles que configuran el devenir de la sociedad. Es conmovedor pensar que desde una de vuestras casonas los ojos de Jovellanos, claros de tanto mirar al mar, cansados y humedecidos al contemplar la tragedia de una España en llamas, vieron el último paisaje, un bellísimo fragmento de esta Asturias que tanto amaba.

Años después, otro asturiano de excepción paseaba por vuestras calles sus primeras tristezas de adolescente: Ramón de Campoamor, el poeta que acertó a librar a la poesía de sus desechos retóricos para hacerla llegar más directamente al corazón humano, el poeta que supo dar voz a una época, que hizo llorar y sonreir, pensar y soñar a incontables lectores, y al que luego los cambios de gusto pretendieron arrumbar en el desván de la historia.

Apaciblemente sentado desde hace casi un siglo junto al río Navia, rodeado del amor de sus paisanos, Ramón de Campoamor ha sabido esperar este momento en que nuevos poetas españoles vuelven sus ojos hacia él para aprender sus lecciones de amable escepticismo y de bienhumorada melancolía.

No quiero dejar de recordar a otro gran hombre, Severo Ochoa, tristemente desaparecido pero cuyo espíritu no nos ha abandonado y que, como sabéis, nació no muy lejos de aquí.

Miro a los niños y jóvenes de Puerto de Vega, y os pido que tengáis presente que él hizo de la maravillosa riqueza natural de estas playas y de estos acantilados el fundamento de su vocación investigadora; así llegaría, tras muchos sacrificios, a conseguir el Premio Nobel de Medicina. Don Severo, como escribió en un memorable artículo, nunca se olvidó del "indescriptible pero delicioso olor de las playas rocosas, de las algas marinas frescas y de la flora y fauna de los pozos de bajamar". Observando las cosas pequeñas supo llegar hasta las cimas más altas del conocimiento humano. En estas playas de Barayo y Frexulfe, que evocaba en su vejez con verdadera pasión, vio despertar su amor por la ciencia y su afición por la biología.

Desde esta villa que azotan todos los aires, yo animo a los asturianos a luchar por su futuro con ilusión, a combatir sin desmayo los azotes del desempleo y a conseguir para vuestros hijos y descendientes una tierra mejor, más próspera, saludable y rica. Me alegra saber que en Puerto de Vega una nueva generación de jóvenes armadores está adquiriendo y mejorando barcos, que el pescado que se rula aquí llega a muchos puntos de España, que se están recuperando viejos edificios para fines culturales, que las fiestas de la Atalaya, con su "atalayina" y su gira, gozan de un gran arraigo, que la Universidad de Oviedo, precisamente bajo la advocación de Severo Ochoa, realiza con éxito actividades de extensión universitaria, y otros muchos méritos que han llevado al jurado a concederos este galardón que hoy os he entregado.

En los pueblos, con frecuencia más fácilmente que en las grandes ciudades, florecen en ocasiones las más nobles virtudes del hombre, que hemos de conservar con amor. La sinceridad y confianza en el trato de las gentes, la humanidad de la vida cotidiana, el contacto diario y llano de los vecinos, la conversación franca y la desinteresada ayuda mutua en los momentos de dificultad son rasgos muy positivos que se dan en las villas y núcleos rurales para fortuna de nuestra patria.

Todo esto veo y admiro en Puerto de Vega, por lo que os felicito de todo corazón.

Muchas gracias.

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