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Palabras de Su Majestad el Rey en el acto conmemorativo del centenario del nacimiento de Camilo José Cela

Madrid, 07.09.2016

Camilo José Cela, Don Camilo, Camilo José, su Señoría, el Marqués de Ira Flavia o, simple y llanamente, Cela. Así era conocido, así lo conocimos y así también lo queremos recordar cuando venimos para conmemorar el primer centenario de su nacimiento. Está claro que hoy en día no sería una locura pensar que bien podríamos estar celebrando con él su cumpleaños, sus 100 años de vida. Pero, aunque tuvo una vida plena, prolífica y polifacética, no murió joven, y disfrutó en vida de grandes reconocimientos; aun así, pienso que el destino nos lo hurtó sin habérsele agotado su afán creador, su ilusión por provocar y su fino análisis, temperamental y bienhumorado, de la realidad. Cuánto disfrutaríamos hoy de lo que todavía él podría habernos dado desde su marcha hace 14 años ─con su particular sentido del humor, con su rigor intelectual y su sensibilidad con las cuestiones permanentes de la vida y la sociedad; nos lo podemos imaginar. Como disfrutamos ─y lo seguiremos haciendo─ con lo todo lo que nos dejó.

Bien está que podamos evocar, celebrar y agradecer entonces, en este centenario, la vida y la obra de un exponente genial de nuestra literatura. Pero en el legado de Cela, es importante también su compromiso con la vida pública, cuyo mejor ejemplo fue la contribución personal que realizó durante la Transición en las Cortes, como Senador Real, y su permanente lealtad a la Corona. Un compromiso que mantuvo en años sucesivos, con sus análisis y opiniones, o participando en tantas actividades e iniciativas culturales, académicas o institucionales.

Mucha tinta ─erudita y crítico-literaria─ ha hecho correr, efectivamente, la obra y la personalidad rica, polifacética e inconfundible de Camilo José Cela. Lo acabamos de comprobar y, también, se refleja claramente en la exposición que tuve el placer de inaugurar el pasado mes de julio en la Biblioteca Nacional y que todavía se puede disfrutar ya que, entiendo, seguirá abierta todavía durante unos meses.

Sus lectores y los críticos están de acuerdo en que sólo La familia de Pascual Duarte le habría abierto las puertas del Premio Nobel. La colmena, el Viaje a la Alcarria, Mrs. Caldwell habla con su hijo, San Camilo 1936, Oficio de tinieblas, Mazurca para dos muertos, son libros que tenemos, uno por uno, como magníficos; aunque hay más, por supuesto. Cela desempeñó un papel trascendente en la historia de la literatura española por lo que representó como eslabón de enlace entre el antes y el después de la tragedia de la Guerra Civil; y el conjunto de su obra supone, sin duda, uno de los cuerpos más firmes de la creación literaria de nuestro país.

Cela nos deja, pues, un amplio legado cultural y literario que se impregna de nuestra historia reciente y de la identidad diversa de nuestro país; un legado que, en el centenario de su nacimiento, queremos ensalzar como bien merece uno de los más grandes autores de la literatura española y en español, uno de nuestros grandes escritores universales.

Pero si Cela es bien conocido, y reconocido, como Premio Príncipe de Asturias, Premio Nobel y Premio Cervantes ─novelista, narrador, poeta, memorialista y dramaturgo─, existen también otras dimensiones suyas que completan su extraordinario perfil. Nos hallamos ante una figura literaria e intelectual imprescindible para comprender la España posterior a la Guerra Civil, tanto en su dimensión interna como en lo que corresponde a su proyección universal.

Por un lado, debemos destacar el inexcusable “enraizamiento geográfico” de todo cuanto escribió. Para Cela, el escritor “bebe en los pueblos el digestivo ─o aun amargo─ licor de la vida”. Su Viaje a la Alcarria al encuentro de lo que sus maestros del 98 llamaban “la España esencial”, su peregrinaje ─también hecho libros─ por la cornisa cantábrica y la sierra madrileña, por tierras de Segovia y Ávila, por Andalucía y la Cataluña pirenaica… hicieron que este gran escritor gallego revelado en Madrid recompusiese en sus caminatas escritas casi un mapa completo de toda España, de sus territorios, de sus habitantes, de su alma.

La vertiente erudita y académica de su labor, donde lo filológico es determinante, se manifestó permanentemente durante su trayectoria. Ser escritor hasta sus últimas consecuencias implicaba para Cela un completo haz de responsabilidades: desde el denodado esfuerzo por dominar el idioma hasta la administración de una presencia social. Verdaderamente admirable fue el hecho de que hubiese ido dejando testimonio de sus meditaciones sobre todos y cada uno de los aspectos que confluían sobre su vocación y su ejercicio profesional.

La revista de literatura y pensamiento Papeles de Son Armadans fue el medio ─que merece ser destacado─ a través del que canalizó muchas de sus reflexiones y donde encuentran cabida todas las múltiples facetas de una personalidad definida por la vocación literaria. Los Papeles de Son Armadans ─que aluden en su nombre al rincón mallorquín al que Camilo José Cela se sintió tan unido─, supusieron un instrumento desde el que promovió la conexión entre varias generaciones de escritores; fueron también una herramienta con la que fomentó el enlace con autores de la “España peregrina”, exiliada o expatriada, así como un impulso para la “vivificación” de otras lenguas de España, llegando a publicar él mismo varios poemas en lengua gallega.

Fueron un medio, igualmente, de apertura cultural hacia diversos países de América, Europa y Asia, y supusieron una expresión de amplitud interdisciplinar. Finalmente, dieron acogida a muchos literatos que, desde el llamando “exilio interior”, no encontraban cauces de difusión para sus creaciones disidentes. La revista rindió homenaje, asimismo, a numerosos españoles ilustres, cualquiera que fuese su ideología, y abogó siempre por la independencia y la libertad del escritor. Junto a esta labor de “edición de revistas”, cabe recordar también su iniciativa editorial de Alfaguara y la de O tabeirón namorado.

Cela nos deja, pues, un amplio legado cultural y literario que se impregna de nuestra historia reciente y de la identidad diversa de nuestro país; un legado que, en el centenario de su nacimiento, queremos ensalzar como bien merece uno de los más grandes autores de la literatura española y en español, uno de nuestros grandes escritores universales.

Muchas gracias.

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