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Palabras de Su Majestad el Rey en el almuerzo ofrecido a una representación del mundo de las letras, con ocasión de la entrega del Premio de Literatura Castellana "Miguel de Cervantes" 2015

Palacio Real de Madrid, 22.04.2016

C​uando vivimos —especialmente en estos días— un año de conmemoración y celebración, en el que el mundo hispanohablante se reconoce, se reafirma y se enorgullece de pertenecer a la gran patria común cervantina, quiero comenzar mis palabras con un mensaje lleno de emoción y de profundo afecto al querido pueblo de Ecuador. Hace apenas unos pocos días que sufrieron allá un terremoto de efectos devastadores, con centenares de muertos y millares de heridos y damnificados. Expresamos nuestras condolencias a sus familiares y allegados y reafirmamos el sentimiento de solidaridad de España y del mundo de las Letras aquí reunido.

Se cumplen, efectivamente, 400 años del fallecimiento de Miguel de Cervantes. Pocos días antes de morir escribía la dedicatoria del Persiles, la novela que juzgaba de lo mejor por él escrito. El tiempo de vida se le acortaba por momentos, pero confesaba que todavía le gustaría redactar un par de obras que tenía en mente y completar, con una segunda parte, La Galatea.

En prólogo del mismo Persiles se describía lo mejor de su espíritu y de su pensamiento literario: volviendo él de Esquivias se le acercó un estudiante que, al reconocerle, estalló en elogios: ¡el manco sano, el regocijo de las musas!, a lo que Cervantes respondió: “Yo soy Cervantes, pero no el regocijo de las musas ni esas otras baratijas que ha dicho. Caminemos en buena conversación lo poco que nos falta del camino”.

La verdad es que, aunque había comenzado a publicar a cierta edad, siempre se había creído capaz de escribir obras mejores que las que entonces triunfaban. Fue el primero en escribir novelas del tipo de las ejemplares, y estrenó veinte o treinta comedias con buena aceptación. Y había alumbrado el Quijote, según Dostoievski, “la más grande expresión del pensamiento humano”.

Cervantes creía en una literatura de la experiencia en la que podían entreverarse cosas prodigiosas que parecieran verosímiles, pero siempre con la vida como modelo de la escritura, dejando que el habla común, “en buena conversación”, corriese libre mezclando lo racional y lo imaginario.

Se cumplen 400 años del fallecimiento de Miguel de Cervantes. Pocos días antes de morir escribía la dedicatoria del Persiles, la novela que juzgaba de lo mejor por él escrito. En prólogo del mismo Persiles se describía lo mejor de su espíritu y de su pensamiento literario

Por eso cuando leemos el Quijote nos sentimos todos compañeros de camino, llamados a compartir un diálogo interminable sobre lo divino y lo humano, con la inmensa y variada multitud de interlocutores. Todos –niños, jóvenes, hombres y ancianos–, aseguraba el propio Cervantes, estamos convocados.

Todos acudieron entonces a la llamada, y, en primer lugar, el pueblo: los segadores, los analfabetos, que en el verano, tras la dura jornada, se apiñaban en las ventas para oír su lectura y los indígenas del Cuzco que en fiestas y procesiones se convertían en personajes de la novela; los tempranos traductores de Inglaterra, Francia, Italia y Alemania y, en el sueño utópico de Cervantes, el Emperador de la China que quería convertir el libro en método de enseñanza de español; los lectores de a pie y los estudiosos que primero veían solo la comicidad y enseguida la riqueza ideológica. Y, claro está, los novelistas que, a sabiendas o sin tener clara conciencia de ello, trasparentaban en su escritura la cervantina.

Hoy homenajeamos aquí a Fernando del Paso que mañana recibirá en Alcalá el Premio Cervantes. El galardonado ha realizado un Viaje alrededor del Quijote conversando con lo mejor de la crítica hasta ahora publicada para mostrarnos un Quijote en su realidad y significado más auténticos.

Desde su primera novela la palabra creadora de nuestro nuevo Premio ha ido tejiendo realidades históricas, sueños, mitos, tradiciones prehispánicas y ecos de la literatura universal en un discurso que ha sido calificado de “monolítico fluvial”, lleno de meandros como el del Quijote. En ese sentido, José Trigo, Palinuro de México y Noticias del Imperio constituyen una trilogía que se inscribe en el cuadro de honor de la lengua de Cervantes.

La Reina y yo hemos querido que hoy nos acompañéis representantes cualificados del cervantismo internacional, que os dedicáis al estudio de su biografía; o que depuráis sus textos para que podamos escuchar la auténtica voz de Cervantes; o, en fin, que, sobre la pauta de tantos como han tratado de captar y fijar los sentidos básicos, los contrastáis con los conocimientos más avanzados de la filología y la historia cultural y social. Agradecemos también la presencia de escritores, de los representantes de las instituciones académicas y del mundo de la cultura y, especialmente, del ámbito editorial y librero, con un recuerdo particular para el Sant Jordi y para tantos pueblos de España que sacan los libros a la calle.

Os recibimos en este Palacio Real, depositario de tantos tesoros ligados al genio de Cervantes. Desde hoy y hasta el final de este año, todos tendremos la oportunidad de contemplar en sus salas y galerías una rica visión del ideal quijotesco y de la producción y la obra de Miguel de Cervantes.

Señoras y Señores,

Blas de Otero afirmó que “Cervantes escribe como los ángeles y responde como los hombres”. Os invito a brindar para que a todos los que ríen y los que lloran llegue su palabra cargada de libertad y de diálogo abierto al servicio del hombre.

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