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Palabras de Su Majestad el Rey en el acto de imposición de condecoraciones de la Orden del Mérito Civil

Palacio Real de Madrid, 19.06.2015

Hoy precisamente, como saben, se cumple un año desde mi proclamación como Rey de España ante las Cortes Generales. Un día para mí imborrable, lleno de sentimientos y emociones, que conservaré siempre grabado en la memoria por el honor y la responsabilidad de asumir la Jefatura del Estado, de acuerdo con nuestra Constitución.

Ha sido un año de ejercicio de mis funciones constitucionales en el que he trabajado con lealtad al juramento que presté, he puesto todo mi empeño en honrar los compromisos asumidos en mi discurso de proclamación y he reafirmado mi vocación de servicio a todos los españoles; una vocación plenamente sentida y compartida por la Reina. Y lo he hecho lleno de ilusión ante el nuevo reto personal e institucional y de orgullo por ejercer la más alta representación de España.

Un año también de confianza en nuestro futuro, por el ejemplo de superación que la sociedad española ha puesto de manifiesto ante una crisis económica sin precedentes en nuestra historia reciente. Y de esperanza también, porque pese a las dificultades y las adversidades de muchos españoles, sigue latiendo —y con fuerza— el pulso de una España que tiene una gran fortaleza y solidez logradas con el esfuerzo de todos; algo que sin duda debemos reconocer y valorar.

Finalmente, ha sido también un año en el que se ha abierto una nueva etapa de la Monarquía Parlamentaria en nuestra historia, con arreglo al compromiso de una "Monarquía renovada para un tiempo nuevo" que asumí en mi discurso ante las Cortes Generales. Pero este primer año no era ─ni es, en ningún modo─ un punto de llegada o un fin en sí mismo. La Corona debe desarrollar cada día —y siempre— su tarea inspirada en los principios de nuestro ordenamiento constitucional y en el compromiso con los todos españoles. Un proceso constante de adaptación y renovación al nivel de exigencia que demanda la sociedad en Del siglo XXI.

Los intereses generales, la promoción y la defensa de los intereses públicos, la búsqueda del bien común, no pueden estar sujetos a condiciones ni tienen límites temporales; son deberes permanentes e inexcusables derivados del ejercicio de cualquier responsabilidad institucional. Aspirar al respeto y merecer la confianza de los ciudadanos es también —en todo tiempo— una obligación para todas las autoridades públicas; sin buscar mayor premio que la satisfacción del deber cumplido.

Señoras y señores,
En mi discurso de proclamación hice la siguiente afirmación: "Queremos que los ciudadanos y sus preocupaciones sean el eje de la acción política, pues son ellos quienes con su esfuerzo, trabajo y sacrificio engrandecen nuestro Estado y dan sentido a las instituciones que lo integran."

En efecto, el bienestar de una sociedad es el fruto del esfuerzo compartido y de la colaboración de todos los sectores sociales; es el resultado de sumar aportaciones de todos los ciudadanos, cada uno según sus capacidades y posibilidades; bajo la premisa fundamental de que todos son necesarios.

España no solo se construye desde el respeto y la defensa de nuestros valores constitucionales, sino también, desde la afirmación de principios éticos y morales que inspiren nuestras conductas, y con un marco de valores cívicos compartidos que guíe nuestra convivencia democrática y fortalezca nuestra concordia nacional.

hoy puedo deciros que vosotros sois los que hacéis grande a España; que vosotros, y muchísimos otros españoles como vosotros, a los que hoy aquí también representáis, hacéis de España una gran nación

De modo que no encuentro mejor manera de subrayar esos valores en un día como hoy que destacando lo que representa este grupo de españoles que hoy homenajeamos, para darles a ellos el verdadero protagonismo y para realzar el valor de su ejemplo.

Hace unos instantes, he tenido, hemos tenido la alegría y el honor de reconocer en vosotros, con estas condecoraciones de la Orden del Mérito Civil, vuestros logros y trayectorias. Porque me dan la oportunidad de ensalzar la ejemplaridad cívica como uno de los pilares de nuestra convivencia y para hacer de su reconocimiento el principal mensaje de este día.

Al distinguiros hoy, identificamos a muchos más ciudadanos como vosotros: personas con diferentes ocupaciones, procedencias o trayectorias vitales que, sin pretensión de protagonismo o notoriedad, son un auténtico ejemplo de conducta.

Sois, queridos condecorados, un reflejo de la mejor realidad cotidiana de España. Al mismo tiempo, vuestro comportamiento representa un referente para la construcción de un futuro mejor para nuestro país, y especialmente para las generaciones más jóvenes.
Vuestro ejemplo es extraordinario ya que se fundamenta en valores como el sacrificio y el esfuerzo, el mérito y la excelencia, la honestidad, Y la lealtad, el espíritu constructivo y de superación, la solidaridad y la entrega.

Os doy las gracias en nombre de todos porque, al conocer lo que habéis hecho y por lo que habéis sido condecorados, se evidencia que la sociedad española tiene en sus ciudadanos, en su gente, su mayor activo; porque la mayor riqueza de una nación son siempre sus hombres y mujeres. Y nuestro progreso político, económico o social sería en todo caso un progreso incompleto, un progreso estéril, si no incorporamos a nuestra convivencia los principios, valores, las referencias, los modelos de conducta que hoy aquí reconocemos y distinguimos.

Señoras y Señores,
España es una gran nación, y lo afirmamos con orgullo. Lo es por su origen y por su historia; por su vocación y proyección universal; por su literatura, su arte, su cultura, llenas de ingenio y creatividad; por su enriquecedora diversidad en territorios, maneras de ser, costumbres, lenguas y tradiciones. También lo es por sus grandes obras colectivas a lo largo de muchos siglos de vida en común, que la convierten en una de las naciones más antiguas del mundo.

Pero una nación no solo se engrandece cuando se pone a prueba el espíritu de un pueblo, cuando se defiende su libertad, o cuando están en juego sus ideales democráticos o su forma de vivir; sino también con el trabajo diario, anónimo de todos los ciudadanos.

Se engrandece, efectivamente, con personas que buscan la excelencia al desempeñar sus tareas; que sienten como propio el éxito o el fracaso ajeno; que no permanecen indiferentes ante la injusticia, ni ante el dolor o el sufrimiento; que entienden con generosidad que ayudar a los demás es un verdadero deber ciudadano; que contribuyen, en fin, a construir una sociedad más humana, más justa y más solidaria.

Hoy puedo deciros que vosotros sois los que hacéis grande a España; que vosotros, y muchísimos otros españoles como vosotros, a los que hoy aquí también representáis, hacéis de España una gran nación. Por ello, cuando repitamos esa frase será fácil entenderla y, sobre todo, sentirla; porque podremos poner nombre a un grupo de ciudadanos que, con la generosidad de sus corazones, refuerzan nuestras creencias en el ser humano y nos permiten sentir el orgullo de formar parte de una misma comunidad.

Hoy, desde la autoridad que emana de vuestros méritos y de los principios que han definido vuestras obras, os animo a continuar y extender vuestro ejemplo cívico y vuestro espíritu de servicio a la sociedad. Y también os pido que no renunciéis nunca a vuestros ideales; que no renunciéis nunca a vuestros  sueños, simplemente por ser sueños; pues, como decía Pedro Salinas, todos los sueños ─todos vuestros sueños─ pueden ser realidad, si el sueño no se acaba.

Felicidades de corazón y muchas gracias.

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