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Mensaje de Navidad de Su Majestad el Rey

Madrid(Palacio de La Zarzuela), 24.12.1998

E

n la noche de Navidad, que evoca  especiales sentimientos de alegría, paz y fraternidad, me dirijo a vosotros para felicitaros, junto con mi familia, en estas fiestas y desearos para el año próximo todo lo mejor.

Como siempre, quiero también trasladaros algunas reflexiones y deseos que cobran especial significado en estas fechas y que me gustaría compartir con vosotros.

Hace unos días se ha cumplido el vigésimo aniversario de la aprobación de la Constitución, nacida de la voluntad del pueblo español a través de un amplio consenso alcanzado por sus representantes con espíritu de conciliación y altura de miras.

El tiempo transcurrido prueba sobradamente la validez de esta Constitución de la concordia. En sus disposiciones, se consolidan en la práctica los principios del Estado de Derecho, se ensancha el marco amplísimo de libertades de que disfrutan los ciudadanos y se afirma una articulación autonómica del Estado que reconoce y protege la pluralidad y diversidad de nuestra sociedad.

Hagamos el mayor esfuerzo para entender de manera generosa que España, nuestra patria común, es de todos y para todos y que, aunque pueda ser percibida de distinta forma por unos y otros españoles, todos dependemos y somos responsables de su futuro y estamos comprometidos con él. Nuestra Constitución, que nos ampara a todos, es un instrumento de libertad, seguridad y convivencia para el futuro.

El considerable desarrollo económico y social de España en estos veinte años, que ha sido, sin duda, fruto de un trabajo colectivo, no hubiera sido posible sin un marco constitucional que articula unas instituciones democráticas sólidas. Tenemos que esforzarnos, cada uno en su respectiva área de responsabilidad, para velar por su buen funcionamiento. En ese sentido, de nuevo quiero resaltar, en particular, la importancia de una administración de  justicia que responda con independencia, rigor y eficacia a la confianza, el respeto y el apoyo que debe recibir de toda la sociedad.

A lo largo de este año, en el desarrollo diario de las actividades propias de la Corona, he podido percibir en todo momento que los españoles siguen respondiendo a los valores del esfuerzo, la ilusión y la generosidad por mejorar nuestra vida colectiva,  con la mirada puesta en el presente pero también en el futuro de nuestro país.

España ha cumplido con éxito los objetivos económicos ampliamente compartidos que nos habíamos fijado y que han hecho posible nuestra participación en el establecimiento de la moneda única europea, el euro.

Es la primera vez, en muchos años, que España es partícipe y protagonista, desde su origen, en un proceso de trascendental importancia para nuestro continente. Ha sido, en último término, el trabajo conjunto de la sociedad española el que lo ha hecho posible y es justo que a ella revierta el reconocimiento por este éxito.

Hemos llegado a donde estamos porque creemos en nosotros mismos, participamos de la voluntad de crecer y superarnos, y tenemos confianza en nuestras aspiraciones colectivas como nación.

El proceso que nos ha llevado a la convergencia con nuestros socios en la Unión Económica y Monetaria ha requerido disciplina, rigor y solidaridad. Hoy, y en el futuro, es imprescindible que sigamos practicándolas para asegurar la firmeza de los fundamentos sobre los que hemos puesto lo mejor de nosotros mismos.

Pero este esfuerzo no tendría sentido si alcanzar los objetivos de la moneda única europea no aportara a España nuevas oportunidades de progreso social y económico. Del mismo modo, la solidaridad, que es uno de los fundamentos de la Unión Europea, debe servir para reforzar la cohesión entre sus miembros.

Tenemos que procurar, ante todo, que la prosperidad económica se vea acompañada de mayores y mejores oportunidades para la superación individual, de una mayor justicia social y de una corrección de las desigualdades que se dan entre las diferentes comunidades y territorios de nuestra patria.

Como he dicho en repetidas ocasiones, el desempleo no puede ser un compañero inevitable de nuestro modelo de sociedad. Por eso, hemos de combatirlo resueltamente y aprovechar  las posibilidades que ofrece la coyuntura económica favorable, mediante el diálogo de los agentes sociales entre sí y con la Administración.

Los logros que vamos alcanzando no hubieran sido posibles si los españoles no trabajáramos juntos en paz, libertad y concordia, en un marco de estabilidad política y social como el que disfrutamos.

Paz, libertad, concordia y esperanza tienen en estas fechas un significado especial. El cese anunciado de las actividades terroristas, largamente exigido por el conjunto de la sociedad y tenazmente perseguido por los responsables de los Gobiernos y  partidos democráticos, renueva y fortalece este anhelo profundo que sentimos y estimulamos.

La larga experiencia de dolor que hemos compartido, nos lleva hoy a sentirnos especialmente próximos a quienes han padecido la radical injusticia de una violencia que tiene que renunciar definitivamente a pretender ocupar espacio alguno en nuestra sociedad.

Ese espacio debe estar reservado para los valores que definen a una sociedad democrática, para el ejercicio de la convivencia y el desarrollo de la acción política en libertad y pluralismo.

Los españoles hemos sabido recorrer con determinación el camino largo,  y a veces difícil, de la conciliación. En ese camino, con la voluntad firme de todos, podemos seguir avanzando con las mismas herramientas de diálogo,  generosidad y justicia que nos han llevado al éxito colectivo por el que apostamos hace ya más de dos décadas. 

España tiene ante sí grandes oportunidades para conseguir metas importantes. Nuestras energías han de centrarse también en seguir mejorando la educación de nuestros jóvenes, extender la igualdad de oportunidades, abrir el paso a la investigación, la ciencia y la mejora tecnológica y fomentar en nuestra sociedad aquellos valores por los que el ser humano se dignifica y desarrolla como persona. En este sentido, es muy positiva la toma de conciencia que se ha producido en nuestro país frente a conductas de maltrato y violencia hacia la mujer, claramente atentatorias contra su dignidad y derechos.

Tenemos grandes objetivos que alcanzar, dentro y fuera de nuestras fronteras. Cada vez más, la proyección exterior de España es, además de una vocación, una necesidad.

1.998 ha sido el año en que se cumple el centenario de la pérdida de las últimas posesiones de España en América y Asia. Hoy, en Iberoamérica, reafirmamos nuestro compromiso creciente con la democracia, y llevamos a cabo una labor de cooperación cada día más importante. Al mismo tiempo, hacemos un esfuerzo inversor sin precedentes y desarrollamos intercambios de todo orden, que se corresponden con nuestro nivel de confianza en el futuro de las repúblicas iberoamericanas.

Las instituciones oficiales, las empresas, las organizaciones no gubernamentales y los ciudadanos españoles  protagonizan este compromiso y lo mantienen vivo cada día con mayor vigor y diligencia, ilusionados con el futuro que nos aguarda en común.

Todavía tenemos muy presente la terrible tragedia que ha asolado a algunos países hermanos de Centroamérica en donde el espíritu generoso de los españoles confirma que en nuestros corazones hay afectos que no abandonamos y a los que sabemos responder cuando sentimos que nuestra ayuda es necesaria.

La Cumbre Iberoamericana de Oporto ha demostrado un año más que los lazos de los países miembros de la Comunidad iberoamericana se hacen cada vez más sólidos y que la cooperación se intensifica produciendo frutos tan tangibles como el acuerdo de paz firmado entre Perú y Ecuador. Esta Comunidad seguirá siendo de enorme importancia y en su creciente desarrollo estamos comprometidos con gran fe y confianza. No podemos ser tan optimistas respecto al proceso de paz en Oriente Medio.  España,  que se siente fuertemente ligada por lazos de vecindad, de cultura y de historia con los países árabes y con Israel, ve con preocupación los tímidos progresos que a duras penas se van produciendo en el desarrollo de este proceso.

Siempre estaremos dispuestos a ofrecer nuestra contribución para seguir avanzando en la solución de este contencioso.

La estabilidad en la zona sigue siendo frágil, como lo ha probado la reciente crisis desencadenada en Irak, y por ello la comunidad internacional debe seguir trabajando sin desmayo en la búsqueda de soluciones pacíficas para alcanzarla y mantenerla.

Concluyo con un recuerdo especial a los españoles que se encuentran fuera de nuestra patria, a los que hago llegar un saludo lleno de afecto.

En esta noche en que conmemoramos el nacimiento de Cristo, os reitero a todos mis mejores deseos de felicidad, con un mensaje de confianza, de ilusión y de esperanza para el año próximo.

Buenas noches.

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Mensaje de Navidad de S.M. el Rey