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Palabras de Su Majestad el Rey con motivo de la primera reunión de los Premios Carlomagno

Barcelona, 11.05.2004

E

s para mí una satisfacción poder inaugurar esta reunión de galardonados con el Premio Carlomagno que, por primera vez desde su creación, se celebra fuera de la ciudad de Aquisgrán.

Barcelona nos recibe hoy como ciudad dinámica, esencialmente cosmopolita y abierta al mundo, que ha participado en importantes iniciativas europeas, dando nombre a un Proceso que trabaja por acercar las dos orillas del Mediterráneo.

Hoy nos ofrece el marco del Forum 2004, un gran y novedoso espacio centrado en la reflexión sobre los grandes retos y oportunidades que nos plantea el mundo de hoy.

Felicito a los organizadores de esta reunión, que nos brinda la oportunidad de compartir impresiones sobre Europa, su situación actual y su futuro, su papel en el mundo y los valores e instituciones que la sustentan.

Una ocasión que deseo aprovechar, en primer lugar, para rendir un homenaje de respeto y gratitud a cuantos galardonados con el Premio Carlomagno ya no se encuentran con nosotros. Grandes hombres y mujeres que soñaron y lucharon por una Europa más unida.

Esta es también una ocasión para, a principios de este siglo XXI, volver a sellar el compromiso que nos liga como europeos para seguir trabajando con ahínco por una Europa más unida, más fuerte, abierta y solidaria.

Europa, nuestra Europa, es hoy más que nunca la historia de un éxito.

A pesar de las crisis, de los desacuerdos, de las muchas dificultades para seguir progresando, lo cierto es que llevamos décadas de avance en la integración europea sin que nunca hayamos retrocedido en la vía del esfuerzo conjunto.

Baste con recordar la construcción del Mercado Interior, la eliminación de fronteras o la creación del Euro.

Pero hoy, medio siglo después, ese proyecto europeo plasmado en la Unión Europea, es una realidad viva que hace honor a su designio integrador con su reciente ampliación a diez nuevos Estados Miembros.

Un hecho histórico que nos llena de alegría, que ha contado con el pleno apoyo de España y que me lleva a reiterar mi más sincera enhorabuena a los nuevos Estados Miembros, a sus autoridades y ciudadanos.

Diez países han avanzado con el suficiente éxito en sus procesos de reformas políticas, económicas y estructurales hasta homologarse al grupo de democracias más avanzadas de la Unión. El proceso, sin embargo, aún no ha concluido: ahí están Bulgaria y Rumanía que aspiran a ingresar en 2007, y Turquía que es otro importante Estado candidato, además de otros Estados que esperan serlo en breve.

Esta quinta ampliación de la Unión Europea, ha hecho realidad el viejo sueño de los Padres de Europa: la reunificación del continente europeo. Nos permite volver la vista hacia un presente y futuro llenos de oportunidades y desafíos.

La nueva Unión Europea con más de 450 millones de ciudadanos, se consolida como la mayor potencia económica y comercial del mundo, el mayor donante de ayuda al desarrollo, y refuerza su influencia internacional.

La Unión Europea es un modelo de creciente integración en un marco de respeto a la diversidad, que es también otra gran riqueza de Europa.

Debemos aprovechar este hecho histórico para avanzar hacia una Europa más fuerte y más próspera, más eficaz, más democrática y más solidaria, capaz de promover nuestros valores comunes de democracia, tolerancia, solidaridad y respeto a los derechos humanos.

Una labor en la que también los ciudadanos tienen un importante papel que desempeñar como partícipes, actores y dueños de este proyecto común de integración y tolerancia. Nunca contó Europa con ciudadanos más y mejor preparados. Y los hombres y mujeres de Europa quieren una Unión de la que se sientan cada vez más orgullosos y con la que se encuentren cada vez más identificados.

Un factor fundamental para ello es el desarrollo del concepto mismo de la ciudadanía europea, un elemento esencial en la redacción definitiva del proyecto de texto constitucional para la Unión ampliada.

España propuso por vez primera la incorporación del estatuto del ciudadano europeo al Tratado de la Unión, un Estatuto que se ha esforzado en desarrollar y dotar de contenido práctico.

Debemos trabajar también para que los ciudadanos europeos vivamos en un verdadero espacio de justicia, de libertad y de seguridad. Valores necesarios para el desarrollo de nuestras sociedades, garantes del progreso y de nuestros derechos más fundamentales. Una prioridad en éste ámbito, que no me cansaré de reiterar, es la de reforzar la cooperación europea para acabar con el terrorismo.

Hoy hace precisamente dos meses la más brutal y salvaje barbarie terrorista nos inundaba de dolor e indignación con sus criminales atentados en el corazón de Madrid.

Permítanme, por ello, que dedique un muy emocionado recuerdo a las ciento noventa y dos víctimas de aquellos atentados y que desde aquí reitere a sus familiares y amigos, así como a los heridos, todo el afecto y solidaridad que bien merecen.

Desde Europa, debemos luchar conjuntamente con las restantes Naciones para eliminar cuanto antes, con toda la firmeza que nos proporcionan los instrumentos que nos ofrece el Estado de Derecho, la lacra del terrorismo, que atenta contra nuestros más elementales derechos y libertades.

Capítulo importante de la construcción europea es también nuestro deber de dar una respuesta responsable y solidaria a los miles de inmigrantes que lícitamente acuden a nuestras tierras en busca de un futuro mejor para sí y los suyos, a la vez que contribuyen a nuestro bienestar.

Europa convive con sus antiguos y nuevos vecinos, y ese esfuerzo por acoger a los inmigrantes debe acompañarse igualmente por el de contribuir al desarrollo sostenible de aquellas sociedades que lo necesiten.

Unidos en la diversidad, ciudadanos y gobernantes, siempre éstos al servicio de los primeros, podremos afrontar nuevas metas en el proceso de construcción de Europa y colaborar al logro de un mundo basado en el respeto de la dignidad humana en todas sus dimensiones.

España, en este contexto, quiere contribuir a la consolidación del proyecto común que Europa representa en un ambiente de confianza y de forma conjunta.

Nuestro país siempre se ha caracterizado por su condición europea y por la defensa de los intereses comunitarios. Baste recordar nuestra labor en la gestación y defensa de la moneda única, el euro, que fue galardonada en el año 2002 con el Premio Carlomagno.

No obstante, y como ya dije al recibir el Premio Carlomagno en Aquisgrán en 1982, España, Nación radicalmente europea, no es sólo europea, es transeuropea, pues se proyecta más allá de nuestro continente desde su mismo nacimiento como Nación moderna. En este sentido, España reafirma su europeidad trabajando por y con aquellas comunidades que conservan nuestra lengua y mismos valores en otros continentes.

En la introducción de su "Guía del lector del Quijote", Salvador de Madariaga, distinguido con el premio Carlomagno en 1973, apuntaba que la esencia misma de la obra de arte es que la obra de arte vive, y sigue creciendo. Al igual que ocurre con la obra de arte, Europa vive y sigue creciendo.

Y todos nosotros tenemos la suerte y la gran responsabilidad de intentar que sea, como afirmaba recientemente Su Santidad el Papa Juan Pablo II, galardonado hace escasas semanas con el Premio Carlomagno, "un factor activo de paz en el mundo".

Muchas gracias.

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