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Palabras de Su Majestad el Rey en la clausura de las conmemoraciones del Quinto Centenario de Carlos V

Toledo, 05.10.2000

M

ajestades,

Altezas, Excelencias,

Señoras y señores,

Sean de bienvenida y gratitud mis primeras palabras en este acto académico, preludio de la inauguración de la Exposición Carolus, conmemorativa del quinientos aniversario del nacimiento del Emperador Carlos V, en Toledo, que fue asiento de su corte y que por ello conserva el título de Ciudad Imperial.

De bienvenida a los Jefes de Estado, Monarcas y Presidentes de los países europeos pertenecientes a los antiguos dominios del Emperador, y que han tenido la gentileza de aceptar la invitación que en su día les hice, de acuerdo con el Gobierno español, para asistir a estos actos.

De gratitud a cuantas personas e instituciones han hecho posible la conmemoración conjunta de este quinto centenario en Bélgica, Alemania, Austria y España, y en particular al Comité científico de la Exposición Internacional Carolus, que ha tenido lugar, con distintas versiones, en Gante, Bonn y Viena, y que ahora se presenta en el antiguo Hospital de Santa Cruz, egregia obra del renacimiento español, terminada durante el reinado de Carlos V.

En este espacio sagrado, en el que resuenan los ecos de la música de la época en el órgano del Emperador, no es difícil evocar su figura y significación histórica.

Pero la historia, "vida de la memoria" a la vez que "maestra de la vida", al decir de Cicerón, ha de servir también para ilustrar nuestro presente, a partir de la recepción e interpretación actual de sus hechos en el contexto del conocimiento histórico. "Toda historia es historia contemporánea", afirmó Benedetto Croce, y en este sentido también lo es la rememoración de Carlos V, en su triple dimensión europea, española y atlántica.

La interpretación clásica de gran parte de la historiografía nos recuerda que Carlos V fue, en la indecisa frontera cultural y política del renacimiento, el último paladín de la cristiandad medieval, y el precursor del ideal de concordia entre los pueblos de Europa, unidos por una misma civilización.

El lema "Plus Ultra", en las columnas de Hércules que flanquean las armas del Emperador en el testero de la espléndida reja de esta capilla mayor, refleja muy bien la irrenunciable y permanente vocación transeuropea de la propia Europa, consolidada precisamente en su reinado.

En su tiempo, los hombres cobraron conciencia de las auténticas dimensiones de la tierra, cuando Magallanes y Elcano la circunnavegaron por primera vez. A partir de entonces, el mundo no fue el mismo; la historia empezó a ser, ciertamente, historia universal.

El reinado de Carlos V, Carlos I para los españoles, consolidó la herencia de los Reyes Católicos, Fernando e Isabel. España tuvo, al fin, un único monarca, común a todos sus reinos, configurándose así la definitiva unión de las Coronas de Castilla y Aragón y el Reino de Navarra en la Monarquía española.

Y es particularmente significativo que la consagración de la unidad española en la persona del Rey Carlos I haya ido históricamente en paralelo con la formación de una Monarquía transnacional, la llamada Monarquía Hispánica, integrada por diversos países y territorios en ambos hemisferios. En ella se plasmó la primera realización de la moderna idea de Occidente, desde el punto de vista cultural y político.

Al igual que España fue fruto de una serie de incorporaciones territoriales sucesivas, sobre el común ideal de la recuperación de la unidad perdida, tras la invasión árabe, Europa -y por extensión, la propia idea de Occidente- debe entenderse como una entidad superior, basada en un conjunto de valores de civilización que nutren a todos sus integrantes.

Estos valores, por su naturaleza, proscriben toda pretensión excluyente, bien sea de carácter xenófobo, racista o particularista. Se fundan en elementos culturales comunes de significación potencialmente universal, que permiten mantener en su seno la personalidad de cada una de las formaciones históricas nacionales que la componen, sin merma de los factores de unidad y convergencia.

Los españoles conocemos lo que estas ideas han significado en la historia moderna. Desde los teólogos y juristas de la Escuela de Salamanca, en la época del Emperador, late en lo más hondo del pensamiento español una llamada a la conciencia universal, con superación de todo particularismo.

Por ello, a lo largo de los casi veinticinco años de mi reinado, nos hemos incorporado con pasión y entusiasmo colectivo a la tarea de la construcción europea, sin dejar de reforzar nuestros vínculos con los pueblos iberoamericanos, en los que queda particularmente patente la comunidad de pueblos que constituye la civilización Occidental.

La consolidación en nuestro tiempo de la idea europea, una de las creaciones más fecundas del siglo XX, es inseparable del Derecho. Se ha dicho con acierto que la Unión Europea es, ante todo, una Comunidad de Derecho, orientada al logro del bien común y asentada en el principio de legalidad y en los valores de justicia, libertad y solidaridad.

Una eminente expresión de esta idea es el Convenio Europeo de Protección de los Derechos Humanos y Libertades Fundamentales, iniciativa del Consejo de Europa de la que en este año se cumple precisamente el cincuenta aniversario, e instrumento capital de la construcción europea como factor de civilización.

El quinto centenario del Emperador, en cuya época Europa se expandió, y a la vez intentó sin resultado superar sus divisiones, es un excelente momento para subrayar aquello que nos une como europeos y proclamar aquello que nos liga indisolublemente al destino del resto de la humanidad, comenzando por el de los pueblos que forman parte de nuestra misma civilización.

Tras el establecimiento de la moneda única, la ampliación de la Unión Europea a otros países del continente refuerza, si cabe, esta perspectiva, renovando los fundamentos políticos, económicos y culturales de la Unión.

La familia europea, como dijo Ortega y Gasset, debe seguir siendo "muchas abejas pero un único enjambre". Para ello, el proceso de integración económica, postulado por los fundadores de la Comunidad a partir de la aguda intuición de Jean Monnet, habrá de ser necesariamente fortalecido y completado en el plano de las instituciones políticas.

Para los españoles, Europa ha sido históricamente una elección cultural y política, más que un marco impuesto por las circunstancias geográficas. Fieles a esta elección, somos también leales a nuestra vocación transeuropea, y creemos que así cumplimos plenamente el destino espiritual de nuestro continente.

"Quisimos más por el bien universal de todos soltarle, dejando de cobrar lo que justamente nos pertenece, que mantener la guerra por nuestro interés particular". Así escribe Carlos V a Enrique VIII de Inglaterra, refiriéndose a la liberación de Francisco I, Rey de Francia.

Cinco siglos después, esas palabras siguen siendo válidas. Como Carlos V entonces, los europeos hemos de esforzarnos hoy en pro del bien universal por encima de cualquier interés particular, único modo de afianzar entre los pueblos la paz y la justicia.

Muchas gracias.

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