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Palabras de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias en la inauguración de la Conferencia Internacional Consultiva sobre la educación escolar en relación con la libertad de religión y convicciones, la tolerancia y no discriminación

Madrid, 23.11.2001

L

a decisión de Naciones Unidas de celebrar en nuestro país y con el apoyo del Gobierno español una Conferencia Internacional consultiva sobre el papel de la educación escolar en la promoción de la libertad de religión y de convicciones, la tolerancia y la no discriminación reviste un sentido profundo que bien podemos calificar de histórico. Y es para mí un altísimo honor participar en esta sesión y así declarar inaugurada la Conferencia.

La actualidad de sus objetivos y la importancia de los contenidos a estudiar se demuestra por la presencia aquí de todos ustedes, distinguidos representantes de Estados amigos, confesiones, organizaciones y expertos venidos del mundo entero.

Por ello, quiero comenzar mis palabras expresando nuestro agradecimiento al Relator Especial, Presidente e impulsor de esta Conferencia, avalada por el sistema de promoción y protección de los derechos humanos de Naciones Unidas representado hoy por la Alta Comisionada para los Derechos Humanos, agradecimiento como digo, por la iniciativa de realizarla.

Quiero, asimismo, manifestar mi reconocimiento por la elección de nuestro país como sede de esta reunión. Desde los inicios de su renovación democrática, de su reconciliación histórica, España ha reasumido sus antiguas experiencias como tierra de convivencia pacífica entre gentes de distintas procedencias y credos, que fueron decisivas para el progreso de las ciencias, las artes y las letras, cuyo esplendor enriqueció al mundo entonces conocido. Fueron épocas que no debemos idealizar pero de las que sí debemos apreciar su existencia y sus enseñanzas.

Hemos asumido esa tradición no sólo en el ámbito, ya de por si importante, de nuestra Constitución, de las leyes y normativas, y de las políticas de nuestros Gobiernos, sino, sobre todo, en nuestras actitudes cotidianas y en los niveles más profundos de nuestra convivencia. Aunque debemos seguir trabajando para reforzar nuestro compromiso y asegurar su continuidad.

Señoras y Señores:

Esta reunión se celebra en un momento especialmente oportuno. Coincide con el Año proclamado como el del Diálogo entre Civilizaciones. Inicia sus sesiones en un momento en el que una determinada interpretación de una religión universal se presenta usurpada como justificante de un terrorismo a escala mundial. Convive con la polémica sobre si determinados grupos de inmigrantes, cuya cultura está teñida de un fuerte sentido religioso, son o no capaces de integrarse en sus países de acogida. Y es consciente, somos conscientes, de que las repetidas violaciones de la libertad religiosa y de conciencia han de resolverse a través de su prevención, y no limitarse al tratamiento de los hechos consumados. Además de la aplicación de las leyes hace falta un enorme esfuerzo colectivo; en la educación naturalmente pero también en las relaciones sociales, en la comunicación, en las relaciones laborales, en la formación religiosa que potencie valores comunes.

Todos coincidimos en que la libertad de religión y de convicciones es un derecho humano universal y una libertad fundamental, reconocida en el plano internacional en las grandes Declaraciones de Naciones Unidas sobre los derechos fundamentales y, de forma particular en la Declaración sobre la Eliminación de todas las formas de Intolerancia y Discriminación fundadas en la Religión o las Convicciones.

Este principio está reconocido en todos los ordenamientos jurídicos democráticos y en los textos constitucionales de países con culturas bien diferentes, no siendo privativo de ninguna. Pero sabemos que la proclamación de un principio no garantiza por sí sola su vigencia. Es preciso insertarlo en la realidad y convertirlo en un principio activo de nuestra vida social y nuestra actividad habitual.

La Conferencia que hoy se inicia pretende ser un foro de reflexión sobre estos derechos humanos básicos, y destacar la importancia de la educación escolar en su proceso de implantación en la conciencia colectiva.

Conseguirlo no es tarea fácil. Hoy más que nunca, tras los acontecimientos que han estremecido a la humanidad, la educación debe ser un instrumento insustituible para superar las tensiones y modificar las raíces de los comportamientos excluyentes. La libertad de religión, la tolerancia, el respeto al otro, deben ser aprendidas desde la infancia. Lo que no quiere decir que no podamos ser firmes en nuestras convicciones, pero siempre desde la humildad. Esta es la única forma de que los jóvenes, los que un día no lejano tomarán el relevo a los adultos de hoy, interioricen unos valores que constituyen la base para el progreso de la condición humana. Un progreso entendido en el sentido más amplio y digno de la palabra.

Los valores no se heredan sino que se aprenden, siendo la escuela el espacio privilegiado para enseñar a conocer y a reconocer al otro. A partir de este reconocimiento, la tolerancia no será un valor pasivo, sino la aceptación activa de la pluralidad de creencias y convicciones, como elemento enriquecedor de la sociedad en la que vivimos.

El medio escolar debe preparar a los niños y a los jóvenes para vivir juntos en el mundo plural y complejo, un mundo sometido a cambios constantes. Por ello, desde las primeras edades hay que transmitirles la convicción de que las semejanzas, que los unen a los otros seres humanos, sean de cualquier raza, nacionalidad, cultura, sexo o religión, son mayores que las diferencias, que pueden enfrentarlos en el futuro.

La educación debe convertir a los escolares en verdaderos ciudadanos del mundo, ese mundo lleno de desafíos que surge ante nuestros ojos. El fenómeno de la globalización nos obliga a analizar los problemas de una manera interdependiente, a pensarlos desde una nueva perspectiva. La irrupción de esta nueva realidad ha hecho posible la desaparición de muchas fronteras, pero al mismo tiempo, ha facilitado la toma de conciencia sobre la pertenencia de cada uno a comunidades distintas, a veces contradictorias entre sí. Sin embargo, esta diversidad de culturas, de creencias, de religiones, no debe ser nunca un obstáculo para que los seres humanos nos reconozcamos como compañeros de viaje con un destino común.

La escuela debe, por tanto, enseñar a nuestros niños y jóvenes a conocer, no sólo la singularidad de su propia cultura y creencias, sino también la existencia de un patrimonio común a toda la humanidad. El objetivo debe ser formar individuos conscientes y conocedores de sus raíces, pero capaces también de respetar el pluralismo de culturas, creencias, valores espirituales y religiones de los demás y, al hacerlo, ser capaces de apreciar lo constructivo de sus planteamientos.

Solamente así la educación podrá ser semilla de diálogo entre pueblos y personas de distintas creencias, contribuyendo a lograr un nuevo humanismo. Únicamente de esta forma la escuela se convertirá en lugar de encuentro para el conocimiento y el respeto a los valores de las diferentes culturas y religiones.

No cabe duda de que ésta empresa requiere decisiones políticas, económicas y financieras de los Estados y demanda el esfuerzo de todos los que somos conscientes de su importancia, y en especial de los padres y educadores.

La presencia en esta Conferencia de tantas personas implicadas en este tema es un motivo de esperanza. Del éxito de sus trabajos cabe esperar un avance sustancial en la comprensión de las posibilidades de la educación para la construcción de un mundo más habitable para la mayoría de los seres humanos.

A todos les animo a esforzarse en facilitar el cumplimiento de los objetivos de esta Conferencia, definiendo principios y estrategias que prevengan o eliminen situaciones de intolerancia y discriminación, sugiriendo medidas concretas que impulsen programas de promoción de la libertad religiosa y de convicciones, e integrando la pluralidad y la tolerancia como valores imprescindibles de la esfera más íntima de la persona, y de su actividad o responsabilidad social.

Esta es la tarea que aquí les reúne, y en la que todos les acompañamos.

Muchas gracias.

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