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Palabras de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias en la entrega de la Medalla de Honor de Madrid

Madrid, 10.05.2004

V

uestra cálida bienvenida constituye una más de las muchas cosas buenas que esta ciudad, siempre tan cercana, me ha proporcionado. Como vecino de Madrid, supone una verdadera alegría y un orgullo para mí ser recibido por la Corporación Municipal en la que está representada la ciudadanía a la que pertenezco y de la que me honro en formar parte. En mi visita a la Comunidad de Madrid, hace casi tres años, tuve ocasión de visitar este Ayuntamiento y de expresar lo satisfecho que me sentía al encontrarme en esta Casa de todos los madrileños, auténtico corazón de la Villa en la que he nacido, he cumplido etapas fundamentales de mi formación, y en la que vivo; y ahora, puedo añadir, en la que deseo (deseamos) formar pronto una familia.

Reflejé entonces en vuestro libro de honor mi deseo de que aquella visita me acercase "más aún a la vida de Madrid". Y así lo he procurado desde entonces, siguiendo de cerca sus avatares, agradeciendo a sus gentes el aprecio que en tantas ocasiones me han manifestado, y tratando de disfrutar como uno más de sus habitantes de su bullicio y vida.

Hoy volvemos a encontrarnos, en ocasión y circunstancias de gran alcance personal e institucional. Me acompaña mi prometida, que se une a mí en la gratitud y aprecio por esta atención que nos dedicáis en vísperas de nuestro matrimonio, un acontecimiento que queremos compartir con todo el pueblo de Madrid.

El reconocimiento del que me habéis hecho objeto y que os agradezco muy sinceramente, acentúa esa íntima satisfacción y entraña, además, una nueva responsabilidad dentro del compromiso que, como Heredero de la Corona, he asumido en defensa del sistema de convivencia consagrado por nuestro ordenamiento constitucional. Las razones que tan generosamente habéis expuesto para justificar esta distinción vienen a subrayar la vocación profundamente democrática de una ciudad que, a menudo, ha pagado un alto precio por su amor a las libertades, y que, en consecuencia, expresa una lógica afinidad con quienes sentimos la obligación de servir a aquellas con la mayor entrega y dedicación.

En mi caso, y en tanto que vecino de la ciudad, esa particular manera de ser útil al afán de convivencia democrática que manifiestan los españoles consiste, entre otras muchas cosas, en defender y promover el modelo de convivencia que en esta ciudad singular ejercitan sus gentes, y del que tantas enseñanzas pueden extraerse. En ese sentido, la Constitución de 1978 y el ordenamiento jurídico que inspira han consagrado entre los ciudadanos el respeto a sus legítimas diferencias. Y ese mismo espíritu con el que se aprobó debe animarnos a buscar la manera de seguir conciliando situaciones y puntos de vista dispares dentro de una sociedad cada vez más diversa.

A nuestra rica complejidad histórica y cultural se suma ahora la que, llegada de otras tierras, aporta elementos nuevos a la identidad del país. Y aunque es lícito preguntarse por el modo de incorporar todos esos mimbres a una única realidad social, estoy convencido de que en Madrid se encuentra la respuesta a muchas incógnitas, ya que su carácter de fructífera encrucijada y su capacidad integradora han sido suficientemente probadas a lo largo de la Historia.

En este sentido, resulta difícil ignorar que los valores democráticos y constitucionales, por los que esta Medalla de Honor se interesa, entroncan directamente con la tradición de una ciudad que, renunciando a menudo a su propia comodidad, ha sabido siempre ser la capital abierta de una Nación que encuentra en ella el espacio necesario donde hacerse escuchar.

Y de ahí que, lejos de constituir un problema, la pluralidad de la que esta ciudad se enorgullece haya de seguir representando su mayor oportunidad, pues es en sí misma un éxito de este hermoso logro urbano, social y cultural al que llamamos Madrid. Si, además de cumplir de modo tan sobresaliente con las obligaciones de la capitalidad, Madrid ha logrado desarrollar una personalidad propia, destilada a partir de aquellas otras que conforman España, ha sido gracias precisamente a esa vocación de síntesis. Un Madrid provinciano que no continuase abierto al mundo, que no se interesase por cuanto acontece dentro y fuera de las fronteras españolas, que no sintiese la necesidad de introducir en su vida diaria la valiosa aportación que representan siempre la curiosidad y la innovación, no sería seguramente Madrid.

Por desgracia, la libertad no es nunca una conquista definitiva. Permanece sujeta a cambiantes amenazas que, en cada época, adoptan un rostro distinto, aunque siempre terminen por obedecer al mismo intento criminal de socavar la convivencia pacífica de las sociedades. El pasado 11 de marzo los madrileños repararon del modo más brutal en esta dramática realidad. Los Reyes, toda la Familia Real, y también mi prometida, quisimos compartir su dolor y prodigar nuestro consuelo a cuantos lo necesitaban. Sin embargo, también pudimos constatar con orgullo la demostración de coraje y solidaridad que los ciudadanos pusieron de manifiesto en esos momentos. Porque en medio de la tragedia, el mundo entero pudo comprobar la valía de un pueblo que no se abandonó a la desesperanza y que, por el contrario, extrajo lo mejor de sí mismo para socorrer a quienes sufrían, así como para plantarle cara al terror. Un sentimiento contradictorio nos embargó a muchos madrileños ese día: el de sentirnos orgullosos de ser parte de esta ciudad, al tiempo que un profundísimo dolor hacía mella en nuestro ánimo. Sin duda, los valores democráticos y constitucionales a los que aquí se ha aludido se revelaron esa mañana en el noble pueblo de Madrid, de la misma forma que tienen, en la resolución de este reto que supone el terrorismo, cualquiera que sea su máscara, su mayor desafío presente.

Pero el deber de la responsabilidad y el compromiso con la vida nos exigen que sigamos adelante, para ser capaces, entre otras cosas, de evitar que atrocidades semejantes vuelvan a producirse, así como para mantener vivo en nuestra memoria el recuerdo de las víctimas y permanecer al lado de sus familias y allegados.

Ese compromiso es el que me ofrecerá la oportunidad, el próximo día 22, de dar el necesario y feliz paso que habrá de garantizar una continuidad dinástica que, de la mano de la Constitución, es también la del servicio de la Corona a los derechos y libertades de los españoles. Si tanto Letizia como yo hemos querido que nuestra boda se celebre en Madrid ha sido porque el vínculo que esta ciudad mantiene con la Corona reviste para nosotros una naturaleza que, más allá de lo institucional, es también de índole personal. Sabemos que en Madrid estamos cerca de todos los españoles y que aquí podremos sentirnos acompañados por ellos.

Quiero agradecer, por tanto, que la ciudad en la que vivo actúe, en ese día destacado, como la gran puerta abierta que siempre ha querido ser, y que de ese modo contribuya a que este acontecimiento, de tan especial significación institucional y personal para mí y para mi familia, pueda ser compartido por toda España.

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