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Palabras de Su Majestad el Rey a la Organización de Estados Americanos

EE.UU.(Washington), 14.10.1981

P

ermitidme, señores, que comience con unas palabras de agradecimiento. No puedo sino agradecerles la ocasión que me ofrecen para expresar ante ustedes las emociones que me embargan estos días. Piensen que anteayer, 12 de octubre, llegué a América. Llegué, pues, a estas tierras americanas el mismo día que Cristóbal Colón, al vislumbrarlas por primera vez desde la amura de su carabela, las incorporaba a la historia universal.

En la mañana del día 12, salí, como el almirante de la Mar Océana, de Palos de la Frontera. Allí habíamos rendido homenaje a su memoria y a la de los otros marineros que le acompañaban.

Tuvo lugar ese homenaje en la iglesia de San Jorge de esa localidad, en donde fue leída, en mayo de 1492, la Real Provisión por la que se ordenaba a la población palena que pusiese a disposición de Cristóbal Colón los navíos con los que estaban obligados a servir a la Corona.

Hemos querido recordar de esta manera el compromiso imprescriptible de la Corona española con América.

Comprenderán ustedes también mi emoción, que se traduce en grato deber, cuando antes de entrar en esta sala, he depositado una corona de flores ante la estatua de Isabel la Católica, que hizo posible con su fe el descubrimiento.

Gracias, pues, de nuevo, por permitirme compartir con ustedes mis sentimientos y recuerdos. Es como compartirlos con América entera, porque la Organización de Estados Americanos tiene vocación de universalidad. Veo en ustedes a toda América y a América toda quiero saludar a través de ustedes mismos.

España percibió desde el comienzo del descubrimiento que América era una unidad. Ni la inmensidad de su extensión, ni lo espaciado de la llegada de los diferentes descubridores a sus costas, ni la variedad de sus climas motivaban esa idea inicial de unidad y, sin embargo, fue así.

Nuestra patria acababa de perfeccionar su unidad política a finales del siglo XV y profesaba una fe religiosa que le enseñaba la igualdad sustancial del género humano.

Esta convicción de la igualdad de los hombres habrá de producir, en contacto con América, tres fenómenos de máxima importancia histórica: el nacimiento del derecho internacional, el mestizaje y las Leyes de Indias.

Es una afirmación incuestionable hoy día la de que el padre Francisco de Vitoria fue el creador del moderno derecho internacional. El padre Vitoria establecía que los pueblos indígenas eran legítimamente soberanos en sus territorios y que la fuerza no era un título legítimo de adquisición de derechos.

Gracias a la arraigada conciencia de los españoles de que los hombres son sustancialmente iguales, se había de alzar en las hermosas tierras del Caribe una de las defensas más generosas y valientes de los derechos humanos que ha conocido la historia. Hasta nosotros llega, en efecto, la voz encrespada y apasionada de fray Bartolomé de las Casas. Y tan nuestra la sentimos todavía, que todos los gobiernos de la restaurada Monarquía española han hecho de la defensa de los derechos humanos uno de los puntos inderogables de su acción política. La afirmación de los derechos del hombre es para nosotros, no sólo el reconocimiento de la autonomía y de la dignidad del individuo, sino la base necesaria sobre la que construir la paz y la justicia internacionales.

La unidad de los hombres que poblaban América significaba sujeción a una misma ley. Es mi obligación recordar cómo en este año se cumple el tercer centenario de la recopilación de Solórzano Pereira de las Leyes de Indias.

Extrañan muchas de las disposiciones de aquella época a nuestra sensibilidad actual; pero si tenemos presente cuántos Estados en los mismos años no ajustaban la acción del gobernante al derecho, sino a la arbitrariedad, estamos obligados a reconocer con admiración la increíble modernidad de las Leyes de Indias.

Por eso, cuando llego ante ustedes como Soberano de un Estado que se acaba de dotar de una de las Constituciones del mundo con mayor énfasis en los derechos humanos, deseo recordarles que el recoger en sus normas un profundo humanismo está en lo mejor de nuestra tradición.El nacimiento del moderno derecho internacional, las Leyes de Indias y el mestizaje, surgen, pues, al proyectar el español a América su concepción de la unidad.

Cuando tanto dolor y tanta tragedia han producido las concepciones racistas, tanto más admirará el fenómeno del mestizaje. Porque es un hecho que al llegar a América españoles y portugueses se unen a los indígenas y producen una nueva realidad étnica, hija del amor, y a la que el mexicano Vasconcelos ha llamado con acierto y altanería «la raza cósmica».Nuestra concepción unitaria de América nos lleva a considerar como positivo todo intento integrador. Compartimos la apreciación de los que siguen manteniendo que el «sueño de Bolívar» es un imperativo. Su exigencia es mayor al aproximarnos al segundo centenario del nacimiento del libertador.

Pero cuando hablamos de unidad americana, debe quedar bien claro su sentido y alcance. Y, sobre todo, la conciencia de los Estados americanos, de pertenecer a una realidad geográfica y a un ámbito histórico, de donde se deducen implicaciones políticas.

Pero España, al descubrir y dibujar la geografía americana hizo algo más: trajo una civilización; la misma que, en tarea conjunta, trajeron posteriormente los portugueses, ingleses, franceses, holandeses... la civilización occidental.

Los principios esenciales de esa civilización occidental, dije hace unos días en Palos de la Frontera, y repito ahora, son: la convicción de la vigencia de valores que trascienden al Estado, la afirmación de la existencia de un orden político regulado por el derecho y la creencia, tanto en la razón como en la libertad del individuo.

Señores, les manifiesto de nuevo mi alegría y mi agradecimiento por estos momentos, que me han permitido expresar los deseos de cooperación del pueblo español con esa América tan hondamente unida a su pasado y tan esperanzadoramente abierta a nuestro futuro.

La unidad de América, que ustedes representan, y la unidad de todos nosotros en el ámbito de una misma civilización, regida por altos valores, que todos profesamos, son la garantía de esa esperanza americana y de que seguiremos, España y América, caminando juntos en la historia.

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