Omitir los comandos de cinta
Saltar al contenido principal
Actividades e Axenda
  • Escuchar
  • Imprimir la página
  • Enviar a un amigo
  • Suscribirse al RSS de la página
  • Compartir en Facebook
  • Compartir en Twitter
  • Compartir en Linkedin
  • Compartir en Google+

Palabras de Su Majestad el Rey a la comunidad iberoamericana el Día de la Hispanidad

Huelva(Palos de la Frontera), 12.10.1981

E

n esta conmemoración a la que hoy asistimos, hemos de recordar que nos encontramos ya ante los últimos años que culminarán con el cumplimiento del medio milenio del nacimiento de América.

Una culminación importante, con relación a la cual, el Gobierno español ha comenzado a tomar las disposiciones necesarias y para la que expreso, a todos, mis deseos de poner bajo el signo de ese acontecimiento todos los aniversarios de los 12 de octubre venideros.

Nada más natural, pues, que el que nos reuniésemos aquí en esta Iglesia de San Jorge de Palos de la Frontera. De los muchos lugares colombinos, éste tiene una especial significación. Fue aquí donde se dio a conocer a la población paleña la Real Provisión por la que, recordando a los vecinos de Palos su obligación de servir durante doce meses con dos carabelas al Estado, se les ordenaba que ayudasen a Colón.

En el simbolismo de la historia del descubrimiento, Palos de la Frontera representa la voluntad de la Corona de cumplir su vocación americana. Así como esta misma ciudad y la de Moguer y La Rábida significan el eco recogido por el pueblo español a la llamada de la Reina Isabel.

Estas paredes escucharon las palabras de apremio de la Real Pragmática, las de ruego y promesas de Cristóbal Colón, las de duda y recelo de los navegantes de Palos. Y escucharían también, semanas más tarde, los rezos preocupados e ilusionados de hombres y mujeres.

Es frecuente hoy día que los pueblos, las ciudades y sus gobiernos celebren centenarios de acontecimientos de su vida colectiva. La frecuencia de estas celebraciones nos las han hecho normales y por ello no nos preguntamos a qué causa obedecen ni nos extrañamos de lo reciente de estas liturgias conmemorativas. ¿Obedecen a que el hombre actual, perplejo e inquieto ante el futuro incierto, necesita apoyarse en el pasado? ¿O a que tiene acaso cada vez mayor conciencia de que el ser humano es esencialmente un ser histórico?Les dejo, señores, el continuar la meditación. Yo sólo quiero que, en estos instantes de entrañable convivencia, pensemos juntos sobre el sentido que, para todos nosotros, tiene el hecho de que periódicamente, con la rigurosidad del rito -decía yo en Valladolid el año pasado- nos volvamos a unir todos los 12 de octubre.

Rememoramos así, ciertamente, una empresa histórica; celebramos el nacimiento de algo. Pero ese algo que nace no es un continente, que ya existía con su colosal realidad antes de la llegada de Colón y de sus tres carabelas.

Lo que celebramos realmente todos nosotros, los iberoamericanos de aquende o allende el mar, cada vez que llega un nuevo 12 de octubre, es el nacimiento de una realidad nueva, de un nuevo ser, que surge, como toda nueva vida, por una tangencia histórica, por la fusión, en este caso, durante siglos, de españoles y americanos, que produce eso que, usualmente, llamamos nuestra cultura común.

Imaginemos por un momento -¡y qué fácil resulta ese imaginar entre estos muros!- aquel 3 de agosto, cuando tres carabelas se hacen a la mar. ¿Qué llevaban consigo los marineros de Palos?

Llevaron cosas, ideas, imágenes, creencias, todo eso que constituye una cultura. Leemos en Jorge Luis Borges: «Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Pero antes de morir descubre que ese paciente laberinto de líneas trazó la imagen de su cara».

Fue igual. España dibujó el laberinto paciente de nuevos reinos, de nuevas plantas y montañas y ríos e islas y peces, de nuevas habitaciones y ciudades y su trazado cristalizado le devolvió en miles de facetas su rostro. América ha sido siempre la imagen de España. Su imagen que era su cultura y que como toda cultura es una expresión de objetos e ideas: que es siempre lenguaje, conjunto de signos y símbolos. La respuesta del hombre a las preguntas de la vida.

Con esa carga llegaron los españoles el 12 de octubre de 1492 a América. Y allí encontraron objetos, creencias, signos y lenguas de nombres extraños y bellos: encontraron, pues, culturas, florecientes unas, decaídas otras.

Culturas en el original sentido de la palabra; sociedades campesinas, en torno a la aldea, en contacto con la tierra. Y los españoles llegaron con su cultura, con la tierra de su aldea castellana, vizcaína, extremeña o andaluza pegada a su jubón. Pero llegaron también con una civilización.

España, en 1492, vivía en el ámbito de la civilización occidental. La civilización occidental se ha nutrido de tres raíces: judeo-cristiana, griega y romana. Del cristianismo hereda la fe en unos valores trascendentes y redentores del hombre caído; de Grecia, la confianza en el individuo, en la razón y en la libertad; de Roma, la afirmación de que la persona vive, como ciudadano, en un orden político, al que corresponde el monopolio de la soberanía y en el que se relaciona a través del derecho.

España transmite esta civilización a América y la transmite en el sentido literal de la palabra civilización, fundando ciudades. La conquista fue un rosario de fundaciones. Poblaciones abiertas y dibujadas a cordel, como enseñaba Vitrubio. El español sintió sólo la necesidad de fortificar sus ciudades americanas frente al exterior, en la costa. Aún hoy día sorprende al viajero la pétrea belleza de las fortalezas costeras. El enemigo estaba en el mar, no en la tierra; en el pirata, no en el indígena.Esas ciudades expresaron toda una concepción del mundo.

El Imperio español fue, en efecto, un sistema político coherente y encerrado sobre sí mismo; una de las más importantes construcciones de la historia moderna; expresión representativa de la civilización occidental del medioevo, edificada sobre el doble cimiento cristiano y romano. Era un orden jerárquico de las cosas, de los actos, de los valores, de las formas y de las personas.

Esa civilización que España llevó a América fue una construcción vertical, impuesta por una relación de dominio. Obra de la Iglesia y del Estado. Pero junto a esa civilización surge una cultura espontánea, fruto de la fusión de la cultura española y de las culturas autóctonas.

Esa cultura espontánea y común da lugar a formas originalísimas, que admiramos en una lengua enriquecida con miles de términos y modismos que culmina en el admirable florecimiento de la literatura hispanoamericana actual, algunos de cuyos más egregios representantes se encuentran aquí, entre nosotros, generosamente dispuestos a enriquecer con sus ideas y sugerencias las tareas de la cooperación iberoamericana.

Formas igualmente originalísimas que se han plasmado en la piedra labrada de las portadas o en la madera tallada de los retablos del barroco americano.

Formas originalísimas de muchas instituciones, como fueron los cabildos, o como el ensayo de vida colectiva, único en la historia, de las reducciones jesuitas.

Pero hubo un momento en que el imperio español dejó de ser expresión de una concepción del mundo y se esclerosó. A un orden estático y jerárquico, sucede una concepción individualista del mundo. La realidad esencial va a ser el individuo que posee en su fuero interior la razón. La razón que reside en el individuo y preside el universo. Hay, pues, unidad y armonía, como la hay entre el interés individual y el general, entre derechos y obligaciones, entre hombres y naturaleza. El mecanismo para el ajuste armónico del individuo y de la sociedad será la libertad.

La nueva concepción del mundo necesitará nuevas formas políticas. Esta nueva forma política que sustituye el imperio, es el Estado-nación.

Todos los pueblos hispánicos, de acá y de allá, van a configurarse a partir del comienzo del siglo xix, como Estados nacionales. Dicho en términos actuales: asistimos a la creación de un nuevo modelo de Estado, que traduce un nuevo modelo de sociedad: la sociedad liberal.Esa nueva sociedad produjo muchas fracturas. Rompió la unidad del imperio, separando, primero, la metrópoli de las colonias e impidiendo, después, la unidad que Bolívar deseó. Un proyecto se convirtió así en sueño.

Rompió también, dentro de cada nación, la sociedad estamental, convirtiéndola en sociedad de clases, de las que algunas, numerosas, quedaron marginadas. El proceso es paralelo en España y en América. Rupturas que causaron innumerables guerras civiles, situaciones de debilidad y postración, que obligaron -repito, aquí y allí- a humillantes claudicaciones ante las grandes potencias. Miseria y falta de desarrollo.

Se ha hablado del fracaso y se han buscado sus causas escudriñando, a veces morbosamente, en el alma nacional de nuestros pueblos. Se ha afirmado la incompatibilidad del hombre hispano con una sociedad técnica y moderna, y se ha avanzado la tesis de nuestra incapacidad para vivir como nación en régimen de libertad. Algunos, subyugados por un mesianismo invertido, propugnan retornos imposibles a antes del 12 de octubre de 1492.

No podemos aceptar estas interpretaciones. El año 1492 significa la entrada irreversible de los pueblos americanos en la civilización occidental. Pero la civilización occidental brota de una triple raíz y de ella surgen los principios, que aún profesamos y en los que descansa nuestra vida histórica.

Estos principios radicales son: la convicción en la vigencia de valores que trascienden al Estado; la afirmación de la existencia de un orden político, regulado por el derecho y al que corresponde la soberanía y la creencia tanto en la razón como en la libertad del individuo.

Si en el siglo xvi la civilización occidental fue impuesta verticalmente por España, en una relación de dominio, actualmente constituye un patrimonio común que tiene que ser enriquecido en una relación horizontal de cooperación.

La garantía de la fecundidad de esa cooperación descansa en que España llevó a América, además de una civilización que hoy nos une a los pueblos de occidente, una cultura que, al fundirse con aquellas que encontró, dio lugar a una cultura hispana, estrato común e irrenunciable del alma de todos nosotros, sobre el que luego las respuestas distintas en circunstancias también distintas han ido sedimentando una cultura mexicana, una cultura cubana, colombiana, venezolana, brasileña, argentina, española. Todas nuestras culturas nacionales.

El reconocimiento de que nos movemos en el marco o ámbito de una civilización igual para todos nosotros no puede llevarnos a que disolvamos nuestras culturas nacionales, ni a que dejemos de profundizar en el subsuelo de nuestra historia.

La gran urbe, el proceso racionalizador y homogeneizador de la técnica, el acortamiento de las distancias, los medios de comunicación de masas constituyen un rodillo nivelador que exige, como contrapunto, el cultivo, la cultura de lo propio y diferenciador. Los movimientos descentralizadores y de afirmación de lo regional que han surgido por doquier obedecen a la resistencia del hombre a perder su cultura propia, machacada en un crisol uniforme. Esta es la gran amenaza de nuestros días.

Claro que la necesaria y sana reacción ante esa uniformidad aniquiladora de las culturas no puede llevarnos a negar los principios de la unidad de la civilización, de la unidad de la nación, de la unidad del Estado, porque ello derruiría la garantía de nuestra libertad.El lenguaje histórico es siempre una expresión de símbolos. Hoy estamos iniciando una etapa histórica, la que culminará en 1992, con un símbolo expresivo y emocionante. En esas plantas ofrecidas que aún arraigan en tierra americana y que pronto van a ser transplantadas a tierra española, en el Parque Iberoamericano que llevará el nombre de «José Celestino Mutis», en memoria de aquel gran colombiano y español, vemos el símbolo de la unidad y diversidad de nuestras tierras y de nuestras culturas.

Enriquecer esa diversidad y salvaguardar esa unidad es la tarea de todos nosotros, pero especialmente del Instituto de Cooperación Iberoamericana.

El Instituto, consciente de su responsabilidad, ha solicitado la colaboración de los que ayer se incorporaron a su Consejo Superior. A esas personalidades de la vida iberoamericana corresponde trazar las líneas maestras de la cooperación, incitar a nuestros pueblos con proyectos sugestivos, hacer posible que la fecha del 12 de octubre de 1992 se celebre en la certidumbre de todos nosotros de enfrentar el futuro con la seguridad de nuestra identidad histórica. Por ello, quiero dirigirles, con mi saludo de fraternal acogida, la gratitud del pueblo español.

El viejo tronco europeo de la civilización occidental necesita imperiosamente las reservas incalculables de Iberoamérica; necesita vuestra esperanza, cristalizada, luminosa y brillante en sus mil caras, como una de esas piedras preciosas arrancadas de vuestras montañas.

Volver a Discursos
  • Escuchar
  • Imprimir la página
  • Enviar a un amigo
  • Suscribirse al RSS de la página
  • Compartir en Facebook
  • Compartir en Twitter
  • Compartir en Linkedin
  • Compartir en Google+