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Palabras de Su Majestad el Rey a los miembros de los Consejos Superiores de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire

Madrid, 24.03.1981

T

enía verdaderos deseos de poder reunirme con los Consejos Superiores de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire, para poder expresar a todos sus miembros, y a través de ellos a cuantos forman parte de las Fuerzas Armadas, mi agradecimiento como Rey y como español.

Un agradecimiento que si es permanente en mi ánimo por las pruebas constantes de afecto y de lealtad que me dispensáis, se manifiesta ahora de manera más expresiva, porque acabamos de vivir unos graves momentos, superados precisamente por vuestra disciplina, vuestra serenidad y vuestro buen sentido.

Al ejercer entonces de manera efectiva el mando supremo de las Fuerzas Armadas, que me encomienda el artículo 62 de la Constitución, me sentí orgulloso de su comportamiento.

Con franqueza os digo que en muchas ocasiones he comprendido y compartido vuestra pena y vuestra preocupación cuando a través de los delicados momentos de la transición se producen acontecimientos que afectan, no ya a la vida de algunos de nuestros compañeros -pues todos estamos siempre dispuestos a entregarla por España-, sino a nuestro espíritu militar, que se basa en las elevadas ideas y en gloriosos símbolos representativos de la patria y que se conmueve profundamente con cuanto puede suponer un ataque a su unidad.

Esta preocupación alcanza ahora una intensidad extraordinaria y se mezcla con la indignación más profunda ante la criminal escalada terrorista que toma como objetivo, una vez más, a los miembros de las Fuerzas Armadas, con ánimo de que sus nervios salten y la serenidad se pierda.

No es posible limitarse a escuchar las duras condenas consabidas e inútiles o a interpretar, con nuestro ánimo sublevado, los significativos silencios. Es necesario actuar con decisión, pasando de una defensiva paciente a una enérgica ofensiva.Por eso os digo que sufro con vosotros, que sabéis manteneros en silencio y en calma, y quisiera conocer siempre unos pensamientos que sin duda comparto.

Conocerlos, porque vivimos tiempos en los que es preciso prestar atención a los deseos justos, a los sentimientos correctamente expresados, a las preocupaciones expuestas con cordura, pues en eso estriban precisamente la democracia, la libertad bien entendida y, sobretodo, la convivencia entre los españoles, a cuya reconciliación definitiva tanto hemos de aportar todos para bien de la patria.

Los distintos sectores de nuestra nación, los grupos representativos de las diferentes profesiones, de las actividades laborales de toda clase, de los empresarios y de los trabajadores, tienen medios y ocasión de revelar esas aspiraciones, de desahogar su forma de pensar, de solicitar mejoras o poner de manifiesto su disgusto.

En las Fuerzas Armadas, el concepto fundamental de la disciplina impide muchas veces que se exterioricen unos sentimientos que se van acumulando sin cesar, paulatinamente, y a los que es preciso buscar alguna forma de salida para dar alivio a las inquietudes y conseguir que lleguen a conocimiento de quienes pueden recogerlas y considerarlas si así procede.

El rígido y acertado criterio que aparta a los militares de las actividades políticas cohíbe también la expansión de las preocupaciones que afectan a los miembros de las Fuerzas Armadas, como partícipes de la vida nacional que a todos interesa.

Por eso confío que estos Consejos Superiores de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire, formados por los militares que, después de pasar por las experiencias de los distintos empleos, han alcanzado la máxima categoría castrense, lo mismo que la Junta de Jefes de Estado Mayor, acierten a expresar siempre adecuada y oportunamente el sentir de quienes están a la cabeza de las Fuerzas Armadas y de todos cuantos de ellos dependen, perfectamente compenetrados y unidos en la carrera de las armas y en el servicio de la nación.

No se pretende con ello ni muchísimo menos -y quede esto bien claro- establecer una influencia militar que condicione indirectamente las actividades políticas nacionales. Antes al contrario, se trata de conseguir que las actividades políticas nacionales no estén obsesionadas por las influencias militares, después de los graves sucesos del 23 de Febrero, pero que los sentimientos de quienes integran las Fuerzas Armadas puedan ser conocidos y valorados.

No hace mucho he tenido ocasión de decir que nos encontramos en momentos en que es necesaria la reflexión. Porque, repito, hemos vivido unos acontecimientos importantes que deben inducir a todos a la meditación profunda. No basta enfrentarse con los hechos en sí mismos -unos hechos que mantienen en carne viva la sensibilidad de las Fuerzas Armadas, sino que es preciso reflexionar sobre sus antecedentes y sobre sus consecuencias.

Más que emplear eufemismos o disfrazar los pensamientos debemos hablar con claridad para que las heridas cicatricen, nuestras ideas se oriente y todo el país, todos los estamentos sociales, todas las fuerzas políticas, todos los medios de comunicación, hagan su examen de conciencia.

Por nuestra parte, los componentes de las Fuerzas Armadas debemos también detenernos a meditar las consecuencias de las acciones dentro de la realidad de nuestra patria y del mundo en general.

En el militar puede ser digno de elogio el impulso valeroso, la decisión apasionada, el sacrificio por una idea alta y trascendente que lleve a realizar los actos más arriesgados y a ofrecer la vida en la empresa si fuera necesario.Pero es preciso también pensar en los resultados, en las situaciones que no tienen salida o que pueden conducir a verdaderas tragedias.

Y no olvidemos tampoco que a esos resultados trágicos, fruto de un impulso súbito y exaltado, puede llegarse también, por desgracia, a través de un proceso más lento de descomposición, de falta de autoridad, de desbordamiento paulatino de las normas constitucionales.

Seamos -y valga la contradicción- apasionadamente fríos. Apasionadamente amamos a España y deseamos consolidar su destino en la paz, en la unidad y en la seguridad, como tantas veces he repetido, sin duda en coincidencia con el sentir de cuantos componemos esta gran familia militar.

Pero precisamente por amarla seamos fríamente conscientes en cuanto a lo que debe y a lo que no puede hacerse, para no condenarla a enfrentamientos sangrientos, a aislamientos dentro de un mundo en el que hay que vivir, y en una época que debemos considerar con realismo y prudencia para no quedarnos desfasados en el espacio y en el tiempo.

Nadie como los militares, que conocéis los males de la guerra, puede comprender lo que significa la pérdida de la paz y la condena de nuestros compatriotas al sufrimiento, al dolor y al enfrentamiento violento.

Debemos estar persuadidos de la necesidad de cumplir las leyes que constituyen nuestro ordenamiento jurídico. Porque la ley sólo puede perder su vigor cuando las circunstancias conducen a modificarla o derogarla por los procedimientos legalmente establecidos, pero no por la fuerza o por la inobservancia.

El mismo respeto es necesario mantener hacia las instituciones, que tienen apoyo en dichas leyes. Porque hemos de ser conscientes de la importancia que encierra y que ésta por encima de las personas que las integran o las sirven en cada momento. Estas podrán, en ocasiones, caer en el error, equivocarse en la aplicación de las normas o no estar inspiradas por el acierto en su interpretación.

Pero sepamos siempre distinguir a las personas de las instituciones, pues si aquéllas son transitorias y falibles, éstas presentan un carácter de permanencia y autoridad que constituye la base de un Estado de derecho.A todos pido una meditación serena sobre esta exigencia de observar las leyes y de acatar las instituciones.

A todos pido que transmitáis a vuestros subordinados estas mismas ideas -en las que debe apoyarse el progreso y la paz de España- y que, siempre con la verdad como lema, les aclaréis dudas, les desmintáis falsas informaciones o rumores equívocos y obtengáis en todo momento su respeto y su confianza.

Finalmente, al repetiros el agradecimiento con que he comenzado mis palabras y la esperanza de que repitamos siempre que sea posible o necesario reuniones como la que hoy he tenido el placer de celebrar con vosotros, os exhorto a que continuéis firmes en vuestra lealtad, inconmovibles en vuestra disciplina, fieles a las virtudes militares que inspiran vuestra conducta y dispuestos a seguir entregándoos de corazón a esta querida España, a cuyo servicio se ofrece en cuerpo y alma vuestro Rey.

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