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Palabras de Su Majestad el Rey al Presidente de los Estados Unidos Mexicanos José López Portillo y al pueblo mexicano

México, 18.11.1978

S

eñor Presidente, el conjuro de México ha vuelto a ejercer su fascinación. Hoy, como ayer, como hace dos mil años, el mito y la realidad se confunden para crear en el ánimo del visitante un estado de anticipación de emociones totales.

A lo largo de los tiempos, la dimensión legendaria ha formado parte sustancial de vuestro devenir histórico, de vuestro ser colectivo.Sois, intelectual y emocionalmente, conscientes de ello; lo fueron vuestros antepasados desde hace siglos; lo es también quien a vuestras costas acude, con la curiosidad desbordada y el espíritu atento.

Esta dimensión legendaria os precede en el conocimiento del visitante, desterrando la indiferencia y fijando el interés.

Sólo las culturas trascendentes generan leyenda y sólo los pueblos con personalidad de excepción la encarnan y proyectan a lo largo de toda su historia.

Como Rey de España, hoy, yo saludo a uno de esos pueblos señeros: al pueblo mexicano.

He venido a convivir unos días en su realidad presente y a admirar con deleite su pasado histórico y plástico.

He venido a recordar en común unos siglos de existencia conjunta, que tan profunda huella nos dejaron a todos, según ponen de manifiesto unos vínculos y una concepción de vida.

He venido, en fin, a dialogar sobre el futuro. Un futuro que potencialmente se nos abre, a unos y otros, pletórico de posibilidades y promesas.Generaciones y generaciones que han sido, nos legaron ejemplaridades y defectos, humanidades vividas con plenitud, en las que no han faltado la violencia, la lucha y el desaliento; pero que conocieron también la serenidad, la voluntad constructiva, la grandeza de espíritu, la ambición de justicia, el tesón de independencia colectiva y el afán de libertad individual.

Unos y otros fraguamos nuestra nacionalidad con esfuerzo y con dolor, enriqueciendo la entraña de nuestra existencia a través del mestizaje y la mezcla de civilizaciones.

Unidos y por separado, conocimos la grandeza; unidos y por separado, sufrimos la decadencia.

Cada uno de nosotros, por su propio lado, apuramos esa amarga, pero enaltecedora experiencia. Sólo pueblos milenarios, que supieron generar su propia grandeza, alcanzan el talante de aumentar en la adversidad.

Sabemos de estas cosas. Somos maestros curtidos en vaivenes históricos. Conocimos el relativismo de la gloria y, al apurar después la prueba de la postración, vivimos la introspección del por qué esa larga y redentora ascesis del espíritu que vuelve a las esencias, que se pregunta por el hoy y el mañana, ya no en función del ayer, sino en razón de las virtudes y defectos colectivos.

Entre el menosprecio de quienes escenificaron por conveniencia flaqueza de memoria histórica, supimos templar, con humildad pero son doblegarnos, el espíritu de revitalización que hoy empezamos a culminar.

Mexicanos y españoles optamos por la tecnificación y el desarrollo. Empeñamos nuestro mejor esfuerzo en la actualización de nuestro utillaje y de nuestros conocimientos científicos.

El camino ha sido difícil, pero la aventura está dando sus frutos. Por etapas, pero sin pausa, el bienestar que nuestros pueblos buscaban y que están logrando, se va haciendo compatible con el espíritu de libertad que siempre ambicionaron.

El horizonte se abre ante el aldabonazo de nuestro esfuerzo, y la persistencia en él será la fórmula para la consolidación del éxito.Importa, sin embargo, que en esta hora anunciadora de unos procesos que culminan, sepamos plantear nuestro mañana mutuo sin los egoísmos y la cicatería de muchos de los que nos precedieron en ese camino del desarrollo.

Como lo reclaman los más lúcidos espíritus que hoy meditan en nuestro idioma y como lo formula uno de vuestros intelectuales más singulares «debemos concebir modelos de desarrollo viables y menos inhumanos», capaces de ser compartidos por otras naciones, sobre todo por las que nos son más afines.

Como la misma voz nos advierte, analizando las consecuencias del modelo de desarrollo que hasta ahora se nos ha ofrecido como panacea, «la producción de bienes amenaza ser ya inferior a la producción de desechos».

El bienestar que nuestros pueblos exigen no debe pasar por el despilfarro, ni por el consumismo materialista, ni por la deshumanización de la existencia individual. Tenemos que idear modelos propios de desarrollo.

Grandes esperanzas ciframos, a este respecto, en México, señor Presidente. Grandes ilusiones depositamos también en esa impresionante floración de escritores, artistas y pensadores que la América de nuestra área idiomática está ofreciendo hoy a la cultura universal.

Decisiva seguridad nos brinda, en fin, la contemplación de vuestras esencias populares, ejemplares en su fidelidad a sí mismas, a la espera permanente de ese gran proyecto vital que intuyen y que sólo aguarda su formulación intelectual.

México está llamado a cumplir un protagonismo de excepción en su esfuerzo patético de reencuentro con la solidaridad que hoy constituye la esperanza de la América hermana.

En un mundo vertebrado por la tecnología de las comunicaciones y los intercambios, la riqueza de recursos es un reto a la responsabilidad del propio desarrollo y, a la vez, un compromiso moral de ayuda honesta en respuesta a la llamada fraterna.

Como espectadores interesados y como hermanos que asumimos el mismo compromiso, quiero hacer pública nuestra confianza en ese destino mexicano, en su nueva proyección de universalidad y en la forma serena con que ha de saber cumplir con su originalidad de siempre.

Mexicanos y españoles, y todos los pueblos de nuestra lengua y de nuestra cultura, estamos llamados en esta hora a cumplir una gran aventura: la de crear una realidad nueva y una palabra inédita, capaz de expresar el sentido trascendental que nuestros pueblos tienen de la justicia, de la libertad y de la dignidad.

Antiguos mitos mexicanos e ibéricos, magistralmente descritos por ese gran intelectual que es el profesor López Portillo, están ante nosotros, y esperan y piden nuestra respuesta, para despedirnos del siglo xx y entrar en el siglo xxi, de acuerdo con lo que este nivel histórico tan perentoriamente reclama.

Señor presidente, la Reina y yo os agradecemos vivamente esta calurosa bienvenida que hemos recibido. Habéis tenido la generosidad de incorporarnos a la celebración de este aniversario que lo es a la vez de la Revolución mexicana y de todo cuanto de innovación y mejora ha supuesto ésta para el país.

Como vos lo llevasteis a España, con ocasión de vuestra recordada visita, a mi vez os traigo el fraternal saludo del pueblo español, cuya unión afectiva y profunda con el pueblo mexicano ha sido y es inquebrantable.

En esta festividad y en esta ocasión histórica, en que un Rey de España se encuentra por primera vez en tierra mexicana, permitidme que levante mi copa por la creciente grandeza de esta nación hermana, el acierto rotundo de vuestra acción de gobierno y la felicidad plena de cada uno de sus ciudadanos.

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