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Palabras de Su Majestad elRey a la comunidad iberoamericana el Día de la Hispanidad

Cáceres(Guadalupe), 13.10.1978

V

olver a Extremadura, volver a Guadalupe, constituye para la Reina y para mí una gozosa ocasión de continuar el diálogo con vosotros, hombres y mujeres de una estirpe que supo escribir muchas de las más nobles páginas de nuestra historia y que se distinguió por su profunda vocación americana, de la cual es testimonio este santuario venerado.

Aquí, en la entraña misma de Extremadura, rendimos tributo de amor a esta soberana advocación de Nuestra Señora, que en su nombre reúne los de una sierra, un río, un monasterio y una «Puebla»: esta piña de casas y calles cuyos hidalgos vecinos han acudido a compartir el común entusiasmo de españoles, iberoamericanos, filipinos y portugueses, en una fecha llena de sentido para todos nosotros.

Sabéis que no estamos ensalzando sólo un símbolo sacrosanto, sino también una realidad de ayer y de hoy, expresada en la solidaridad y el cariño que nos unen por siempre a los pueblos hermanos.

Quiero, por ello, dedicar un saludo muy especial a las representaciones diplomáticas de esos pueblos, los cuales al concurrir a Guadalupe en este día lo hacen con el pleno convencimiento de hallarse en una tierra que es también suya, entre gentes que los aprecian y quieren como miembros de una misma e inseparable familia.

Guadalupe, por ser nombre de advocación mariana, es asimismo nombre de mujer. Lo es en España y en las naciones de América, donde la fe guadalupana, singularmente en México, se manifiesta en otra advocación de emotiva semejanza con la extremeña.

Coincidente significación tiene el 12 de octubre, si pensamos que en esta fecha Zaragoza y Aragón entero rinden su homenaje de amor a esa otra antiquísima advocación de Nuestra Señora del Pilar, devoción también española y americana.

Y no es preciso recordar al mismo tiempo la coincidencia de este día con la efemérides imborrable del descubrimiento colombino de 1492, momento auroral en que se alumbra un doble continente y hace su entrada la Edad Moderna.

El Pilar aragonés y americano, Guadalupe extremeño y americano, signos de hispanidad en su más honda raíz, robustecen nuestra confianza en medio de los momentos azarosos que el mundo atraviesa.

Los ideales y la acción conjunta propios de nuestra comunidad de pueblos pueden aportar mucho a la paz y a la prosperidad universales, porque nuestro carácter, nuestra manera de ser, se alimenta de un sentido vivo de la dignidad humana y de respeto a los derechos y valores de los hombres.

Volviendo a la idea de la devoción mariana, tan íntimamente relacionada con el respeto y devoción a la mujer, diré que el cristianismo nos infundió también un peculiar sentimiento de ternura que se hace manifiesto en la reverencia a la madre, a la esposa, a la novia, a las hijas.

Como español y como Rey, os saludo, mujeres de nuestra Extremadura, de nuestra España, de todos los pueblos con los cuales compartimos, en tan gran medida, historia, destino, fe, carácter y lengua. Con vosotras, saludo asimismo a las nuevas generaciones, herederas naturales y receptoras de cuanto podamos y sepamos entregarles, puesta la ilusión en un futuro que ya les pertenece.

Guadalupe, donde hoy nos hemos reunido para conmemorar -como motivo inmediato- el acto de la solemne coronación, celebrado aquí con asistencia de mi abuelo, el Rey Alfonso XIII, nos llama a muy trascendentales reflexiones.

Este lugar y este Santuario añaden a su alta significación religiosa el hecho de ser como una síntesis histórica que llega hasta nuestros propios días.

Porque de nuestros días es la tarea de unidad y de trabajo cuyo cumplimiento a todos nos llama, y a mí especialmente me obliga como encarnación de la Monarquía española, entregada a su pueblo, del cual se siente inseparable.

En cada aspiración, en cada problema, en cada necesidad, el Rey quiere estar con vosotros.

Muchos acontecimientos tuvieron por escenario este suelo o aquí se reflejaron a lo largo de los siglos: la joya del monasterio y el santuario; las memorables peregrinaciones de fieles que cruzaban territorios abruptos para llegar a los pies de la Virgen Morena; el constante eco de las hazañas en el nuevo mundo, desde la visita de Colón hasta el bautismo en este lugar de algunos de los primeros hombres llegados de aquellas tierras.

Solar de descubridores y conquistadores, como toda Extremadura, un hecho aislado bastaría para dar mayor gloria a Guadalupe, y es el de que aquí naciera Gregorio López, cuya recopilación de «Las Siete Partidas» ejerce todavía influencia como derecho supletorio en algunas regiones del continente americano.

Pero el acontecimiento de magnitud mundial que recordamos, y que habrá de tener especial conmemoración cuando en 1992 se cumplan los cinco siglos del descubrimiento, hemos de verlo hoy como el vivo acicate para un empeño operante y actual.

En virtud de la obra histórica de España y Portugal y su confluencia con las culturas autóctonas, se ha llegado a la pujante, prometedora realidad de Iberoamérica.

En el presente, nuestra situación europea se conjuga perfectamente con nuestra vocación americana, que incluye la idea comunitaria con los pueblos fraternos del otro lado del océano.

En ello nos anima el deseo de llegar a fórmulas institucionales realistas y recíprocamente respetuosas de la soberanía, personalidad e intereses de cada país.

Quiero terminar mis palabras con la expresión de un ferviente deseo: que todos nosotros, España y los pueblos hermanos, llevemos adelante con ímpetu, con permanente solidaridad, la tarea inexcusable por el progreso y bienestar comunes, en la paz y en la justicia.

Sólo así sonará fuerte en el mundo la voz antigua, con acento de hoy, de tantos millones de seres anhelantes de un futuro grande y luminoso.Y que la Virgen de Guadalupe ayude nuestros afanes.

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