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Palabras de Su Majestad el Rey a la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa

Francia(Estrasburgo), 08.10.1979

S

eñor Presidente, señoras y señores Parlamentarios, quisiera en primer lugar, agradecer a la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa y a sus órganos rectores, su amable invitación a tomar la palabra ante ustedes. Es para mí motivo de especial satisfacción encontrarme hoy en Estrasburgo y dirigirme a la más antigua y representativa de las instituciones europeas, en el año en que se celebra el trigésimo aniversario de su fundación.

Treinta años de ilusiones y frustraciones, de avances y estancamientos, pero en todo caso de labor infatigable en favor de una unión entre los pueblos europeos, esfuerzo mediante el cual el Consejo de Europa ha respondido positivamente a las esperanzas formuladas en el mensaje a los europeos.

Al saludar a esta Asamblea, no puedo olvidar el papel decisivo que desempeñó en la adhesión de España al Consejo de Europa, con una actitud que en cierto modo rebasó moldes formales y temporales para hacer prevalecer la fe y la esperanza en el proceso de transición a la democracia en España.

En efecto, con una cierta anticipación que tanto hemos sabido apreciar los españoles, la Asamblea se apresuró a otorgar su plena confianza a los legítimos representantes del pueblo español, tan pronto como éste se hizo libremente dueño de sus propios destinos.

Pero más allá del caso concreto de mi patria, quiero aquí rendir homenaje a la contribución esencial aportada por esta Asamblea, tanto a la realización de la idea de la unidad europea como a la promoción de los valores consustanciales a nuestra civilización y, en particular, la libertad, la dignidad y los derechos fundamentales de la persona, base del orden político y de la paz social.

En efecto, de 1949 a 1979, no se ha producido acontecimiento significativo, ni abierto camino a una esperanza razonablemente válida, que no haya recibido contribución efectiva, o no haya tenido eco profundo -cuando no la iniciativa- en esta Asamblea.

Señor Presidente, la unidad de Europa, de los europeos, es una realidad que preexiste a los proyectos de unión europea. A todo lo largo de nuestra accidentada historia, los europeos hemos tenido conciencia de este hecho. Esa interpretación de la sociedad europea es la que hace que Francisco de Vitoria estudie en París, y Juan Luis Vives profese en Lovaina y Oxford, en tanto que El Greco pinta en Toledo, y Domenico Scarlatti compone en Madrid, por citar sólo algunos ejemplos que atañen a mi país.

El hecho europeo sustenta un proyecto europeo, una empresa europea. A ello responden las organizaciones europeas y a ello se aplica la decana de las mismas, el Consejo de Europa, perfectamente consciente de que, como dijera Robert Schuman, «L'Europe, avant d'être une alliance militaire ou une entité économique, doit être une communauté culturelle».

¿Cuáles son los elementos que configuran esa identidad de los hombres europeos?

De entre todos los que se han propuesto, me gustaría hace hincapié en tres, porque pienso que también caracterizan la acción del Consejo de Europa y deberían seguir inspirando todos sus pasos: el humanismo, la diversidad y la universalidad.

Si hay una idea-fuerza en la civilización europea, ésta es, la primacía de los valores de la persona humana, de todo hombre y de cada hombre.El mejor ejemplo de esta idea y, a la vez, la más notable contribución del Consejo de Europa, lo constituye el Convenio europeo de protección de los derechos humanos y libertades fundamentales, que establece un sistema internacional de garantías inigualado hasta el momento y al que España acaba de incorporarse al depositar, hace pocos días, el correspondiente instrumento de ratificación.

Aunque todos podemos sentirnos satisfechos de los logros alcanzados, también nos sentimos todos estimulados a profundizar en los mismos.Esta Asamblea, que tan importante y dinámico papel jugó en la adopción del convenio europeo de derechos humanos, es particularmente sensible a la necesidad de ampliar el catálogo de derechos protegidos, incorporando los derechos económicos, sociales y culturales, abriendo camino a nuevas dimensiones y fronteras de los derechos humanos.

Así, tras la importante Declaración adoptada por el Comité de Ministros, el 27 de abril de 1978, la Asamblea Parlamentaria adoptó la Recomendación 838, relativa a la ampliación del ámbito de aplicación de la convención europea de derechos humanos, cuya relevancia es innegable.

Por otra parte, es un hecho notorio que la Comisión de las Comunidades Europeas ha formulado la propuesta de que éstas, en cuanto tales, se adhieran al convenio europeo de derechos humanos, propuesta que es, a la vez, una clara muestra de la vitalidad de la obra cumbre del Consejo de Europa y un importante paso en la progresiva realización de la mejor aportación europea a la historia humana: la dignidad y la libertad del hombre.

Al referirme a la dedicación del Consejo de Europa al hombre, a sus derechos y libertades fundamentales, quisiera evocar algunos aspectos de dicha dedicación: en primer lugar, su acción en favor de la mejora continua del entorno y de la calidad de vida. En segundo lugar, sus esfuerzos en favor, de los trabajadores migrantes y sus familias, respecto de quienes siempre será poco todo lo que se haga. En tercer lugar, su honda preocupación por la juventud, a fin de ilusionar a los jóvenes europeos en la tarea de construir Europa.

Este último aspecto es esencial. El Consejo de Europa no ha olvidado en ningún momento la necesidad de preocuparse por el hombre europeo del mañana, y de hacer participar a la juventud en una noble tarea, propia de varias generaciones. Por ello, ha establecido el Fondo Europeo de la Juventud y el Centro Europeo de la Juventud, en los que ya participan activamente jóvenes españoles y sus organizaciones propias.

No menos definitoria del ser de Europa es su pluralismo, su diversidad.

La vocación europea es el unir e integrar a los pueblos europeos según su verdadero genio, que es el de la diversidad, a fin de abrir al mundo el camino que busca: el de las libertades organizadas.

Es ésta una idea que expresaron las Comunidades Europeas en su documento sobre la identidad europea, al decir que la diversidad de culturas dentro del marco de una civilización común, la profesión de unos mismos valores y la determinación de construir una unidad en la diversidad, es lo que da a la entidad europea su originalidad y su dinamismo propio.

No es incompatible, antes al contrario, con la preservación de la diversidad, que el Consejo de Europa se preocupe cada vez más de las graves amenazas que presentan los desequilibrios territoriales en el desarrollo económico, que contraponen una Europa del norte y una Europa del sur, una Europa del centro y una Europa de la periferia.

Un proceso de armónica construcción europea exige que se ataque resueltamente este problema, y para ello esta Asamblea Parlamentaria ha servido de conciencia y estímulo, alentando los esfuerzos de los gobiernos, y de las demás instituciones europeas.

Europa no sería verdaderamente Europa sin su proyección universal. Por eso la construcción europea no puede ser una obra provinciana, encerrada en sí misma. Ha de estar, por el contrario, bien atenta a las transformaciones del mundo moderno, caracterizado, entre otras cosas, por la globalización de las relaciones sociales y problemas con que se enfrenta la humanidad.

Construyamos Europa -decía nuestro compatriota Salvador de Madariaga- no sólo como un mercado común, sino también como una gran familia humana y respetemos este principio intacto en todas nuestras instituciones.

Esta preocupación universal que animaba ya a los fundadores del Consejo de Europa, sigue estando presente en sus trabajos, especialmente en esta Asamblea Parlamentaria, siempre alerta a los nuevos retos de la ciencia y la técnica y al mapa cambiante de las relaciones internacionales.

El espíritu europeo es el de diálogo. Y no os sorprenderá que, viniendo de España, insista sobre todo en un aspecto de ese diálogo global que nos es particularmente querido: me refiero a la necesidad histórica de un diálogo entre Europa y América.

El ejemplo del Consejo de Europa ha significado ya mucho para los países americanos, como lo demuestra la Convención de San José de Costa Rica sobre derechos humanos.

Pero también tenemos cosas que recibir, porque todo auténtico diálogo tiene que ser un camino de doble dirección. Estad seguros de que, para desarrollar y hacer fructificar esa comunicación, sólo encontraréis por parte española aliento, apoyo y entusiasmo.

Señor Presidente, se ha dicho que España se ve en Europa, y nada más natural, pues si humanismo, diversidad y universalidad son notas definitorias de Europa, también lo son, y en alto grado, de mi país, España, cuya vocación europea es bien patente.

Mucho falta por hacer en la construcción de Europa. Nos queda aún un largo camino por recorrer, lleno de obstáculos y encrucijadas. Lo importante es la decisión de haberlo emprendido y de hacerlo todos juntos, pues no hay dificultad que no podamos salvar con determinación e imaginación.

Y con el hombre como punto de partida y como meta. Como dijera el vasco, español, europeo y universal, Miguel de Unamuno: «El fin de la historia y de la humanidad somos los sendos hombres, cada hombre, cada individuo...  Y esto de que el individuo sea el fin del universo, los sentimos muy bien nosotros los españoles.»

Muchas gracias, señor Presidente, señoras y señores parlamentarios.

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