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Palabras de Su Majestad el Rey al Presidente de Colombia Diego Uribe Vargas y al pueblo colombiano

Madrid, 25.06.1979

S

eñor Presidente, nos es particularmente grato daros, esta noche la bienvenida a España. Como Primer mandatario de un pueblo entrañablemente hermano, vuestra presencia entre nosotros es causa de general alegría para todos los españoles. Colombia, que lleva nombre de continente, ocupa en nuestro afecto lugar muy preferente. El corazón, antes que la técnica, acortó entre nosotros las distancias. Y las comunes tradiciones, con tantos otros pueblos compartidas, ensanchan los cauces de nuestro entendimiento como realidad consolidada de hoy y como posibilidad multiplicada en el porvenir inmediato.

Os saludamos con la nostalgia inolvidable de las jornadas vividas en vuestro país, durante la visita que hiciéramos a finales de 1976. Un memorable 12 de octubre, Cartagena fue escenario luminoso de ideas y proyectos, prestando sus singulares monumentos históricos el soporte que requieren, como fundamento, todos nuestros proyectos bilaterales y comunitarios. La ciudad y sus fuertes enmarcaron en aquella ocasión la concordancia en un afán singular y la formulación de unos proyectos de futuro que, a uno y otro lado del océano, fueron entendidos por hombres que sienten y se expresan en un idioma, construido y embellecido por todos.

Cartagena era ya, entonces, símbolo de integración. Acabáis de rubricar en ella la reafirmación de unos propósitos ejemplares, que muestran el camino para alcanzar el bienestar de los pueblos andinos y nos reavivan la esperanza a cuantos creemos en la necesidad de una mayor presencia iberoamericana en el concierto y las decisiones de la comunidad internacional. El impulso renovado que se ha decidido imprimir a las instituciones del Pacto, partiendo de la justa valoración de la importante experiencia acumulada en la última década, constituye una prueba de vitalidad muy clara. Como Presidente anfitrión de tan singulares y fructíferas sesiones quiero, además de fecilitaros, renovaros nuestra fe en la integración iberoamericana y el deseo de cooperación de España a su realización.

La evocación de Cartagena y de nuestra visita me han llevado a un tema tan esencial. Las jornadas que entonces siguieron a ese 12 de octubre, que la Reina y yo vivimos en Bogotá, traen a mi pensamiento la generosa acogida del pueblo colombiano y la cordialidad con que supo proyectarse. Nadie que hable nuestra lengua se siente extranjero en Colombia. Lo sabemos bien quienes allí hemos estado.

Desde Jiménez de Quesada, que fuera tildado de sabio por el cronista castellano, vuestra nación tiene justamente adquirido el título de docta. Las humanidades han tomado carta de naturaleza en ella, con el primoroso cultivo de un idioma que es prez de todos.

Colombia dejó una profunda impresión en nuestro ánimo. Hemos visto reflejada esa misma huella en tantos y tantos españoles que allí han tenido la suerte de morar. Es mi deseo, señor Presidente, que cuando de aquí partáis, os llevéis tan vivamente grabada la convicción del afecto del pueblo español como nos sucedió a nosotros en aquella inolvidable ocasión. Pienso que, sobre esas realidades, los hombres de Estado construyen relaciones imperecederas, enormemente beneficiosas para sus países. Las nuestras, que ya lo son, deben intensificarse en todos los órdenes, alcanzando niveles de ejemplaridad e incentivo para toda suerte de posibilidades bilaterales y multilaterales que han de ser el fundamento de nuestra convivencia comunitaria.

Señor Presidente, la España que hoy visitáis quiere mirar al futuro con ojos nuevos e ilusionados. No duda de su destino europeo y está particularmente consciente de sus vínculos y de su futuro americano. No se plantea su incompatibilidad, porque es imposible. La civilización europea se proyecta desde hace casi cinco siglos en el nuevo continente. América ha enriquecido singularmente la aportación recibida, a través de su fabulosa herencia precolombina y de la floración cultural de un mestizaje vital. Estoy convencido de que el hombre americano de hoy alberga posibilidades esenciales de renovación y estímulo para las viejas y nuevas cuestiones con las que el mundo se debate. Su cooperación generosa nos es imprescindible. Queremos potenciar su voz para bien de todos.

Hago votos para la progresiva y pronta realización de nuestros ideales comunes. En esta ocasión propicia, permitidme que una a mi brindis el ferviente deseo de prosperidad para la gran nación colombiana, que tiene en Vos y en vuestra dignísima esposa unos ejemplos y guías admirables.

¡Bienvenidos!

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