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Palabras de Su Majestad el Rey a los Grandes Duques Juan y Josefina-Carlota de Luxemburgo y al pueblo luxemburgués

Luxemburgo, 09.07.1980

A

lteza Real, Señora, permitidme que en esta feliz circunstancia conteste a vuestras cariñosas palabras de bienvenida, expresando ante todo nuestro agradecimiento por la afectuosa acogida que nos habéis dispensado y que hace doblemente emotiva nuestra llegada a este país tan querido, que hoy visitamos oficialmente por primera vez.

Conocemos bien los sentimientos amistosos que os animan y sabéis hasta qué punto la Reina y yo los compartimos. Estos sentimientos no son más que el reflejo fiel de la antigua relación existente entre nuestros pueblos, que revive hoy entre los descendientes de aquellos luxemburgueses y de aquellos españoles que durante tantos años anduvieron juntos los caminos de Europa, en un momento en que nuestro viejo continente forjaba su personalidad y su destino moderno.

Yo quisiera hoy evocar la visita a Luxemburgo, en el frío invierno de 1553, de aquel gran europeo, antepasado mío y vuestro, que fue Carlos de España y Alemania. Conmueve comprobar cómo los documentos de la época nos muestran un Emperador desilusionado, cansado y enfermo, que vino a esta ciudad entrañable, cuyo título llevó con tanto orgullo y dignidad imperial, a restablecer su salud quebrantada y a renovar sus ilusiones perdidas. Parecía, dicen los cronistas, que la fortuna le había vuelto la espalda y que su sueño europeo se derrumbaba. Pero no fue así. Aquí encontró el reposo necesario y el renovado vigor para volver a la lucha por la Europa que él quería: una Europa floreciente bajo la Pax Christiana, que proyectase sobre el mundo su civilización y su mensaje; una Europa unida en una comunidad de ideales, levantada sobre un proyecto político en el que él creyó hasta su muerte.

Europa ha recorrido desde entonces un largo camino, sembrado de conflictos políticos, enfrentamientos militares y convulsiones sociales. Pero también ha sabido salir adelante, resurgiendo de cada crisis renovada y fortalecida, hasta conseguir realizar el viejo sueño de dar vida a un proyecto comunitario. Luxemburgo ha contribuido de manera muy singular, con sus mejores pensadores y hombres de acción a hacer posible esta realidad que son las Comunidades Europeas, participando activamente en la tarea de construir una Europa más fuerte y más unida, asentada sobre la concordia continental y sobre la promoción y defensa de unos valores que tienen las ideas de libertad y de justicia las bases que los sustentan y las coordenadas que los definen.

Alteza Real, la Europa dinámica y progresiva en la que creemos, y a la que pertenecemos por nuestra historia, nuestra geografía y nuestra cultura, no es una obra terminada y cristalizada, sino algo que conserva todavía la vitalidad del proyecto, el dinamismo de lo inacabado, el atractivo de toda empresa que mira hacia el futuro. A la tarea de avanzar por ese camino y profundizar en ese proyecto quiere España aportar su esfuerzo y su entusiasmo, para que entre todos hagamos una Europa mejor, más justa y más solidaria.

Esta empresa colectiva se enfrenta hoy con una tarea prioritaria: abrir la puerta de las instituciones comunitarias a los pueblos de la Europa meridional. Se trata de dar un nuevo impulso a las comunidades para ampliar su área geográfica, enriqueciéndola con la incorporación de algunas de las aportaciones más fecundas y originales de la cultura europea, para hacer posible la construcción de una Europa más fuerte y equilibrada, que esté en condiciones de contribuir eficazmente al bienestar de todos sus pueblos, a la consolidación de sus sistemas democráticos y a la causa de la paz.

Pero la ampliación de las Comunidades no es simplemente una operación técnica, ni la construcción de Europa puede quedar supeditada al juego de los intereses y a la confrontación de los egoísmos. Se trata, ante todo, de un desafío político que hay que superar con decisión y con visión de futuro: una empresa que está poniendo a prueba, una vez más, nuestra imaginación y nuestra voluntad. Ante este desafío, la Comunidad no puede replegarse sobre sí misma, ni los egoísmos pueden prevalecer sobre los ideales comunitarios. Si así fuera, Europa daría la espalda a su propio proyecto, adoptando una actitud retardataria y regresiva, en contra del espíritu que animó a los padres fundadores.

Europa nunca ha podido entenderse sin España. Nosotros seguiremos trabajando por la construcción de esa Europa fuerte porque creemos en su futuro y porque queremos una Europa unida por los ideales, no enfrentada por los intereses o separada por los egoísmos.

Una Europa que se proyecte hacia otros horizontes más amplios y que pueda alcanzar a esos países de América a los que como Vuestra Alteza ha dicho, España está tan vinculada.

Quiero agradeceros, Alteza Real, vuestras palabras sobre la ampliación de las Comunidades Europeas, y expresar aquí públicamente, en nombre de mis compatriotas y en el propio, nuestro reconocimiento por la ayuda y aliento que siempre hemos encontrado en Luxemburgo para formar parte, de derecho, de esta Europa a la que de hecho ya pertenecemos.

No vivimos desgraciadamente tiempos fáciles. A los problemas derivados de la crisis económica internacional, se han añadido en los últimos meses graves acontecimientos que han abierto una nueva crisis en las relaciones este-oeste. Frente a esta situación, España, está firmemente convencida de que es más necesario que nunca abrir cauces de diálogo para fortalecer la confianza, desarrollar la cooperación y continuar avanzando por el camino de la distensión y de la paz. En esta búsqueda de la paz y en la construcción de un orden internacional más justo y estable. España y Luxemburgo, desde sus respectivas responsabilidades, pueden trabajar juntos en la defensa de las libertades democráticas, la búsqueda de la justicia social y el respeto y salvaguarda de los derechos humanos.

En este mundo conflictivo, nuestras relaciones bilaterales se desarrollan bajo el signo de la amistad, buscando una cooperación cada vez más estrecha en todos los órdenes.

Quizás sea en el campo de los contactos humanos donde hemos alcanzado los resultados más satisfactorios, a través de los diversos intercambios, que contribuyen a un mejor conocimiento recíproco de nuestros pueblos, de las relaciones entre los medios empresariales y de la presencia de nuestros emigrantes en Luxemburgo. A estos españoles que residen en vuestro país y que contribuyen con su esfuerzo al bienestar y al desarrollo de Luxemburgo, quiero hacer llegar el calor de mi afecto, mi comprensión y mi apoyo.

Permitidme ahora que invite a todos a levantar nuestra copa por la ventura personal de Sus Altezas Reales, el Gran Duque y la Gran Duquesa de Luxemburgo, por la paz y la prosperidad del Gran Ducado y por el bienestar del noble pueblo de Luxemburgo.

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