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Palabras de Su Majestad el Rey en la cena de gala ofrecida por Su Majestad el Rey Hassan II de Marruecos

Marruecos(Fez), 14.06.1979

M

ajestad, el día 20 de agosto pasado, en vuestro discurso a la nación, dijisteis estas palabras: «El pueblo marroquí es el heredero de su historia.»

Esa historia ha sido por mucho tiempo compartida con el pueblo español. Y en este momento solemne en que nos encontramos, no puedo evitar pensar que marroquíes y españoles somos hoy, más que nunca, herederos de nuestra historia común.

Imaginad por ello, Majestad, con qué profunda emoción pronuncio estas palabras, consciente, como estoy, del peso que la historia deposita sobre nuestros hombros.

Imaginad con qué hondos sentimientos he llegado a Marruecos, he escuchado vuestras palabras de amistad y he agradecido la acogida de exquisita cortesía que desde el primer instante nos habéis ofrecido a la Reina y a mí. No quería expresaros mi gratitud ante tan noble y amistosa hospitalidad sin hacer alusión a ésta, para mí conmovedora, circunstancia histórica que confiere a mi viaje un relieve trascendental.

Decir que considero un gran honor estar hoy aquí, en el corazón de Marruecos al lado de su Rey; decir que la Reina y yo nos sentimos felices rodeados de la calurosa y tradicional hospitalidad marroquí, no es cumplir con una formalidad protocolaria, es, simplemente, hacer honor a la verdad.

Y, sin embargo, no es decirlo todo.

A mí me parece, Majestad, que lo más importante que puede suceder en este momento es que Vos y yo y todos cuantos aquí nos encontramos, y los pueblos marroquí y español en su integridad, tengamos la conciencia viva de la ocasión trascendental de la que somos testigos: el encuentro de Marruecos y España, al cabo de los años, en la persona de sus Reyes y en paz.

Pocos países hay en el mundo cuyas interacciones recíprocas hayan sido tan hondas y prolongadas.

Con frecuencia se ha dicho que Marruecos y España se encuentran respectivamente en la interioridad misma de sus pueblos y de su más íntimo ser histórico, sin ninguna distancia que les aleje de la historia del país vecino. Yo suscribo esta afirmación, porque me parece que es la clave de la comprensión de nuestras relaciones a lo largo de la historia y de la misión que nos corresponde en el futuro.

¿Cómo no evocar en esta hora -aunque sólo fuera por el orgullo que ello debe producirnos a unos y a otros- la grandeza majestuosa de la Mezquita de Córdoba, la belleza de la Alhambra de Granada, el rumor de las fuentes del Generalife, la pureza geométrica de la Giralda de Sevilla, el despliegue poderoso de la Alcazaba de Almería y, en fin, tantas y tantas obras de arquitectura y de arte hispano-árabe como se alzan en mi país?

¿Cómo no pensar en aquel gran hispano-magrebí, Ibn-Jaldun, que estudió y trabajó en Fez y que un día había de ser embajador del Rey árabe de Granada ante la corte cristiana española para simbolizar así la íntima comunidad de España y el Magreb?

¿Cómo olvidar que España es el único país del mundo occidental cuya capital, Madrid, lleva un nombre de origen árabe?

¿Cómo ignorar los millares de palabras de vuestra lengua que enriquecen la nuestra, y la música, y tantas costumbres y formas de vida española como proceden de la cultura árabe?

¿Y cómo, en sentido inverso, no mencionar las tradiciones andaluzas de Tetuán, Fez o Rabat, y las innumerables familias marroquíes que llevan un apellido de origen andaluz o, en fin, toda la presencia de Al-Andalus en la intimidad de la historia de Marruecos, de sus ciudades y sus gentes a lo largo de los siglos?

¿Cómo no pensar que todo ese legado árabe nos vino principalmente a través de Marruecos y que la devolución a la cultura árabe de los frutos españoles pasó por Marruecos también principalmente?

¿Cómo no comprender, en fin, que, tal como Vuestra Majestad lo ha recordado más de una vez, el estrecho de Gibraltar no fue un foso marítimo, sino un puente constante entre nuestros pueblos?

España y Marruecos, que han vivido una historia tan llena de fecundas realizaciones, comparten también una misma área geográfica en el Mediterráneo occidental y en esa gran arteria estratégica que es el Estrecho.

Es preciso que la amistad y la cooperación entre nuestros dos pueblos sirvan de base a una creciente solidaridad entre los países ribereños de este mar, convirtiéndose así en un factor de estabilidad en la región y en la mejor garantía de que el Estrecho seguirá al servicio de la prosperidad y de la paz entre todos los pueblos.

Por eso, porque tenemos presentes los lazos históricos y geográficos que nos unen, estamos convencidos de que nuestro destino nos lleva a entendernos, a reafirmar una amistad clara y duradera y tejer un entramado de intereses comunes tan denso y extenso que dentro de él se resuelva pacíficamente cualquier problema que pueda surgir entre nosotros y, al mismo tiempo, prosperen las inmensas posibilidades de colaboración que se ofrecen a estos dos países nuestros que caminan juntos desde el comienzo de la historia.

España comprende perfectamente, que, de sus tres fronteras, la del norte con Francia, la del oeste con Portugal y la del sur con Marruecos, es esta última la que le pone en comunicación no sólo con este país, sino en contacto inmediato con el mundo árabe y africano.

Queremos, en consecuencia, darle toda la importancia que merece y estamos persuadidos de la gran dinámica global que a partir de ella puede producirse.

El Gobierno español ha reiterado recientemente su vocación africana, respondiendo de nuevo a un mandato geográfico que adoptó a lo largo de los siglos muy diversas formas de expresión y que ahora sólo puede tener a forma de un propósito de amistad y cooperación entre iguales, dentro del respeto de cada uno.

Queremos que si se ha de ejecutar en nuestros días ese mandato y poner en marcha esa cooperación deberá, por razones obvias, empezar por Marruecos, pues si no estaríamos creando ya inicialmente un vacío en nuestro propósito de atender a Africa, vivir con Africa, cooperar con Africa.

Y lo estaríamos creando en aquel país que, de todos los africanos, fue el primero con el que convivimos históricamente y el que más profunda huella dejó en nuestra propia existencia.

Me complace expresar estas ideas, que creo necesarias y saludables, ante un descendiente directo del gran alauita el Sultán Sidi Mohamed ben Abdallah.

Vuestro antepasado, Majestad, es una figura simbólica para nosotros los españoles y para mí en particular.

No puedo olvidar que también es un antepasado mío directo el Rey de España Don Carlos III de Borbón y que entre los dos Soberanos, y en una época en que ambos países hacían un esfuerzo de progreso y desarrollo y de la comunicación con el exterior, se firmó un gran acuerdo de paz, amistad y comercio, el Tratado de 28 de mayo de 1767.

Este Tratado se negoció en una época en que predominaba el espíritu de la apertura y comunicación de los hombres y de los pueblos; el intento de una comprensión más global del mundo y de unos conocimientos más completos y precisos sobre la realidad internacional.

Ello nos debe hacer pensar en el presente y el porvenir.

Marruecos y España se encuentran a caballo sobre dos mares que bañan las costas de Europa y Africa, en el medio del camino más corto entre ambos continentes, en el punto en que se tocan dos mundos: el mundo desarrollado de la Europa occidental y el mundo en vías de desarrollo del continente africano.

Toda una gran política económica de envergadura global, la de la relación norte-sur, puede pasar por nosotros y encontrar en la cooperación bilateral marrueco-española su campo de ensayo más fácil, tanto por los factores económicos en juego en ambos países como por los elementos humanos y la proximidad geográfica que les unen.

Es preciso que Marruecos y España sean plenamente conscientes de las posibilidades que derivan de ser la bisagra sobre la que giran los dos continentes unidos, más que separados, por el Mediterráneo.

España está decidida a potenciar esa posición geográfica y esos lazos históricos que la vinculan al pasado y al presente de los países árabes, para llevar a Europa la preocupación por sus inquietudes y sus problemas, y hacer valer allí sus intereses y sus aspiraciones dando así al diálogo euro-árabe una nueva y más profunda dimensión.

Pensándolo así, de nuevo me pregunto: ¿Cómo podrían Marruecos y España ignorarse y negarse a una política bilateral franca y abierta que no sólo les liga a ellos dos, sino que pone en comunicación a dos continentes y cumple la misión de puerta o pasillo entre las más alejadas tierras escandinavas de la Europa del norte con las profundidades del Africa negra?

Con estos pensamientos en mi ánimo quiero terminar haciendo una exhortación amistosa a marroquíes y españoles.

Es necesario que nos conozcamos mejor; casi me atrevo a decir que nos conozcamos, simplemente, tanta es la ignorancia recíproca que nos caracteriza.

Limpiemos nuestras visiones mutuas de imágenes falsas, de ideas preconcebidas y de simplificaciones que a veces reducen nuestros conocimientos recíprocos a burdos clichés. Invito a marroquíes y españoles al estudio de nuestra historia en común y a la reflexión serena y profunda sobre la personalidad de cada uno y los avatares que la han ido formando, procurando que las emociones y sentimientos procedentes de épocas cercanas o de deformaciones históricas no enturbien nuestro juicio.

Propongo que el «hispanismo» o el «arabismo» no sean patrimonio de unos pocos, rincón para especialistas o casi ciencia exótica, sino conocimiento general de dos vecinos que han vivido toda la historia juntos y a los que la ignorancia parece hacer alejar, a veces excesivamente.

Pensemos que en nuestros archivos y bibliotecas se encuentra parte de la historia de cada uno de nuestros países, acaso inédita en algunos capítulos, y que en el conocimiento de nuestros idiomas respectivos reside una parte de la posibilidad de entendernos más a fondo.

He recordado antes cuánto la lengua árabe enriqueció la española y me permito ahora decir que Marruecos y en especial la zona norte es una de las áreas naturales de conocimiento del español en el mundo por razones obvias que ya nadie puede borrar.

Con un entendimiento recíproco como el que acabo de esbozar, España y Marruecos habrán contribuido no sólo a consolidar su amistad particular, a estrechar las relaciones de mi país con el mundo árabe y a la cooperación inteligente y pacífica de España con todo el continente africano, sino muy especialmente a hacer posible la mejor comprensión de los problemas del Africa del norte, esa región vital del mundo.

Es región vital cuya paz, estabilidad y entendimiento justo y duradero considero imprescindible y urgente para la paz mundial; entendimiento que pasa necesariamente por la amistad y paz entre cada uno de sus miembros, pues de otra manera se encontraría gravada por una hipoteca que haría imposible la abierta paz entre los dos.

Y ahora, Majestad, querido hermano, dejadme de nuevo agradecer en nombre de la Reina y en el mío propio, en nombre del gobierno y del pueblo español, la noble hospitalidad que nos habéis ofrecido y las palabras de amistad que nos habéis dirigido. En respuesta a ello, permitidme expresar mi admiración por este pueblo de Marruecos que bajo vuestra sabia y prudente guía avanza en su desarrollo y prosperidad, así como mis votos fervientes de progreso y bienestar para todos los marroquíes y de salud y felicidad para Vos mismo y para vuestra familia, y la que Dios quiera siempre proteger. Y la paz.

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