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Palabras de Su Majestad el Rey a la comunidad académica en la Universidad de Leiden

Holanda(Leiden), 21.03.1980

S

eñor presidente de la Junta de Gobierno, señores profesores y alumnos, sean mis primeras palabras de saludo y satisfacción.

De saludo a todos ustedes, empeñados en el más alto de los humanos quehaceres: la búsqueda sin compromiso de la verdad.

De satisfacción, por la distinción que supone hablar aquí en esta Universidad, que ha  escuchado la palabra de tantas voces egregias de la historia de la cultura de occidente.

Fundada en la misma raya de la guerra, hace cuatro siglos, Leiden constituye una referencia inexcusable en la historia de la cultura europea.Nacida como afirmación de voluntad y de conciencia de una identidad y de un destino nacionales, en la hora fundacional de la Holanda moderna, ha mantenido siempre a través del tiempo la alta tensión espiritual de sus orígenes.

Y, a la vez, ha dado a su vuelo una dimensión de universalidad que es la universalidad misma del saber.

Antes del siglo de su nacimiento, sus aulas reunían dos mil alumnos, la matrícula más alta de Europa, de los que muchos eran extranjeros venidos de todos los rincones de este continente.

Praesidium libertatis fue su divisa. Y fue centro de espiritual energía, irradiando luz sobre las sombras de un siglo conflictivo, en el que los Países Bajos clareaban en la oscuridad circundante.

La altura de su vuelo es la altura señera de la libertad. La libertad de pensar; la libertad de saber; la libertad interna, presupuesto de la libertad exterior o política y condición misma de posibilidad de su existencia.

Descartes, Spinoza, Locke, Bayle, aquí, en tierra holandesa, cuyo corazón intelectual era esta Universidad, vinieron a buscarla.Muchas gracias, señor Presidente, por su acogida y por sus generosas palabras.

Señor profesor Lechner, señores hispanistas, esta tradición de libertad, de que antes hablaba, es también la suya. Porque lo es de todas las universidades de Holanda que ustedes aquí representan. Y porque es el distintivo de la vocación y de la obra de todos.

Son ustedes sabedores y estudiosos de español, de la lengua, la cultura y la historia españolas. De una lengua y una cultura que, tomada en bloque, se revela, a la luz del conjunto de la cultura europea, como una entidad compleja, que es europea, pero tiene al mismo tiempo carácter y perfil propio y original.

¿Por qué? Porque, siendo europea nuestra raíz y nuestro destino, lo español es también muchas otras cosas y, en una dimensión esencial, representa una síntesis. Síntesis integradora de pueblos, de razas, de cultura y civilizaciones; síntesis de creencias, valores y creaciones pertenecientes a esos mundos, fraguada a lo largo de una dialéctica real desde el neolítico a la modernidad y nuestro tiempo.

Durante siglos, lo español significó, junto a la resistencia a dejarse colonizar, una vitalidad creadora que tomó, renovó, hizo sustancia de sí, las culturas de los pueblos que lo invadían.

Durante siglos, esa su capacidad de integración y síntesis logró fundir en el propio crisol los materiales más valiosos de otras culturas y pueblos e imprimirles su sello indeleble. Y en esa creación original y en la proyección más allá de los mares de lo forjado al fuego español radica la clave de su singularidad y de su posición en Europa y en el mundo.

El profesor Américo Castro ha subrayado cuánto han significado lo árabe y lo judío, junto a lo cristiano europeo, en la constitución del estilo de vida, la cultura y la lengua españolas.

Sobre el firme cimiento romano, común a todos los pueblos de Europa, lo hispánico ha sido síntesis de occidente y de oriente y la unidad así integrada llegaría a tierra americana y operaría allí una nueva y maravillosa fase del añejo proceso integrador.

La síntesis con lo indio en su diversidad; la síntesis de raza, de sangre y de espíritu, de hábitos tradiciones y formas culturales. Y la síntesis ulterior con lo europeo que durante los dos siglos últimos afluiría directamente desde este continente, fundiéndose en lo ya fraguado y abriendo la esperanza de la raza cósmica con que soñó Vasconcelos.

El castellano primitivo, en virtud de ese mismo proceso integrador, se enriqueció y ensanchó, extendió la altura y el radio de su vuelo y se convirtió en el español; en la lengua universal y común de cuantos, contando con otras o teniéndola a ella como exclusiva, han recreado, renovado, engrandecido aquel castellano.

No es un azar, así, que desde Nebrija a Menéndez Pidal hayan sido americanos _Bello, Caro, Cuervo_ quienes con mayor rigor y atención han explorado esa lengua. Ni que entre los momentos más altos de ella haya que recordar, no sólo la línea insigne que forman Garcilaso, Fernando de Rojas, Fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Cervantes, Góngora, Quevedo, Larra, Valle Inclán, Ortega y Gasset, Pérez de Ayala o Miró, sino al propio Bello, a Sarmiento, a Montalvo, a Martí, a Palma, a Rubén Darío, a Rodó o a Reyes, constructores de pueblos los cuatro primeros, y de lengua todos.

Sin embargo, todos esos nombres sonoros no son sino olas que se levantan sobre una soterrada corriente profunda que los dirige e impulsa.

Ortega afirmó que en España todo lo había hecho el pueblo y que lo que el pueblo no había hecho, había quedado por hacer. Y lo popular no sólo impregna la literatura y el arte españoles, sino que el pueblo, él mismo, es creador, a su vez, y protagonista de las creaciones culturales.

Baste pensar en el Romancero, una de las creaciones más originales y altas, y que Hegel colocaba junto a lo más bello que nos dejó la antigüedad clásica; o en las reelaboraciones sucesivas, las reiteraciones temáticas, el realismo, el arte para la vida, en fin, para admitir que en el dualismo constitutivo de la literatura española, la línea popularista o mayoritaria predomina sobre la aristocrática o arte de minorías. Y tanto más si se piensa que muchos de los integrantes de la segunda, como Góngora o Quevedo, podían ser incluidos en ambas.

De igual modo, Ricardo Palma; porque él propugnó el enriquecimiento del español con la libre entrada de americanismos, indigenismos, arcaísmos y neologismos, y logró levantar el habla del pueblo peruano a la categoría de monumento artístico. Y ensanchó y engrandeció la lengua, a la vez que la hizo más suya.

Síntesis integradora, arte popular sí; y junto a estas dos notas constituyentes de la cultura y la lengua españolas, su radical preocupación por el hombre y sus valores, por cuanto al hombre acontece en cuanto hombre; la obsesión moralizadora que, como una resonante cuerda, vibra en la entraña de esa cultura y de esa lengua a lo largo de los siglos.

Y ese interés primordial por lo humano, indisolublemente ligado a los orígenes de la escultura y la pintura del hombre en el arte románico, es el que estampa un sello de exactitud histórica en la épica y el romancero; y el que humaniza la crónica medieval y da ocasión a la temprana floración de la biografía y de la comedia; y el que irrumpe, como una avalancha de oro, en la historiografía y en el teatro, la novela, la poesía y la ciencia jurídica de los dos grandes siglos.

Es también el que, después de ellos, constituirá un latido permanente en la literatura de ambas orillas atlánticas, desde Feijoo a Martí, quien, dotado como quizás ninguno otro, fue progresivamente sacrificando su afán de belleza a su voluntad de ejemplaridad moral al servicio del pueblo.

Pero una lengua y una cultura son algo más, mucho más que un medio de comunicación o un modo de expresión individual o colectivo.

La lengua, sangre espiritual como Unamuno repetía es también, y sobre todo, una forma de pensar, de sentir, y de querer; una tradición, una filosofía, una concepción de Dios, del mundo y del hombre, un modo de ser y existir, un estilo de vida.

Ese estilo de vida, esa raíz vital de la que son floración gloriosa las más altas creaciones de la lengua y la cultura españolas, es propio y específico de cada pueblo que aquélla habla. Y es hoy diferencial aunque antaño fuera acaso común y aunque, en su esquema básico, en su estructura funcional, persistan componentes o resortes también similares o idénticos.

Pero sólo hay una lengua. Una lengua que es de todos y de cada uno exclusiva. Una lengua que todos hacen y en la que se hacen; que fraguó su peculiar modo de ser hombre y de ser pueblo; que preserva su identidad espiritual, la continuidad de su personalidad diferencial y las afirma y sostiene y potencia. La lengua española nacida del viejo castellano y que pronto pasará a ser la de la de trescientos millones de almas. La lengua que ustedes aquí defienden y enseñan porque han sabido valorar su futuro y amarla.

Su potenciación, ese hecho sociológico básico de futuro, constituye tema de permanente meditación en un mundo donde la multiplicación de relaciones y de los medios de comunicación y difusión y la paulatina desaparición de la lejanía y del efecto distanciador, irán en aumento. Se garantiza así, a la vez, la diferenciación del español en cada uno de sus pueblos y la integración de todas esas diferenciaciones en el caudal común.

El futuro... «Abierto está el mañana al infinito» -dijo Antonio Machado-, para quien no había muerto el pasado, ni estaban escritos ni el ayer ni el mañana. Y la lengua es pasado, cordón umbilical que nos une a los muertos y cuna donde se nace; y la lengua es futuro, rayo de luz sobre las sombras del mañana de que habló Huizinga. La lengua es el nexo, la salvaguardia del ser de los pueblos.

Síntesis integradora, arte popular, preocupación por el hombre; tres notas constituyentes de la lengua y la cultura españolas que en este tiempo cobran plenario sentido y actualidad incitante.

Síntesis en un mundo que tiende a la unificación en todos los órdenes de la vida; arte popular en un mundo donde la democracia es límite al que tienden países y pueblos; preocupación por el hombre en un mundo donde los derechos humanos son clave de la paz y de la seguridad internacionales y medida del nivel de civilizaciones y de humana justicia.

No quisiera dejar de recordar aquí que, en España, con el español y paralelamente a él, enriqueciéndose mutuamente, integrándose recíprocamente, han coexistido otras lenguas; lenguas que han contribuido de forma decisiva al cuajar la estructura de vida de su pueblo, y lo han matizado diversamente, y que han servido para el florecimiento claro y hermoso de otras literaturas.

En su ámbito también, en su entraña misma, viva y fecunda, están esas notas que para el español he apuntado y, de igual modo, en ellas y desde ellas, cobran sentido en el tiempo presente.

Porque la libertad y los derechos humanos, centro de gravitación hoy de la política española, están por encima del tiempo y por encima de la política; son trascendentes a la política. Y a la lengua y a la cultura, ahondar y acendrar esa libertad y esos derechos constituye el rumbo de antiguo marcado para esas lenguas y cuantos las hablan.

En la medida en que nos acerquemos a ese señero horizonte, tanto más habremos servido a la política, a la cultura, a la universidad y al hombre.

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