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Palabras de Su Majestad el Rey al Presidente de la República Francesa Francois Miterrand y al pueblo francés

Madrid, 22.06.1982

S

eñor Presidente, constituye para la Reina y para mí un honor y una satisfacción teneros entre nosotros esta noche.

Saludo en Vuestra Excelencia al representante de un gran pueblo vecino, con el que el español se encuentra íntimamente relacionado, y os doy la bienvenida en nuestro país.

Entendemos, señor Presidente, que vuestra presencia aquí refleja y confirma el interés de Francia en fortalecer y poner al día los vínculos seculares que, de tantas y tan diversas formas, han entrelazado la aventura histórica de nuestras dos viejas naciones.

Estos vínculos, que en múltiples ocasiones han sido decisivos para la historia de nuestro continente y del mundo, podrían ser de nuevo un componente importante en el proceso de toma de conciencia de una Europa democrática que debe apoyar su fuerza y su grandeza en la unidad y la solidaridad de los pueblos que la integran. Una Europa dinámica y progresiva en la que se expresen de forma actual y renovada los valores humanos y culturales que España y Francia tanto han contribuido a forjar.

Miguel de Unamuno decía que fue grande el alma española cuando se abrió a los cuatro vientos y se derramó por el mundo. Hoy España está saliendo de su aislamiento para unirse, con espíritu de solidaridad y voluntad de participación, a las instituciones políticas, económicas y defensivas que articulan el mundo occidental, que es nuestro mundo.

El gran proyecto europeo que tenemos ante nosotros necesita absolutamente de la aportación de esta España ilusionada y joven, en la que los valores de la democracia y la libertad han prendido con vigor y de manera irreversible.

El pueblo español está decidido a participar plenamente en este proyecto europeo aportándole toda su vitalidad y su ilusionada fe en los valores de la democracia y la libertad.

Mi país, que es ya aliado del vuestro en el compromiso de seguridad colectiva del mundo europeo occidental, desea también, como sabéis, la integración de España en la Comunidad Europea y espera, por muchos motivos, que ésta pueda tener lugar -sin nuevos retrasos- de forma rápida y satisfactoria. No podría hablarse de amistad, de solidaridad y de cooperación si esto no fuese así.

Pero no basta que Europa se abra y se complete a sí misma mediante la plena y pronta incorporación de España a todas sus estructuras. Europa no puede creer que es posible proseguir cómodamente instalada en el disfrute de su libertad y de su prosperidad, sino que tiene que abrirse a la fraternidad y a la cooperación con los pueblos de Iberoamérica, para ser fiel a su destino, aquel que dio grandeza a su misión histórica y universalidad a la proyección de sus valores.

España tiene su sitio en el corazón de ese espacio euroamericano, como vínculo permanente entre las dos grandes familias de pueblos a las que pertenece por la sangre, la historia y la cultura.

Nos corresponde a nosotros, hombres de la hora presente, la responsabilidad histórica de impulsar, con firmeza y decisión, este proyecto europeo.

El mundo en que vivimos necesita el mensaje y la presencia de una Europa fuerte, independiente y libre. Una Europa que, como quiso Jean Monnet, no sea una mera expresión geográfica ni una coalición de Estados, sino el resultado de la unión fecunda de sus pueblos. Y nos corresponde hacerlo ahora, cuando ya no es demasiado pronto y antes de que sea demasiado tarde.

Señor Presidente, el panorama internacional se encuentra hoy ensombrecido por las consecuencias del conflicto de las Malvinas y por la acción militar emprendida contra el Líbano.

España ha hecho y hará todo lo posible por favorecer una solución negociada, honorable y justa para el contencioso de las Malvinas.Yo mismo me dirigí al Secretario General de las Naciones Unidas para poner a disposición de los países contendientes toda mi buena voluntad y mi ayuda para contribuir al logro de la paz y de la justicia.

Por encima de todo, España ha querido evitar el derramamiento de sangre.

Hoy, lejano ya nuestro llamamiento a la paz y a la cordura, nos duelen en nuestro ser europeo y en nuestras entrañables raíces ibero-americanas, los sufrimientos, las pérdidas irreparables de vidas humanas y el daño profundo que se ha causado al mundo occidental.Tampoco en el conflicto del Líbano se ha escuchado la voz de la razón.

El llamamiento unánime del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para detener la escala de muerte y destrucción que está viviendo este país, tantas veces martirizado en los últimos tiempos, no ha sido tenido en cuenta.

Quiero reiterar, en este tema, que tanto preocupa a Francia y a España, que estamos a favor de la paz y pedimos el pleno respeto a la unidad, la independencia y la integridad territorial del Líbano, amenazado hoy en su misma supervivencia como nación soberana.

Los pueblos quieren la paz, pero la paz es imposible si no está basada en la justicia.

Sé muy bien, señor Presidente, hasta qué punto está personalmente comprometido en la noble tarea de aportar el esfuerzo de Francia a la construcción de un orden económico mundial más justo.

También España ha hecho de la acción contra la miseria y el subdesarrollo en el ámbito internacional, una de las preocupaciones constantes de su política exterior.

La lucha por la justicia social internacional es la nueva frontera de la guerra justa de nuestro tiempo: una guerra cuyos objetivos consisten en poner fin a la ignorancia, al hambre, al dolor y a la miseria. Una guerra en la que los pueblos más favorecidos tienen que empeñarse con generosidad y con decisión en la construcción de un mundo más solidario y menos injusto, en el que se vaya reduciendo la distancia infinita que hoy separa a los pueblos opulentos de la masa ingente de los pueblos menesterosos.

Nuestras sociedades europeas democráticas, organizadas en el imperio de la ley, en la igualdad ante la justicia y en el pleno respeto de los derechos humanos y de todas las libertades, están hoy amenazadas por esa última forma de barbarie totalitaria que se expresa a través del terrorismo.

No puede haber justificación para aquellos que tratan de imponer, por el odio y la muerte, sus propias soluciones unilaterales, desesperadas y sangrientas.

No puede haber cabida en la Europa de las libertades para los que no tienen otro objetivo que matar la libertad.

No puede haber acogida en nuestras sociedades democráticas para los que se han propuesto aniquilar por la fuerza el orden social y político, elegido en la libertad, por nuestros pueblos.

No pueden los hombres de paz y de justicia ofrecer su comprensión a los hombres violentos, condenados, para decirlo con palabras de Camus, a la soledad infinita.

Por eso el terrorismo no debe encontrar nunca justificación ni asilo.

La cooperación en todas estas cuestiones antes mencionadas hará posible que nuestras economías, tan estrechamente ligadas, encuentren progresivamente una más ajustada relación.

Que nuestras culturas, que parten de un mismo tronco y se alimentan de una misma concepción trascendental del hombre y de sus valores, se enriquezcan sin duda con un más intenso intercambio.

Y que nuestros pueblos, por múltiples razones y desde hace mucho tan próximos, sepan profundizar en su mejor conocimiento mutuo, que es la clave de todo entendimiento fructífero y duradero.

A veces, en efecto, tenemos los españoles el sentimiento de que ese conocimiento recíproco, a pesar de la larga historia común y de la ancha cultura compartida, no es tan completo ni ajustado a la realidad como debiera: que entre nuestros países se interponen imágenes del pasado y simplificaciones que no responden al análisis del presente; que queda mucho por hacer en la mutua apreciación de nuestra verdad actual.

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