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Palabras de Su Majestad el Rey a los Reyes de los Belgas Alberto II y Paola y al Pueblo Belga

Madrid, 19.09.1994

M

ajestad, la especial satisfacción que la Reina y yo sentimos al recibiros en vuestra primera visita oficial a España tiene sus raíces en una larga historia de fecundas relaciones entre nuestros dos países, preludio de las que hoy nos vinculan en el seno de la Unión Europea.

De este rico acervo de intercambios, de los que tantas enseñanzas cabe extraer incluso hoy en día, quisiera destacar en particular los lazos comerciales que tanto contribuyeron a afianzar nuestras respectivas economías durante la Edad Media, y de los que vuestras antiguas ciudades, brillante ejemplo del gótico civil, conservan aún recuerdos y testimonios.

Nuestras relaciones han sido también privilegiadas en el ámbito de la cultura, ilustradas por figuras tan relevantes como las del humanista Luis Vives, que escribió en Flandes la parte mejor de su obra, Pedro Pablo Rubens, íntimo amigo de Velázquez y, ya en nuestro tiempo, tantos españoles que encuentran en Bélgica el lugar apropiado para la expresión de su europeísmo.

España está también sembrada de testimonios de la diligencia y creatividad de vuestros compatriotas. Pintores y escultores de renombre universal figuran en las colecciones reales, nobiliarias y eclesiásticas de nuestra Baja Edad Media.

La cultura española debe una gran parte de su difusión a las imprentas de Amberes. Tapices magistrales encargados en Bruselas cuelgan todavía hoy en los muros de este Palacio, y nuestra Real Fábrica de Tapices fue dirigida desde sus orígenes por expertos flamencos, cuyos descendientes viven aún hoy entre nosotros.

Nuestro papel en la historia tiene su símbolo más destacado en la figura del Emperador Carlos, nacido en Gante, hombre y monarca universal, cuyo constante esfuerzo por materializar una idea de Europa, extraordinariamente avanzada para su tiempo, es objeto de especial reconocimiento en nuestra comunidad.

A estas coincidencias se une además entre nuestros pueblos una sólida amistad. Quiero recordar aquí la figura y obra del Rey Balduino y el afecto con que, junto con la Reina Fabiola, siempre nos distinguió, y al que correspondemos con el aprecio de las grandes cualidades que le adornaban como persona y como estadista.

Saludamos en Vuestra Majestad las virtudes de ponderación y cordura que constituyen el patrimonio más preciado de la Monarquía y el pueblo belga, y que son bagaje indispensable para afrontar los grandes retos, de cuya solución depende nuestro futuro como naciones y nuestro papel en el ámbito europeo.

En vuestra alta responsabilidad al servicio de vuestro país, os corresponde asistir al despertar de una nueva situación mundial en la que han surgido a la vez sombras y luces de esperanza.

Nos encontramos, por primera vez quizás, en una coyuntura favorable para el establecimiento de sistemas de entendimiento aceptables para todos. Para ello, contamos con nuestra voluntad permanente de defender la aspiración generalizada a la convivencia pacífica, basada en la defensa de la dignidad de la persona y, por tanto, en el respeto de los derechos humanos como base inamovible de la paz.

Nuestros dos países, como el resto de los miembros de la Unión, tienen hoy por delante un gran reto: la construcción europea que, por fin, va a ser obra de todos los países europeos que lo deseen, sin barreras ni prohibiciones.

En lo tocante a la democracia y a los derechos y libertades fundamentales, es sabido que, desde tiempos muy remotos, los habitantes de los territorios que conforman hoy el Reino de Bélgica han desempeñado un papel de vanguardia. Según Alexis de Tocqueville, «la autonomía comunal fue para los belgas la escuela primaria de las libertades»; lo cual, unido a la pionera e intensa actividad industrial y comercial de las ciudades flamencas y valonas, constituyó, según el gran historiador Jacques Pirenne, el origen de la nacionalidad belga.Pero además, Bélgica, por su situación geográfica, así como por las características de su desarrollo económico y social, ha desempeñado siempre un papel singular en los intentos federativos de Europa y debe seguir siendo el campo de cristalización de la futura Europa.En su propia estructura comunitaria se han fraguado ya numerosas experiencias políticas y sociales, basadas en el respeto al equilibrio entre el interés del conjunto y el de las partes.

En Bruselas, la capital de vuestro país, se negocia día a día el desarrollo de este nuevo proyecto, que de confirmarse los criterios que compartimos muchos países europeos y con profunda convicción Bélgica y España, habrá de consistir en un importante avance y un estímulo para otros pueblos.

Como Bélgica, España mantiene su compromiso con el contenido del Tratado de la Unión y confía en que todos los Estados miembros puedan avanzar hasta la consecución de los objetivos que nos hemos fijado, con la cohesión suficiente para que todos puedan progresar conjuntamente.

Así podremos lograr que los Estados centroeuropeos puedan caminar hacia la integración en el espacio histórico y político al que pertenecen por su historia, su cultura y sus perspectivas económicas.

En este contexto, las relaciones entre Bélgica y España se desarrollan apoyadas en la amistad y cooperación. Nada de lo que acontece en Bélgica nos es ajeno; buena muestra de ello es la intensificación de los contactos entre nuestros dos países, que alcanzan todos los órdenes: culturales, políticos, comerciales y financieros.

Nuestra cooperación se desarrolla a través de iniciativas tan patentes como la mutua participación en el Cuerpo de Ejército Europeo, cuyas Fuerzas españolas desfilaron recientemente en Bruselas, con las de otros países amigos y aliados, durante las conmemoraciones del Día de la Independencia belga.

Nuestros contactos, apoyados en objetivos comunes plenamente compartidos, adquieren una especial intensidad. Lo he podido comprobar, una vez más, en mi reciente viaje a la antigua y bella ciudad de Brujas con motivo de la apertura del año académico del Colegio de Europa.Este amplísimo marco de coincidencias permite actuaciones muy eficaces en todos los órdenes, entre las que puedo destacar la acción conjunta en la lucha contra el terrorismo, lacra inadmisible en nuestros tiempos contra la cual las sociedades democráticas tienen un deber inexcusable de luchar.

Quiero también destacar como especialmente reconfortante, por su carga de humanidad, el apoyo de Bélgica a la repatriación de españoles en los momentos difíciles por los que atraviesa Ruanda, lo que me lleva a expresaros el profundo agradecimiento del pueblo español.

En otros ámbitos, puedo constatar el desarrollo de iniciativas culturales con repercusión creciente, de la que es ejemplo cercano la labor que lleva a cabo la Fundación Carlos de Amberes, inaugurada en presencia del augusto hermano de Vuestra Majestad y cuya sede habéis visitado hoy.

Nuestro viaje al Monasterio de Yuste, última morada de proyectos y sueños de Carlos V, reavivará las convicciones y propósitos de los que participamos. Estoy seguro de que vuestra visita a España podrá reforzar estas relaciones en el ámbito bilateral y en los foros de los que ambos países formamos parte, así como la certeza de que los principios que compartimos constituyen un valioso elemento para la construcción de Europa y el reforzamiento de la paz y la seguridad internacionales.

Invito a todos a que levantemos nuestras copas por la felicidad de Su Majestad el Rey de los belgas, de la Reina Paola, por el bienestar y la prosperidad de la nación belga y por la amistad que consolida los lazos entre nuestros dos países.

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