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Palabras de Su Majestad el Rey a la comunidad académica al entregar el Premio Cervantes a Luis Rosales

Madrid(Alcalá de Henares), 23.04.1983

E

n esta fecha del 23 de abril cuando, una vez más, nos encontramos en este magnífico marco de la Universidad de Alcalá de Henares para la entrega del Premio Miguel de Cervantes, se renueva también otro año la ilusión que sentimos al destacar las manifestaciones artísticas de nuestra lengua y de nuestra literatura.

Hemos adquirido muy gustosos la responsabilidad de valorar y respetar el precioso legado que constituye ese idioma al que tan especialmente contribuyen a enriquecer y ensalzar esos artífices de la palabra que son los poetas.

Y nos sentimos muy orgullosos de conceder hoy este Premio «Miguel de Cervantes» al poeta Luis Rosales, cuya ejecutoria constituye un vivo ejemplo de dedicación y de vocación artística.

La lectura de sus versos nos ofrece una nueva visión de la realidad, más detallada, más íntima. A través de esa especial mirada aprendemos a disfrutarla y admirarla mucho más. Porque la realidad, como dice Luis Rosales, es también un milagro:

«Era real, y por lo tanto era un milagro», escribe el poeta.

Permitidme que haga mías otras palabras de Luis Rosales sobre el sentido que tiene la poesía en nuestra vida:

«En este esfuerzo humano por recuperar el tiempo vivo; por conservar en nuestra alma un equilibrio de esperanzas ya convertidas en recuerdos y de recuerdos ya convertidos en esperanzas; por mantener, como se pueda, esa memoria del vivir, ese legado que es la unidad de nuestra vida personal, la poesía, y solamente la poesía sigue diciendo su palabra, sigue teniendo su palabra».

La palabra de Luis Rosales nos ofrece en lo cotidiano un espectáculo distinto y sublimado. Nos conduce a través de la infancia, de los recuerdos, del amor. Nos devuelve la compañía de los seres queridos que desaparecieron, nos conmueve en nuestra misma esencia y construye un lenguaje propio con el viejo lenguaje que es de todos.

Con su palabra nos sentimos, si se puede decir, más profundamente humanos. Más cerca de la realidad, más cerca de los otros, y emocionados al descubrir la naturaleza extraordinaria de lo que somos y de cuantos nos rodean.

Decía Miguel de Cervantes que «la poesía tal vez se realza cantando cosas humildes». Me atrevo a añadir, siguiendo las palabras de nuestro maestro de las letras, que en la humildad no sólo la poesía sino el hombre mismo, se hace más grande. Y en los versos de Luis Rosales aprendemos la humildad y consecuentemente la grandeza de los sentimientos esenciales.

Muchas veces la poesía da lecciones que no pueden provenir de la luz de otras materias; muchas veces también es más profunda y más filosófica que la propia historia. Sus enseñanzas son sutiles y reveladoras. Nos muestra la manera de captar la verdad, a veces escondida, a veces ignorada, pero siempre presente en el fondo de nuestro ser. Los grandes poetas, con su lenguaje artístico, esencial, nos recuerdan, de forma siempre nueva, esa imperecedera verdad. Y no puede decirse que el poeta busca la novedad porque -como afirmaba Ortega- lo que hace es crearla.

El galardón que hoy recae sobre el poeta Luis Rosales es también un galardón concedido a la poesía misma y, por lo tanto, a los hombres todos, porque desgraciado del hombre que no siente en lo más hondo de su ser un latido poético.

La poesía es un camino de libertad.

Y ese es uno de los grandes mensajes del Quijote, la obra cumbre de nuestra literatura, de la que Luis Rosales es devoto lector y discípulo fiel.

Ser poeta -se dijo- es fácil o imposible. Y «hacerse poeta -en frase de Cervantes- es una enfermedad incurable y pegadiza».

Que el poeta a quien hoy entregamos este merecido premio siga padeciendo esta enfermedad y la haga lo más contagiosa posible. Para él, para el jurado que ha tenido el acierto de concedérselo, para cuantos estáis aquí presentes y contribuís a dar solemnidad a este acto, que constituye ya un jalón tradicional en el avance de nuestra cultura, mi enhorabuena y mi agradecimiento.

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