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Palabras de Su Majestad el Rey al Parlamento Británico

Reino Unido(Londres), 23.04.1986

L

ord Canciller, señor Speaker, Primer Ministro, señores Pares del Reino, miembros de la Cámara de los Comunes, señoras y señores, al agradecer vuestras palabras de bienvenida quiero subrayar de manera especial la importancia de este solemne acto.

Por primera vez, el Rey de España se dirige a los miembros del Parlamento británico en un acto cuya significación ante la historia es patente.Esta acogida que me dispensáis rebasa el marco estrictamente protocolario y asegura la apertura de nuevos horizontes en las relaciones entre España y Reino Unido, que la invitación de Su Majestad la Reina ha venido a subrayar de manera muy especial.

La considero, por tanto, no sólo un gesto de hospitalidad y cortesía del pueblo británico al que representáis, sino y sobre todo, una manifestación de amistad que, a través de mi persona, dirigís al pueblo español.

La geografía y la historia, han hecho que España y la Gran Bretaña hayan caminado en la misma dirección por el largo y complejo camino del devenir de Europa y del mundo, unas veces enfrentados y otras aliados.

Desde los tiempos lejanos en que don Enrique de Trastamara y el Príncipe Negro sellaran la amistad y la alianza de nuestros dos pueblos hasta el matrimonio de mi augusto abuelo, el Rey Alfonso XIII, con la Princesa Ena de Battemberg, los azares de la historia han hecho que, en ocasiones España e Inglaterra se enfrentaran en búsqueda de la supremacía mundial, y otras veces, como ocurre ahora en el marco de la Comunidad Europea, marchen juntas buscando los mismos objetivos de democracia, libertad, justicia y paz.

Nombres como los de Isabel, Constanza y Leonor de Castilla marcaron el camino de la amistad y el entendimiento.

También en el caso de otras alianzas matrimoniales entre nuestros pueblos, Gran Bretaña ha demostrado ser un país que sabe aceptar íntegramente su historia. Prueba de ello son las efigies de Catalina de Aragón y del Rey Felipe, expuestas en una sala de este Palacio.

El protagonismo histórico de España antecedió al de Inglaterra, posiblemente porque -terminada la empresa secular de la reconquista del territorio nacional de 1492- España se sentía obligada a dar continuidad a su esfuerzo histórico. Por ello, y con el apoyo decidido de los Reyes Católicos, España se lanzó al mar desconocido para descubrir lo que, con propiedad absoluta, recibiría el nombre de nuevo mundo.

Nuestros países se han ido formando por la conjunción de tres elementos: dos de ellos comunes (el sedimento de la civilización romana y la inmigración germánica) y uno específico de cada país (unas razas, relativamente autóctonas). Sobre estos y otros elementos básicos se ha ido formando a lo largo de los siglos nuestra historia y la de nuestras relaciones, que pasarían por épocas de acercamiento y de distanciamiento, configurando en definitiva, la historia de Europa.

«Con todos guerra, paz con Inglaterra» fue una divisa que guió a los reyes de la Casa de Austria.

Pero la historia hizo que nuestras naciones pasasen por la prueba del enfrentamiento, uno de cuyos resultados aún sigue presente como una sombra oscura en el camino de dos naciones a las que todo llama a entenderse.

Cierto es que con el Acuerdo de Bruselas de 1984, se ha dado un paso adelante en la solución del viejo contencioso de Gibraltar, pero todavía queda mucho por andar. Confío en que nuestros gobiernos sabrán estar a la altura de la historia para encontrar aquellas fórmulas que permitan transformar esta sombra en un elemento de concordia para la más amplia cooperación entre ambos países y para bien de todas las partes interesadas y del futuro de Europa.

Recuerdo que, en mis años de estudiante en la Universidad de Madrid, los tratadistas de derecho constitucional solían referirse a este parlamento dándole el título honroso de madre de los parlamentos.

No es mi intención, de ningún modo, restar nada a esta alabanza. Simplemente quiero dedicar un recuerdo a un ilustre especialista británico de derecho constitucional, Lord Acton, quien se refería a las antiguas «Cortes» de Lérida como el primer caso en Europa en que el Monarca debía obtener la conformidad de los ciudadanos representados en aquellas Cortes para poder aumentar los impuestos que exigía las constantes empresas guerreras de la Reconquista.

El actual sistema jurídico-político de España está basado en la Constitución, aprobada por las Cortes Generales, ratificada por el pueblo español en las urnas y sancionada por mí el 27 de diciembre de 1978. Esta norma fundamental de la organización política de España reanuda la tradición política y constitucional que se iniciara en los albores del siglo pasado, con la Constitución de 1812. España está constituida como un Estado social y democrático de derecho que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político.

La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado. Queda así, pues, España constituida como una monarquía parlamentaria de la que nadie debe sentirse excluido y a la que convoqué a todos los españoles sin excepción el día en que asumí la Jefatura del Estado.

La Corona es garantía de la continuidad constitucional y, por ello, hace poco más de dos meses, Su Alteza Real el Príncipe de Asturias, Heredero de la Corona, en solemne ceremonia celebrada ante los miembros de las Cortes Generales, prestó juramento de fidelidad a la Constitución como continuidad dinástica y como reafirmación del compromiso de la Corona con los valores democráticos contenidos en la Constitución.

Durante los diez años transcurridos desde que accedí al trono de España, he considerado como fin permanente de mi actuación el afianzamiento de la unidad, la libertad y la concordia de los españoles, sirviendo con todas mis fuerzas al proyecto constitucional en que se basa el orden jurídico de nuestra vida pública.

Puedo decir, con orgullo y satisfacción, que en un período tan breve históricamente, se ha establecido, sin rupturas ni discordias, sin exclusiones ni descalificaciones, un orden de libertad, convivencia y diálogo; de autoridad legítima y de afirmación del pluralismo, que nos permite avanzar cada día por el camino de la libertad y de la paz.

En mi primer discurso a la nación convoqué a todos quienes se sintieran con fuerzas para compartir ese ideal, señalando claramente que «si permanecemos unidos, habremos ganado el futuro».

Cada día los hombres y mujeres de España avanzan por el sendero de la paz y de la esperanza y ninguna satisfacción o recompensa mayor puede encontrar el Rey de España que el fortalecimiento de nuestras instituciones democráticas.

España y Gran Bretaña han sido dos naciones que fueron llamadas por el destino de la historia a proyectarse muy lejos de sus fronteras, y han sabido ser fundadoras y cabezas de pueblos que aún hoy día se sienten unidos por valores comunes.

España aportó a aquel nuevo mundo, al que aún se siente indisolublemente unida, todo lo mejor que tenía. Y así, llevó a América la primera compilación legislativa sistemática de protección de los habitantes del continente mediante las Leyes de Indias, en las que todos, peninsulares y americanos, hallaban la protección de la Corona, y que sólo una deformación maliciosa e interesada hizo que Europa no apreciara todo lo que de avance social y jurídico se contenía en ellas.

También llevó España a una gran parte de América una lengua y una cultura de las que hoy en día son los propios iberoamericanos los primeros defensores por sentirse orgullosos de ellas.

España fundaba allí las Universidades de Santo Domingo y de Lima a principios del siglo XVI, y a ellas añadía teatros, como el de Puebla, el primero de América, cuando muchas ciudades europeas que se consideraban avanzadas carecían aún de estos focos de cultura.

España ve con orgullo cómo estos países han llegado hace tiempo a su mayoría de edad. Se alegra de sus éxitos y se entristece con sus dificultades. Y estará dispuesta a servir de intérprete y de valedor entre ellos y Europa siempre que para ello se nos requiera.

El primero de enero del presente año, España ha recobrado el lugar que por su historia merece en la construcción de la Europa del siglo XXI. El ambicioso proyecto que naciera a comienzos de los años cincuenta no habría estado completo sin la presencia y la aportación de España. Con ello se respondía a un sincero deseo compartido por todo el pueblo español.

El desarrollo de las negociaciones para la adhesión de España a las Comunidades Europeas figura ya en los libros de la historia, desde que, el pasado mes de junio en el Palacio Real de Madrid, se firmara el Tratado que culminaba largos años de negociaciones, no siempre fáciles.

Gran Bretaña fue en todo momento un interlocutor noble y sincero. Defendió sus intereses con tesón y con habilidad, pero los españoles siempre supimos que, por encima de la discusión de los problemas técnicos, el Gobierno británico apoyaba inequívocamente la ampliación de la Comunidad a España y a Portugal.

No cabe decir que España ha «entrado» en Europa. La historia y la geografía harían mentir a quien afirmase esto. España nunca ha dejado de estar en Europa. Eso sí, España, ha «entrado» en una organización que puede, y debe significar un paso trascendental en el avance social, político, económico y cultural de esa Europa que deseamos.

Ahora, dentro de las Comunidades Europeas, tendremos la ocasión de enriquecer y aumentar el entramado de nuestras relaciones bilaterales, que es uno de los más apretados en Europa.

Nuestros intercambios comerciales son extraordinariamente importantes y baste con citar algunos datos:

- Las exportaciones británicas a España en 1984 sobrepasaron el nueve por ciento del total de vuestras ventas al extranjero: el Reino Unido es actualmente el cuarto proveedor de la economía española y también el cuarto mercado de nuestras exportaciones. En aquel año Gran Bretaña fue el quinto inversor de capitales en España y el cuarto país de destino de las inversiones españolas.

- En el campo de la tecnología se está trabajando en fijar los medios para una mayor cooperación bilateral. En el marco del programa Eureka, se ha aprobado ya un proyecto hispano-británico en biotecnología y se está negociando la participación española en otro proyecto sobre rayos láser.

- Las relaciones culturales son intensas pero pueden desarrollarse aún más especialmente en lo que se refiere a la enseñanza del idioma español.

- En el marco laboral y de relaciones humanas, quiero hacer una referencia especial y rendir un homenaje de admiración y afecto desde este histórico lugar a los miles de españoles que viven y trabajan en este país, aportando sus mejores esfuerzos al desarrollo y al bienestar de la sociedad en la que conviven.

- Y no puedo dejar de mencionar, como otra prueba de la importancia de estas relaciones humanas, a los más de cuarenta mil británicos que residen en España y a los cinco o seis millones de nacionales de vuestro país, que cada año visitan el mío, lo conocen y lo aprecian.

Estos datos son un breve indicador de las circunstancias que nos unen y que llaman a que pronto desaparezca el único problema que nos separa.

España ha sido siempre, ha estado hecha de sustancias europeas desde su nacimiento. Se ha dicho que los demás países europeos son europeos simplemente porque lo son y no pueden ser otra cosa. Pero España es europea porque, contra toda razón aparente, quiso seguir siéndolo Y no perdió su condición latina y cristiana. España ha estado presente en todas las empresas de Europa y se propone seguir estándolo.

Somos plenamente conscientes de las dificultades que encontraremos en el camino y de que nos ha cabido vivir una época en que todos los valores son puestos continuamente en tela de juicio.

Avanzar por el camino que lleva a Europa desde el siglo XX al siglo XXI no significa, sin embargo, que debamos renunciar a nuestra propia personalidad. Pero igual que dentro de cada nación los individuos deben someter su bien personal al bien general, las naciones de la Comunidad Europea deberán tener la generosidad de saber buscar el mayor bien del conjunto y avanzar por esta vía con decisión y entusiasmo.

Uno de nuestros más ilustres filósofos contemporáneos, José Ortega y Gasset, decía que la unidad de Europa no es una fantasía, sino que es la realidad misma y que la fantasía es, precisamente «lo otro».

Europa ha sufrido dos veces en menos de medio siglo el desgarro de la guerra, el sufrimiento de la muerte y el odio, la ruina de la destrucción material. Por ello, sólo la voluntad de construir una gran Europa con el grupo de los pueblos que se integran en la Comunidad puede hacer latir con brío el pulso de nuestro continente y hacer que Europa vuelva a creer en sí misma.A esta misión estamos convocados.

Muchas gracias.

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