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Palabras de Su Majestad el Rey a los participantes en la V Conferencia Iberoamericana de Comisiones del V Centenario del Descubrimiento

San Juan de Puerto Rico, 26.05.1987

S

eñor Gobernador, señor Presidente del Senado de Puerto Rico y de la Comisión puertorriqueña del V Centenario, señores Presidentes, señoras y señores, quiero saludar con especial afecto a los representantes de más de una veintena de países reunidos en la V Conferencia Iberoamericana de Comisiones para la Conmemoración del V Centenario del Descubrimiento de América-Encuentro de Dos Mundos.

Tengo la satisfacción de dirigirme por vez primera a esta Conferencia en un lugar tan querido para la Reina y para mí, como es esta ciudad de San Juan, que con tanta emoción visitamos.

Puerto Rico ha sido tradicionalmente tierra de asilo, habiendo acogido siempre con generosidad a cuantos hombres y mujeres han tenido necesidad de buscar refugio en ella.

Algunos eximios compatriotas míos, como Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí, Pau Casals o Pedro Salinas, impelidos por circunstancias trágicas a dejar su país, han encontrado en esta tierra maravillosa, afecto, hospitalidad y trabajo.

Es, pues, éste un lugar especialmente oportuno para reafirmar el espíritu de peregrinación que, desde mi primer viaje al exterior como Rey de España, señalé como necesario para todo aquel que se propusiese una reflexión serena para profundizar en sus propias raíces.

Vuestros objetivos en esta V Conferencia son complejos y numerosos. Vais a realizar el seguimiento de los trabajos nacionales y multilaterales que os habéis propuesto desarrollar. La lectura de vuestro programa provoca una primera seguridad, la de que vuestros trabajos, ya en la recta final que nos lleva a 1992, se van perfilando de una manera cada vez más nítida.

Tenéis en vuestras manos la facultad y la responsabilidad de encontrar, sistematizar y potenciar los recursos humanos y materiales que hagan que la conmemoración en ciernes no pueda ser tachada de un mero ejercicio de autocomplacencia.

Nuestro esfuerzo debe redundar fundamentalmente en beneficio de las aspiraciones de cooperación y desarrollo para nuestros pueblos, sirviendo para tender una mano fraternal hacia el entendimiento entre todos los hombres y todas las naciones.

Por este motivo, debemos tener muy claro qué es lo que pretendemos conmemorar, cómo queremos hacerlo y cuáles son los resultados en los que podremos reconocer nuestros afanes.

Están a punto de cumplirse cinco siglos desde que se hiciera posible esa gran aventura del descubrimiento, aquel doble viaje -de ida y vuelta- que puso en relación a Europa con América, al viejo con el nuevo mundo. Así como debe subrayarse el mérito esencial de esa doble viaje del almirante de Castilla, Cristóbal Colón -a quien cupo traer al viejo mundo la trascendental buena nueva-, debe también ahora reflexionarse, pausada y hondamente, sobre la significación de los contactos seculares que ese viaje posibilitó.

Vamos a conmemorar una historia común de cinco siglos. En 1492, se cerró la etapa del desconocimiento entre las culturas americanas y europeas, dando lugar al inicio de un conocimiento recíproco.

Esa fecha marca, asimismo, el comienzo de una nueva fase en la historia de la humanidad: a partir de entonces es cuando puede hablarse de un mundo único, morada de todos los hombres. Empezaba así la era moderna.

El Rey de España no puede ignorar que aquellos españoles que dejaron su impronta en la historia de América tuvieron actitudes personales muy variadas, reprobables unas y ensalzables otras. Ahora bien, todos ellos estaban inspirados en un mismo afán, el construir en estas tierras de América una sociedad política nueva, integradora de las diversas comunidades y no simplemente de reproducir en este lado del Atlántico las pautas de vida de sus tierras de origen.

Por ello se ha dicho, con acierto, que ese proceso encuentra su continuación en todo esfuerzo que lleve a la comprensión y el acercamiento recíprocos entre España y América. La influencia venida de América alteró la realidad profunda de España, al punto de que los españoles incorporamos la idea de la comunidad iberoamericana de naciones como algo consustancial a nuestro ser nacional. Me atrevo a decir que esa sensación es también vivida con intensidad por los pueblos surgidos de nuestra larga convivencia en estas tierras.

Pienso que, hoy, unos y otros perseguimos el mismo objetivo, de cara a 1992 y más allá: cómo hacer que nuestra comunidad se inserte de una manera más decidida y más activa en la realidad internacional de nuestro tiempo.

Partiendo de esta convicción central, hay que plantearse cómo hemos de instrumentarla. Vuestros programas y trabajos son ya, por sí solos, un prometedor indicio que nos advierte cómo no hay ningún ámbito de la creación humanística o tecnológica, que pueda permanecer ajeno a esta empresa común.

A ello hay que añadir que todos esos esfuerzos deberían permitir un avance decisivo en la erradicación de ignorancias, carencias e injusticias, que son la causa última del fantasma de los enfrentamientos que, bajo diversas formas y en demasiados momentos, han venido azotando la vida de la comunidad iberoamericana.

En este orden de cosas, no puede el Rey de España olvidar que en 1989, tres años antes del 92, se cumplirán cincuenta años del comienzo de una especial forma de relación entre los países iberoamericanos y España. Es cierto que ya antes hubo exilio en nuestra historia. Baste recordar a judíos, musulmanes, heterodoxos o jesuitas. Pero hago énfasis ahora en esa dilatada experiencia conocida con el nombre de «exilio español de la postguerra».

Para mal y para bien, sus circunstancias marcaron una nueva forma de conocimiento mutuo y en definitiva, de aproximación entre nuestros pueblos. América se convierte así, además de punto de referencia, en tierra de asilo que merece nuestra gratitud y reconocimiento. La conciencia del provecho recíproco entre los que llegaban y los que les recibía, así como la de su influjo en las generaciones posteriores a ellos, constituye una singular experiencia de lo mucho que podemos hacer juntos.

El desafío que a cada uno de nuestros Estados se le presenta para alcanzar un orden social, justo y democrático, puede ser ahora recogido con la confianza de poseer, en el archivo de nuestras tradiciones más vivas, recursos que permitan a cada una de nuestras naciones encontrar su propia vía hacia esas formas de convivencia. No habrá mejor manera de celebrar el V Centenario del descubrimiento que logrando que todos los integrantes de nuestra comunidad iberoamericana convivamos libre y pacíficamente.

Estoy seguro, al dirigiros la palabra por primera vez en una de vuestras reuniones, que sois plenamente solidarios de estas convicciones y que sabréis actualizarlas en los múltiples espacios concretos a los que se dirigen vuestros programas.

Hoy podéis tener la certeza de estar trabajando con razones y no con pasiones, con opiniones y no con dogmas; en suma, con una tenacidad ilusionada. Todo ello debe llevaros a encontrar fórmulas de ensamblaje para la personalidad propia de cada estirpe cultural y cada configuración histórica, que permitan que los pueblos de la comunidad iberoamericana se sigan reencontrando y comprendiendo a diario, en una tarea que, por ser de todos, a todos implica y a todos pertenece.

Muchas gracias.

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