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Palabras de Su Majestad el Rey a la comunidad académica en las bodas de plata de la promoción de Derecho 1957-1962 de la Universidad Complutense

Madrid, 17.10.1987

Q

ueridos compañeros, si siempre es grato el reencuentro con quienes compartimos momentos importantes y significativos de nuestras vidas, hoy ese sentimiento adquiere mayor intensidad porque se vincula a recuerdos, hechos y afectos que se desarrollaron en nuestra juventud y en un ámbito tan importante y grato como es el de la universidad.         En ella nació un diálogo entre nosotros que permanece y ha de permanecer durante toda nuestra existencia.

Y estoy seguro de que la emoción que ahora sentimos se justifica plenamente porque cuantos estamos aquí hemos tenido, hace años, la oportunidad de sentirnos unidos y de contar con maestros que nos ayudaron profundamente en nuestra formación para que, cada uno en nuestro trabajo, en nuestra actividad o en nuestra misión, hayamos podido servir mejor a España.

Tengo el convencimiento, que se reaviva hoy, de que la universidad modela y orienta en su seno, de manera indeleble, la conducta del futuro y permite a los ciudadanos devolver a la sociedad los depósitos de tradición, humanismo, disciplina intelectual y moral cívica que recibieron en las aulas para hacer posible la convivencia civilizada y el progreso.

La universidad dio a nuestra generación -da a las distintas generaciones- su mejor mensaje y estamos todavía por suerte en trance de proyectarlo, enriquecido con la experiencia, para que sirva también de levadura a nuestros hijos.

No es esta la ocasión -cargada por la amistad que se enternece y estrecha con los recuerdos- de convertir en una reunión discursiva lo que constituye una efemérides personal inolvidable para nosotros.

Pero sí quisiera indicar, en nombre de los compañeros aquí presentes, y al filo de la comparecencia de las autoridades académicas que nos acompañan, que universidad y sociedad no pueden caminar aisladas y paralelas, sin encontrarse ni fundirse. Muy al contrario, constituyen mundos que se complementan, que se continúan, que se amplían mutuamente y han de buscar un diálogo constante.

Cuando se produce la decadencia de las sociedades, tiene orígenes y consecuencias diversas; pero la solución a sus crisis, para ser plena y positiva, tiene que pasar siempre por la universidad.

El diálogo entre sociedad y universidad marca el ritmo del progreso en cada etapa de la historia. Por eso, hemos de rendir los mayores esfuerzos para que la universidad sea siempre alumbradora de vocaciones, maestra generosa y universal, escuela de hombres íntegros que puedan trabajar por su patria y por su tiempo.

Por estas razones, la sociedad mira siempre, alimentando sus expectativas de futuro, a la universidad. Y, en consecuencia, adquiere especial importancia la ilusión y exigencia con que se plantean los problemas universitarios.

No podremos alcanzar la modernidad si las instituciones universitarias, libre y democráticamente organizadas, no cuentan con el apoyo constante de la sociedad y del Estado. Con la perspectiva de esa tarea, miramos al pasado desde un presente cargado de posibilidades. Nosotros, que un día nos sentamos en los bancos de la entrañable Facultad de Derecho madrileña, trabajamos desde entonces cada uno en la medida de sus posibilidades, por un futuro que diera solución a convulsiones e inquietudes históricas. Estos ideales, consagrados en nuestra democracia, deben ser potenciados cada día en las aulas. Nuestros hijos viven en una España que avanza con una universidad abierta, plural e integradora.

El crecimiento de la población estudiantil debe servir de acicate para que la universidad no disminuya su capacidad para formar a los jóvenes con rigor y altura de miras, al nivel exigido por unos tiempos que necesitan más que nunca reforzar los ideales de la cultura y de la ciencia.

Se me agolpan en la memoria y en el corazón, junto con estas modestas reflexiones, multitud de anécdotas, horas vividas en compañerismo y amistad, diálogos cruzados y esperanzas que nos unieron para siempre.

Con cada uno de vosotros tengo una deuda de afecto contraída a lo largo de aquellas enseñanzas que me aproximaron seriamente a la realidad nacional y a sus necesidades.

Aprendimos juntos, hace veinticinco años, a la vez que otras muchas, una lección fundamental: la de que el mejor esfuerzo del hombre es la dedicación con la que sirve a sus semejantes y a su pueblo.

Esa lección, ya fuera de las aulas, a lo largo de los años transcurridos, nos ha unido y nos ha mantenido juntos, donde quiera que hayamos estado en cada momento, en la satisfacción por el deber cumplido.

A los españoles que nos suceden en la universidad, a las generaciones jóvenes, a nuestros hijos, queremos proyectar de nuevo, en el presente, el sentimiento de que se sientan responsables como nos sucedió a nosotros, de su futuro.

Un recuerdo cordial a todos. A los aquí presentes y a los que se han ido para siempre de nuestro lado. Ellos siguen vivos en nuestra memoria y hoy les ofrecemos el homenaje de nuestra emoción.

Pero la alegría universitaria, el gaudeamus igitur permanece cálida y vibrante en nuestra alma. Ha pasado el tiempo y, sin embargo, conservamos la juventud permanente que proporciona el haber cumplido cada día la profunda enseñanza de la universidad: ser hombres en la tarea bien hecha.Hago votos porque así sea siempre. Por una universidad pujante, armoniosa, alentadora de energías, a la que nuestros hijos acudan para aprender a luchar, en paz y libertad, por un mundo mejor.

Esa es la mayor recompensa para nuestra generación. La ilusión que nos ha hecho alumnos permanentes de la pasión por España.

Muchas gracias.

Se levanta la sesión.

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