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Palabras de Su Majestad el Rey a los participantes en la Campaña Norte-Sur patrocinada por el Consejo de Europa

Madrid, 16.11.1987

L

a historia de la humanidad es la de una larga y azarosa búsqueda: la que tiene su motivo y su inspiración en el ansia íntima de cada hombre por comprender las raíces de sí mismo y los fundamentos y explicaciones de su entorno.

El devenir de los pueblos y las naciones a lo largo de miles de años no es sino el resultado de los fracasos y aciertos que han jalonado esta inmensa aventura. En esta empresa, siempre ha sido garantía de éxito la certeza del encuentro con uno mismo en el conocimiento del otro.

La interdependencia, tema central de esta Campaña patrocinada por el Consejo de Europa, no es pues un descubrimiento reciente, sino, esencialmente, una de las claves de la existencia humana. Del mismo modo que el individuo está llamado a compartir sus dudas, sus esperanzas y sus ideas, cada nación -expresión colectiva y mancomunada de las aspiraciones de miles de individuos- no puede avanzar hacia un futuro mejor sino en comunicación y colaboración con las demás naciones, porque el signo de su historia está determinado por su aportación al destino común de la humanidad.

Nuestro viejo continente ha sido uno de los artífices en esta labor de progreso y acercamiento entre los hombres y los pueblos. Desde hace siglos los europeos comprenden que su destino rebasa los límites de su región. Sin embargo, este porvenir sólo se alcanzará en todo su sentido si los europeos están a la altura de sus responsabilidades. Estas responsabilidades vienen dadas por la riqueza y diversidad de nuestra cultura, por la fertilidad y abundancia de nuestras tierras, por la laboriosidad de nuestros hombres y por la prosperidad de nuestras industrias. Europa es una tierra de hombres abiertos a su entorno y es también tierra de progreso.

Sobre estas dos vocaciones esenciales que definen la identidad europea, universalismo y vanguardia, se asientan las ideas que animan la Campaña pública que se inicia en el día de hoy.

Las últimas décadas han registrado los mayores adelantos en el campo de la cooperación en todos los sectores. Esta creciente conciencia por parte de todos del hecho fundamental de la interdependencia y de la exigencia de solidaridad para afrontar los graves problemas que nos amenazan es la única actitud posible en un mundo en el que el comercio, los transportes y las comunicaciones han relativizado el valor de las fronteras y han ensanchado los horizontes de todos los hombres y todas las naciones. No puede haber inquietudes y esperanzas de unos y otros, sino problemas de la humanidad en su conjunto.

En este marco las relaciones entre los grupos humanos no pueden ni deben ser entendidas con los esquemas deterministas e introvertidos del pasado. En nuestro mundo interdependiente la cooperación en la búsqueda de soluciones eficaces a problemas compartidos no es, pues, un deber que se cifra únicamente en el ámbito de la conciencia de cada uno. Rebasa la dimensión de lo moral y se convierte, fundamentalmente, en una exigencia de la razón, en un imperativo de la inteligencia.

El mundo de hoy está determinado por la existencia de enormes e injustos desequilibrios en la distribución de la riqueza entre distintas regiones, con un predominio aplastante, en términos absolutos, de situaciones de miseria, hambre, injusticia y marginación.

El derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad que proclama la Declaración Universal de los Derechos Humanos, cuyo XL Aniversario celebramos en 1988, está gravemente comprometido para millones de personas que no tienen asegurada la satisfacción diaria de sus necesidades más elementales y que viven en regiones castigadas por la adversidad y por la naturaleza, o en contextos macroeconómicos con gravísimas deficiencias estructurales. Esta no es la situación de una minoría, sino la de dos terceras partes de la humanidad.

Las raíces y los efectos de esta situación pueden ser apreciados en los más diversos sectores. El comercio internacional sigue creciendo poco y de manera desigual, entorpecido por tensiones de todo tipo, resultado, a su vez, de fuertes desequilibrios estructurales. La expansión y liberalización de los intercambios y la reducción de las tendencias proteccionistas no pueden sino favorecer una mayor solidaridad entre las naciones y asegurar la prosperidad de todos.

En lo que se refiere a la agricultura, la dimensión comercial resulta especialmente trascendente en un mercado mundial conflictivo y necesitado de una profunda reorganización que tenga en cuenta los legítimos intereses de todos. Por lo que respecta a la dimensión estructural, los avances tecnológicos más recientes proyectan una luz de esperanza sobre la productividad futura de los países en desarrollo, que deben aspirar a niveles adecuados de autosuficiencia alimentaria.

Especialmente graves son los acuciantes problemas de financiación que atraviesan la mayoría de los países en desarrollo. La ausencia de soluciones originales y solidarias que rompan el círculo vicioso de la deuda externa puede producir consecuencias que alcancen a deudores y acreedores con igual intensidad. Tanto la crítica situación económica de Africa, como el grave endeudamiento de muchas naciones, exigen la corrección de estos desequilibrios.

No podemos soslayar la íntima relación que se da entre este problema y las tendencias a largo y medio plazo de la ayuda oficial al desarrollo. En los foros competentes se viene manifestando desde hace tiempo la preocupación por mejorar la calidad de esta ayuda y por asegurar la necesaria coordinación entre los diferentes esfuerzos. Esta tarea, junto con el aumento paulatino, en la medida de las posibilidades de cada país, de las cantidades destinadas a estos fines, deben ser objetivo prioritario de la comunidad internacional.

La persistencia de altos niveles de subempleo y desempleo, tragedia social bien conocida en nuestros países, debe ser, asimismo, objeto de especial atención, de manera que seamos capaces de encontrar una mayor justicia social en nuestros sistemas económicos.

La acción de los Estados y de las instituciones internacionales ha tomado conciencia de estos hechos y las iniciativas de cooperación y asistencia son cada vez más numerosas. En nuestro mundo, tan interdependiente, los problemas del orden económico existente imponen el estudio y la búsqueda de soluciones en el marco multilateral.

La Campaña que hoy comienza tiene como objeto despertar la conciencia de los europeos sobre estos hechos: sobre la interdependencia, designio humano intemporal y permanente y, a la vez, realidad distintiva de nuestro tiempo, y sobre la solidaridad, premisa indispensable para la esperanza de un futuro mejor para todos.

Llegado el momento en que la mente humana alcanza en su conocimiento los confines más alejados del firmamento y las formas más irreductibles de la materia, la construcción de un mundo solidario, justo, próspero y libre es una tarea siempre pendiente y siempre mejorable que a todos concierne.

Esta Campaña se inspira en esa noción de responsabilidad común y coparticipación solidaria. Prueba de tal inspiración es la presencia en el Patronato de Honor que presido de estadistas y personalidades de la cultura y de la vida política de diversos países que han aportado generosamente su prestigio y su ejemplo a esta causa.

En nombre de este grupo de personas que se han destacado por su entrega sin reservas al servicio del bien común, quiero hacer desde aquí una llamada al entusiasmo y a la responsabilidad de los dirigentes políticos, de los medios de comunicación, de las organizaciones no gubernamentales y de todos los ciudadanos e instituciones, para que sumen sus esfuerzos a los de quienes ya están trabajando por el éxito de esta Campaña.

En este empeño, que alcanza a gobiernos, a organizaciones privadas y a la sociedad en su conjunto, los beneficiarios hemos de ser todos, pues la solidaridad y el compromiso creciente de quienes mucho tienen siembran esperanzas trascendentes para el futuro de la humanidad entera.

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