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Palabras de Su Majestad el Rey a la comunidad academica en la Academia de Ciencias Morales y Políticas de Francia

París, 07.12.1988

S

eñor Presidente de la República, queridos colegas, señoras, señores, en el momento en que me integro entre vosotros como miembro asociado de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, dejadme primero que os exprese la alegría, teñida de emoción y de agradecimiento que me produce el honor que con ello se me hace.

El Instituto de Francia, del que formáis parte, es, en efecto, una creación original que ha servido de ejemplo en todo el mundo por la diversidad de su composición, por la amplitud de sus trabajos y por la nobleza de sus fines.

En el conjunto de las instituciones que lo integran, tenéis una personalidad que os es propia.

Señor Secretario perpetuo; «Ciencias Morales y Políticas», usted mismo lo ha recordado en su día, son palabras «vagas y seductoras» que pueden tomar un «sentido explosivo».

Si Bonaparte suprimió vuestro estamento en 1803, fue realmente, según sus propias palabras, para excluir la idea de que pudiera ejercerse libremente una flexión sobre los temas que son de vuestra competencia.

Libertad de investigación y de pensamiento, observación de la política fuera de todo espíritu partidista: tales son las cualidades que distinguen las actividades de vuestra Academia, desde que fue restablecida en 1832, bajo la Monarquía de Julio y a iniciativa de Guizot.Tales son las cualidades que os honran y que nos obligan, inspirando nuestra acción.

Aquí mismo, pronto hará seis años, Jorge Luis Borges os decía, con sencillez y modestia -virtudes ambas que constituyen la cortesía del genio- cuál era para él el misterio de la literatura.

Os hablaba del extraño proyecto de todo escritor, el de transformar los sentimientos, las ideas, en mitos, en fábulas, en cadencias.Os decía que, si los astros son propicios el sueño del escritor toma cuerpo, se realiza.

España, no sólo sus escritores, la España de los ciudadanos, toda ella envuelta por ese movimiento profundo, a veces difícil de medir, sueña hoy.

Sueña salir, definitivamente del aislacionismo, dejar de encerrarse sobre sí misma. Sueña despertarse para siempre del sueño de la razón, enraizar su futuro en el campo de las libertades y de los derechos del hombre, en el espacio democrático, donde se dirimen los acuerdos y los conflictos inherentes a toda sociedad pluralista.

Puesto que la democracia es el único sistema político que puede alimentarse y crecer con sus propios conflictos, en el respeto del Estado de derecho y del interés general.

Este sueño de España tiene un nombre; el del proyecto europeo.

Este sueño es la realidad de la construcción de una Europa unida.

Y España sueña este sueño europeo en la lengua de Cervantes y de Borges, de San Juan de la Cruz y de Octavio Paz.

El azar histórico -el azar gusta de adornarse con las oriflamas del destino- hace que España llegue en el mismo año, en 1992, a la conmemoración del V Centenario del descubrimiento de América y a la definitiva integración en la Comunidad Europea.

Llegará, pues, simultáneamente, a la posibilidad de dominar su pasado (pacificándolo por medio de la reflexión crítica, por el reencuentro con los países nacidos de la colonización en una comunidad de lengua y de historia) y de dominar su futuro, ligado al del conjunto europeo, mansión común de nuestros pueblos y de nuestras culturas, en la medida, y sólo en ella, en que es hogar de libertades.

Entre todos los hombres ilustres que han formado parte de vuestra Academia, parece oportuno, tal vez, incluso, indispensable, evocar hoy la figura de Alexis de Tocqueville.

Elegido miembro de vuestra Academia en 1938, seis años después del restablecimiento de la Academia de Ciencias Morales y Políticas bajo Luis Felipe, es sin duda Tocqueville uno de los pensadores que, a pesar del tiempo transcurrido y de la transformación histórica y social que se ha producido, mejor nos ayuda a comprender el mundo actual.

En los debates suscitados por la conmemoración del bicentenario de la proclamación de los derechos del hombre -conmemoración que tendrá lugar el año próximo, durante el cual nuestros dos países presidirán sucesivamente la Comunidad Europea- el pensamiento de Tocqueville no podrá por menos de incitarnos al rigor y a la audacia de la imaginación conceptual, al rechazo de cualquier demagogia intelectual.

El 2 de marzo de 1843, con motivo de una discusión en el parlamento sobre la política exterior francesa, y más concretamente sobre los aspectos españoles de dicha política, Tocqueville pronunció un discurso a lo largo del cual insiste constantemente en «el interés inmenso que tenemos» -son palabras de Tocqueville- «en la amistad con España».

Queridos colegas, puedo aseguraros que el deseo de Alexis de Tocqueville se ha realizado; contáis con la amistad de España.

Con vosotros, con el presidente de la República francesa, trabajaremos unidos por el porvenir de nuestra amistad.

Por el porvenir de la Europa de las libertades.

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