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Palabras de Su Majestad el Rey al Ayuntamiento de Roma y a los romanos

Italia(Roma), 06.05.1988

S

eñor Alcalde, señores Concejales, sería feliz si lograra transmitiros la densidad de mis sentimientos en este momento. Todos ustedes pueden comprender que este acto para mí está cargado de una muy honda significación.

Nos encontramos en un marco único: en el centro de la Colina Sagrada de Roma -el Capitolio, Caput Mundi- donde todo es paso y peso de la historia y donde cada piedra está trabajada por el máximo esplendor del arte.

Aquí se coronaba a los poetas y a los guerreros y aquí también se coronó en 1957 la partida de nacimiento contemporáneo de una Europa unida y solidaria, con la firma del Tratado de Roma.

Y aquí quiero daros unas emocionadas gracias, por haberos acordado de un español nacido en Parioli, en circunstancias dramáticas para mi patria; un español, cuyo abuelo, el Rey Alfonso XIII, fue acogido en esta hospitalaria ciudad los últimos años de su vida y en ella descansó para siempre; un español, cuyos padres contrajeron matrimonio en la romana iglesia de Santa María de los Angeles, en la que Miguel Angel, al igual que en el Capitolio, dejó la huella de su genio. Las imágenes de las casas, calles y parques de Roma fueron las primeras que se grabaron en mi retina, como siguen grabadas en mí la simpatía, generosidad, cordialidad y sentido de la amistad de sus gentes. En esta ciudad, hablando indistintamente italiano y español, tienen cita los mejores recuerdos de mi infancia, convividos con familiares y amigos, algunos de los cuales tengo la satisfacción de que estén junto a mí en estos momentos.

Por todo ello, señor Alcalde y señores representantes del Ayuntamiento de Roma, deseo agradecerles con sencilla y entrañable emoción el noble gesto de haberme concedido la ciudadanía de honor, que acreditan esta Medalla de Oro con la efigie del emperador Marco Aurelio y las palabras grabadas en este pergamino. En justa correspondencia, puedo prometeros que llevaré siempre este título como un alto honor y con profundo agradecimiento.

La vinculación de mi país a Roma está ya en sus raíces históricas. De Roma recibimos su tejido espiritual -derecho, lengua, organización política y administrativa, artes- y su tejido externo, caminos, acueductos, puentes, termas...

Roma nos legó, a su vez, el marco espacial de nuestra civilización: las urbes, como lugares privilegiados de convivencia colectiva.

El año pasado tuvimos la Reina y yo el honor de recibir al Presidente de la República italiana -cuya presencia agradecemos muy particularmente- con ocasión de la inauguración de las nuevas instalaciones del Museo Romano de Mérida, espléndido testimonio, entre otros, de la romanización de Hispania a lo largo de ocho siglos. Este dilatado período en que también Hispania contribuyó con sus hombres a la grandeza de Roma y a su legado universal. Básteme recordar aquí la elevación moral del estoicismo de Séneca; el genio militar y organizador de Trajano; la visión del poder como protector de la cultura de Adriano; la ciencia de la retórica de Quintiliano; el sentido de la crítica en la afilada pluma de Marcial; la contribución al progreso agrario de Columela; el testimonio de la fe de San Lorenzo. De la ciudad eterna nos llegó también el cristianismo y el concepto del Mediterráneo como mare nostrum, que fue la base de nuestra civilización común.

Todos estos conceptos no son una mera evocación del pasado, sino que dan sentido a nuestra realidad y se proyectan hacia el futuro. Roma nos dejó como herencia la comprensión de lo que significa la integración de los pueblos en una tarea común: construir una iuris humani societas en palabras de Séneca. Este legado se renueva hoy ante una cita importante: en 1992 doce países de nuestra Europa derribarán sus aduanas y se intercambiarán libre y abiertamente ciudadanos, empresas y servicios. Pero para que este empeño se realice plenamente, el ciudadano europeo no deberá olvidar el espíritu de convivencia que le ha sido transmitido desde la misma entraña de sus municipios. La vertebración de la Europa de los ciudadanos pasa por la Europa de los municipios.

Existe otro gran acontecimiento histórico que celebraremos en 1992: el V Centenario del encuentro entre occidente y América, en virtud de los descubrimientos colombinos dentro de la magna empresa de la Corona de Castilla. El papel integrador de los municipios fue decisivo en América a la hora de la colonización primero y a la de la independencia después. Por ello, me permito invitar a los municipios para que participen en este fraternal encuentro que tendrá como uno de sus focos principales la Exposición Internacional de Sevilla.

Señor Alcalde, España y los españoles han tenido siempre cercana a Roma.

En Roma se inspiraron y trabajaron muchos de nuestros mejores artistas, como Velázquez y Goya. En Roma ha dejado muestras de su vinculación y amor a esta ciudad la Corona de España. Básteme recordar el Templete de Bramante, de San Pietro in Montorio, donde hoy proyecta su actividad la Academia Española de Bellas Artes. Y esa presencia viva de lo español _que quiere continuar e intensificarse_ es el mejor homenaje a una ciudad a la que Cervantes llamó Reina de las Ciudades y Señora del Mundo, y a la que, en la última de sus obras, poco antes de su muerte, dedicó un soneto, del que, como personal homenaje, permitidme que lea, aquí, en el Campidoglio, su comienzo:

«Oh grande, oh poderosa, oh sacrosantaalma ciudad de Roma, a ti me inclinodevoto, humilde y nuevo peregrinoa quien admira ver belleza tanta.»

Gracias de nuevo, señor Alcalde, señores concejales, por vuestro generoso gesto, que me ha permitido, junto con la Reina, realizar esta nueva peregrinación cívica -emocionada, devota, humilde- a la ciudad en donde tuve la dicha de venir al mundo.

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