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Palabras de Su Majestad el Rey en el Congreso Nacional de Chile

Chile(Valparaíso), 18.10.1990

S

eñor Presidente del Senado, señor Presidente de la Cámara de Diputados, señoras y señores senadores y diputados, durante muchos, demasiados años, las calles y plazas de mi país han vibrado periódicamente al grito de ¡Viva Chile libre!.

Hoy nada puede producirme más emoción, como Rey de España y representante de mi pueblo, que hacer esta proclamación aquí, en este Congreso, sede de la soberanía nacional chilena.

La Corona de España, que hoy me honro en encarnar, atribuyó a los territorios de Indias el carácter de reino, en pie de igualdad con los de la península.

Mis antepasados, monarcas de dos dinastías, amaron y cuidaron estas tierras, aún sin conocerlas, y pusieron especial celo en su gobierno y defensa, tratando al mismo tiempo siempre de mitigar los abusos de poder mediante una legislación y un sistema de rendición de cuentas sin parangón en la edad moderna. En 1976, al poco de iniciarse mi reinado, quise que mi primer viaje como Rey fuera de España tuviese por destino América. Ello no podía ser de otro modo, pues, en mi doble condición de heredero de la Monarquía hispánica y de Rey de una España moderna y democrática, debía ser consecuente con el pasado y con el futuro de mi patria.

Si tuviéramos que buscar los orígenes de esta Asamblea Legislativa ante la que hoy tengo el alto honor de comparecer, coincidiríamos probablemente en situarlos en la convocatoria para elegir un Congreso, formulada por la Junta de Gobierno salida del Cabildo abierto el 18 de septiembre de 1810.

Al hilo de los acontecimientos sucedidos en la península, invadida por tropas extranjeras y con el Estado acéfalo, el 4 de julio de 1811, en el Palacio de la Audiencia de Santiago se efectuó la solemne apertura del primer Congreso Nacional, y con ello el pueblo de Chile iniciaba sus primeros balbuceos como nación independiente. Ocho meses más tarde, se promulgaba la Constitución de Cádiz, la primera Carta Constitucional del mundo hispánico, que fue redactada todavía para «los españoles de ambos hemisferios» por aquellas Cortes con el concurso de representantes americanos, entre los que figuraban los chilenos Miguel Riesco y Joaquín Fernández de Leiva.

Vemos así cómo, aun en los momentos de ruptura, la historia de España y la de Iberoamérica se nos aparecen yuxtapuestas, de manera tal que la una resulta incomprensible sin la otra. Efectivamente, la lucha de los pueblos americanos por su emancipación se desencadena precisamente cuando los pueblos peninsulares están combatiendo por su propia independencia, y a ambas orillas del Atlántico esta afirmación de la soberanía se vincula a los postulados del liberalismo político.

Durante largo tiempo, las jóvenes repúblicas nacidas de aquella verdadera guerra civil, que culminó en los campos de Maipú y Ayacucho, no pudieron o no supieron coronar el sueño unitario de Bolívar. Fraccionadas y débiles, quedaron tan rezagadas como la propia España en el proceso de modernización que para otros países trajo la pasada centuria. Políticamente inestable y económicamente dependientes, nuestros países llegaron al siglo XX con un dramático lastre: estructuras arcaicas y sociedades con escaso dinamismo y en casi permanente convulsión institucional.

Y, sin embargo, es difícil encontrar en el mundo un grupo de naciones que pueda mostrar un mayor potencial de recursos naturales y humanos, una más variada cultura compartida y una mayor capacidad creadora. Tal es, señores parlamentarios, la paradoja de Iberoamérica y España, que hoy demandan una mayor presencia en la escena internacional como condición previa para afirmar, desde la solidaridad, su plena participación en las decisiones que afectan a sus pueblos.

Señores senadores y diputados, Chile, en cuyo territorio ondeó la última bandera de España en esta parte del mundo, ha sido también uno de los últimos países de América al que la Reina y yo hemos viajado. Hoy quisiera reiterar ante ustedes mi alegría por encontrarme en esta entrañable tierra cuyo pueblo, al elegirles como sus representantes, ha recuperado la tradición democrática que durante tantos años fue motivo de orgullo para los chilenos y dio prestigio internacional a esta República.

Soy portador de un mensaje fraterno del pueblo español, que ha vivido como suyas las penas y alegrías de los chilenos. Nuestra historia reciente nos ha permitido a los españoles valorar con especial intensidad los admirables esfuerzos desplegados por todos los chilenos para superar un pasado que les dividió, y encarar un futuro en cuya construcción nadie debería quedar marginado.

La democracia no es sólo el único sistema político que permite una solución pacífica y equitativa de los problemas de una comunidad. Es también un talante colectivo, una forma de vida, una cultura en suma. Por ello, el retorno a la democracia tiene para el pueblo chileno el carácter de un reencuentro consigo mismo.

El sistema democrático es, por otra parte, consustancial al pluralismo de una sociedad libre, en la que conviven distintos proyectos y actitudes políticas. Uno de los grandes logros de la civilización ha sido justamente diseñar estructuras políticas capaces de compaginar la igualdad esencial de todos los hombres con la diversidad de pensamientos e intereses que les impulsan.

De ahí deriva la enorme complejidad que presentan las sociedades democráticas, pero también su dinamismo y vitalidad. Los principios teóricos y las instituciones en que se asienta la democracia encuentran, por tanto, su fundamento ético en el respeto permanente a los derechos humanos, cuya defensa universal constituye la más noble aportación de nuestra época al acervo jurídico y político de la sociedad internacional.

Para España, el camino hacia la democracia ha sido largo y en él no han faltado obstáculos ni sinsabores. El pueblo español, al aprobar en referéndum la Constitución de 1978, sancionó una norma fundamental que, por primera vez en nuestra historia, se basaba en un amplio consenso de todas las fuerzas políticas y sociales. Con vocación de permanencia, la Constitución vigente ha presidido la transición española, permitiendo enfrentar con rumbo cierto la senda de transformaciones necesarias para resolver algunos de los grandes problemas nacionales, que fueron en el pasado semillero de múltiples discordias.

Cada proceso de transición parte de una historia y de una realidad socioeconómica concretas, que impiden trazar paralelismos miméticos entre situaciones nacionales diferentes.

Hay, sin embargo, un ingrediente esencial sin cuya efectiva presencia el tránsito pacífico a la democracia podría verse comprometido. Me refiero a la generación de un amplio consenso que debe materializarse en la consecución de acuerdos entre los principales sectores, y cuyo objetivo no es otro que trazar las líneas maestras de un modelo de sociedad y establecer las prioridades de una tarea nacional.

Ello sólo es posible si partidos políticos, trabajadores y empresarios, civiles y militares son capaces de renunciar con altura de miras a una parte de sus aspiraciones en beneficio de un proyecto de convivencia que a todos pertenece.

A lo largo de su historia y en tiempos bien recientes, el pueblo chileno ha dado sobradas muestras de la generosidad y el patriotismo que tal esfuerzo exige.

El Chile democrático que se ha reintegrado a la escena internacional aporta, no sólo el bagaje de sus tradiciones y de su prestigio, sino también una economía básicamente sana, abierta y competitiva, que le ha supuesto nuevos mercados y le ha permitido una notable diversificación de sus exportaciones.

No obstante, Chile sufre también en mayor o en menor grado algunos de los serios problemas que afligen a los pueblos iberoamericanos.Por eso es tan importante buscar soluciones concertadas en el plano internacional a problemas que requieren la cooperación y la solidaridad.

Señores senadores y diputados, desde su ingreso en la Comunidad Europea en 1986, España ha estado en la vanguardia de quienes apoyan la aceleración y profundización de un proceso que, tras la adopción del Acta Unica y los vertiginosos cambios acaecidos, transformará la faz de Europa en los próximos años y supondrá un impacto de enormes dimensiones en las relaciones internacionales.

Sin embargo, ya en el propio Tratado de Adhesión a las Comunidades, España señaló expresamente su estrecha vinculación con los países de Iberoamérica. Fiel a su compromiso, España, en la medida de sus posibilidades, ha impulsado de forma incansable la necesidad de reorientar la cooperación política y económica de la Comunidad hacia este continente.

Lo hacemos no por razones meramente sentimentales, sino porque estamos convencidos de que, entre los países en vías de desarrollo, no existe grupo de naciones más homogéneo ni más cercano a Europa en su cultura y valores éticos, políticos y económicos que los que forman América. En los últimos años, el diálogo iniciado con el Grupo de Río, los acuerdos entre la Comunidad y los países centroamericanos y el aumento de los fondos comunitarios para proyectos de desarrollo en este continente, son signos esperanzadores de una mayor sensibilización de Europa hacia América Latina.

Ahora bien, para poder capitalizar estas iniciativas y anclar las relaciones entre los dos continentes en un terreno firme, resulta imprescindible presentar un frente unido y emprender una acción concertada y coherente encaminada a evitar la dispersión o la discontinuidad.

La integración sigue siendo, en definitiva, el gran desafío de Iberoamérica, y por ello España contempla con satisfacción los decididos pasos que, aun en medio de las dificultades, se están dando actualmente para que América Latina hable, en los diferentes foros, con una sola y potente voz.

Señores senadores y diputados, para los pueblos que formamos la comunidad iberoamericana, la conmemoración de los quinientos años del descubrimiento de América se nos presenta como una ocasión excepcional para reflexionar juntos, no sólo sobre lo que somos, sino, ante todo, sobre lo que podemos llegar a ser. Como ha señalado un gran americano, Arturo Uslar Pietri, «los españoles venidos a la nueva tierra, frente a un nuevo hecho humano, atinaron a abrir y realizar uno de los más ricos y originales procesos de mezcla de culturas que se haya dado nunca en el mundo».

Chile es un buen ejemplo de esa doble herencia, española e indígena, que, unida a otras aportaciones europeas, ha conformado una cultura propia pero fuertemente enraizada en los valores comunes a toda la América hispana.

Nuestros pueblos deben asumir todo el pasado, con sus luces y sus sombras, como requisito previo para construir un futuro que debemos igualmente compartir. Por ello, huyendo de toda retórica, España quiere convertir la cercana efemérides en el inicio de una relación privilegiada con las repúblicas hermanas, basadas en el hecho de que, en la actualidad, la amistad entre las naciones se expresa necesariamente a través de la cooperación internacional, que es uno de los grandes vectores de la política exterior española.

En este sentido, España ha suscrito ya tratados generales de cooperación y amistad con Argentina, México y Venezuela, similares al que se firmará con el Gobierno chileno con ocasión de esta nuestra visita.

En esta nueva etapa de sus relaciones, España y Chile se encuentran en óptimas condiciones para promover conjuntamente una amplia gama de proyectos que rebasen los estrictos intercambios bilaterales, pues se inscriben en el marco de la nueva dimensión de la relación entre España e Iberoamérica.

Por lo demás, la apertura de Chile hacia el Pacífico, cuyas rutas sugieren los derroteros del desarrollo en el mundo del siglo XXI, y su condición de país antártico, brindan ricas posibilidades para nuestras naciones.

Señores senadores y diputados, he querido compartir con ustedes algunas de las grandes cuestiones de nuestra historia, pero he querido, sobre todo, reafirmar mi confianza en los esfuerzos conjuntos para afrontar los diversos, y a la vez apasionantes, desafíos de la hora presente. Los españoles y los chilenos de esta generación tenemos el honroso e ineludible deber de poner toda nuestra capacidad al servicio de una noble causa: lograr para nuestras gentes mayores cotas de paz, justicia y desarrollo. En ese empeño, el pueblo chileno siempre podrá contar con la solidaridad y el apoyo de España y de su Rey.

Muchas gracias.

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