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Palabras de Su Majestad el Rey a la comunidad académica al ser investido doctor "honoris causa" por la Universidad Hebrea de Jerusalén

Israel(Jerusalén), 10.11.1993

S

eñor Presidente, quiero agradecer en vuestra persona a la Universidad Hebrea de Jerusalén, la académica distinción con que me honráis, incluyéndome en una espectacular nómina de doctas personalidades, entre las que figura otro español, gloria de nuestras letras, el Premio Nobel de Literatura Camilo José Cela.

Salomón ben Gabirol, hace mil años -en sus deliciosas Perlas- aconsejaba a su hijo: «Busca la compañía de los sabios, pues si sabes, te honrarán; si yerras, te enseñarán; y si te exhortan, te beneficiarán.»

Estoy convencido de que de esta Universidad, cuyas puertas me habéis abierto con tanta confianza, recibiré la triple bendición predicha por el ilustre poeta sefardí.

Conozco y admiro -como se conoce y admira en España y en todo el mundo- el prestigio de esta Universidad, fundada tras las conmociones de la I Guerra Mundial, por ese eminente científico, doblado en hombre de acción, que fue el doctor Chaim Weizmann, primer Presidente del Estado de Israel, bajo cuya advocación este país ha puesto uno de los mejores institutos tecnológicos del planeta.

Desde las aulas de esta Casa se ha estimulado notablemente el desarrollo de Israel, admirado con respeto por doquier, contribuyendo en gran manera a la forja de la modernidad de esta nación, impulsándola con sustancial dinamismo -sin olvidar ni la historia, ni el pasado, ni la más pura esencia de sus raíces- hacia los horizontes de su futuro.Un futuro que Israel siempre ha oteado desde el esfuerzo y la perseverancia, desde el empeño y la tenacidad.

Con mi admiración por la labor que la Universidad Hebrea de Jerusalén ha llevado a cabo, quisiera, señor Presidente, exponeros una breve reflexión sobre la universidad en general, la universitas en su sentido más lato -tan lato como la amplitud de su etimología permite- para formular, después, un llamamiento a la comunidad universitaria de Israel, que tan noblemente me acoge con el doctorado que me habéis concedido.

En nuestras sociedades de corte occidental, sigue siendo necesario preservar la vertebración de su civilidad, no sólo consolidando o recuperando aquellos valores clásicos que son bases fundamentales de su propia esencia, como la tolerancia, el respeto y el diálogo, sino dándoles el rumbo que el camino de la historia demanda en cada momento.

En esta vertebración de la sociedad tiene un papel fundamental su propio pensamiento. La sociedad no sólo tiene que pensar. La sociedad tiene que pensarse y, si es preciso, repensarse.

Porque la introspección reflexiva, serena y ecuánime, es siempre necesaria para construir proyectos de futuro. En este sentido, el pensamiento será más válido cuanto más abierto y plural: cuando aglutine, en definitiva, una serie de factores, con vocación de universitas.De ahí que la universidad sea el mecanismo más apropiado para llevarlo a cabo.

La participación de una universidad en el desarrollo de un país -que antes evocaba citando como ejemplo a la vuestra- no debe limitarse únicamente al impulso que ésta pueda aportar con los saberes humanísticos o técnicos que en la misma se estudien, practiquen o investiguen.

La universidad es y debe ser algo más.Algo más que no puede aislarse en la torre de marfil o en experiencias que se agotan en sí mismas.De ahí, en un paso argumental más, la responsabilidad de los universitarios, como ciudadanos cualificados al servicio de aquella vertebración. Al servicio de que la sociedad sea más ella misma para que, al mismo tiempo, desde su identidad en progreso, sea también más y más libre.

En el norte de Israel, en el refulgente paisaje de Tiberíades, está enterrado un gran hombre, nacido en unas tierras que más tarde serían España: el cordobés rabí, médico y filósofo medieval Mosé ben Maimón, conocido como Maimónides.

En su Oración Maimónides pedía a Dios algo que ningún universitario, desde la responsabilidad a la que antes aludía, debería olvidar:«Nunca dejes que me llegue el pensamiento de que he alcanzado suficiente conocimiento; mas inspírame siempre la fuerza, la voluntad y la ambición para extender mi saber. Porque el arte es grande, pero la mente humana se expande continuamente.»Es en esta expansión de la mente donde radica la esperanza de la humanidad.Porque de la misma manera que la historia no tiene fin, ya que historia y fin son, en sí, dos términos antitéticos, tampoco tiene, felizmente, límites la expansión de la mente humana.

La universidad debe ser no sólo el alma mater, sino la fuerza motriz de esta expansión de la mente. Porque es así como podrá vertebrar a la sociedad, en sus aspectos más globales.Y pese a las múltiples voces que con periodicidad -y algunas no sin cierta razón- se alzan contra la operatividad de venerables instituciones, quiero, en este foro privilegiado, manifestar mi convencimiento de que a la universidad le queda todavía mucho que hacer en el camino señalado; y que es la universidad, ella misma, por sí misma, quien debe andarlo.Esta es mi esperanza y mi deseo, no sólo como miembro recién llegado a vuestra comunidad, sino como ciudadano de un mundo en permanente búsqueda de su mejor realización.

Mi llamamiento a los miembros de la Universidad Hebrea de Jerusalén en particular, extensivo a todas la de Israel, así como al mundo intelectual y creativo israelí que las rodea, sería que se sitúen decididamente en aquella perspectiva.

Vuestro país está viviendo, desde hace muchos años, una delicada situación cuya única solución pasa por una profunda vocación, por un anhelo inquebrantable de paz.Esa paz que, en su símbolo de una doble rama de olivo, flanquea en el escudo de Israel a la menoráh, alegoría inequívoca de este pueblo.

Sabemos que el proceso político de negociaciones y pactos que -iniciado precisamente en Madrid hace dos años- irá desbrozando el camino de la paz, ha tenido en su base a multitud de acciones de buena fe y mejor voluntad. Todas ellas han ido cooperando, ayudando, a la configuración de un estado de ánimo que ha llevado al punto actual de la cuestión, tan esperanzador como ilusionante.

Sabemos también -y nos felicitamos por ello- que la universidad amparó y suscitó buena parte de aquellas acciones. Que muchos universitarios fueron sus protagonistas.Permitidme, señor Presidente, exhortar a la Universidad Hebrea, y con ella a todos los universitarios de Israel, a seguir por este camino.Porque, una vez consolidada la paz, habrá que preservarla. Habrá que cuidarla con sensibilidad, pero también con generosidad intelectual, algo para lo que un universitario debe estar siempre bien dispuesto.

Dice San Pablo en su epístola a los efesios: «Aplicaos en conservar la unidad de espíritu a través del vínculo de la paz.» Y San Mateo -como en un eco de esa idea- proclama desde su evangelio: «Bienaventurados los artesanos de la paz, porque serán llamados hijos de Dios.»Que estas palabras nos sirvan, a todos, de norte y guía; porque sentimos que estamos viviendo momentos en que la esperanza vuelve a tener alas y que puede levantar el vuelo hacia una paz justa y permanente.

Que los universitarios, desde su responsabilidad académica, pero también desde aquella generosidad intelectual a la que antes me he referido, mirando con anhelo al horizonte, sepan alentar el futuro.Un futuro de paz.

Muchas gracias.

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