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Palabras de Su Majestad el Rey en la recepción al Cuerpo Diplomático

Palacio Real de Madrid, 19.01.1995

S

eñoras y señores Embajadores, saludamos con gran agrado a Vuestras Excelencias con motivo de la tradicional recepción al Cuerpo Diplomático que celebramos al comenzar este nuevo año.

A lo largo de 1994 se han producido en el mundo acontecimientos que a todos nos afectan en mayor o menor medida. Quisiera detenerme en aquellos que me parecen de una especial relevancia.

Hace apenas unos días se han adherido a la Unión Europea Austria, Finlandia y Suecia. Se trata de una buena noticia para Europa cuyo impulso integrador se nutre de las aportaciones de naciones que incorporan su propio bagaje histórico y cultural.

Esta ampliación supone, por tanto, un enriquecimiento para todos los miembros de la Unión Europea y significa una confirmación de la vitalidad del proyecto europeo, capaz, a pesar de todas las incógnitas y dificultades, de generar ilusión en millones de ciudadanos de los Estados que han realizado esta opción histórica.

Cuando a veces surgen voces críticas sobre la orientación que sigue este proceso de integración, debe mover a la reflexión el atractivo que suscita en aquellos países de Europa Central que desean la adhesión y para los que la Unión Europea constituye una referencia de libertad y prosperidad. No podemos, por tanto, defraudar las expectativas de estas naciones que se preparan para una próxima ampliación de la Unión Europea.

Esta fructífera extensión de la integración europea hacia el norte y hacia el centro de nuestro continente no debe, sin embargo, restar energías para otras tareas fundamentales de la Europa comunitaria en los próximos años. Me refiero, específicamente, a nuestra dimensión mediterránea.

La cooperación con los países no europeos de la cuenca del Mediterráneo deberá recibir atención prioritaria para consolidar un espacio de intereses compartidos que favorezca el desarrollo económico y la estabilidad política de todos los países ribereños. La exclusión de los frutos del crecimiento económico puede generar frustración en los grupos sociales afectados y ésta, a su vez, constituir el caldo de cultivo de movimientos que sucumben a la tentación de la intolerancia y la violencia.

En Oriente Medio podemos constatar con satisfacción una evolución claramente positiva en la superación de conflictos tan enconados que, en el pasado, han podido parecer irresolubles. La comunidad internacional ha seguido con esperanza los pasos decisivos que se han dado en estos últimos meses y no pocos gobiernos, entre ellos el español, han prestado el aliento político y económico necesario.

Sin embargo, el mérito corresponde enteramente a los protagonistas de este proceso de paz. Por ello, quiero reiterar aquí mi admiración y mi felicitación a aquellas personas que han sabido ejercer su liderazgo con audacia y con visión de futuro. Hay que esperar que a los progresos realizados sigan otros y que la dinámica de paz se acabe imponiendo en una región que ha pagado ya un precio muy alto en todos los órdenes.

De la misma forma que nada ni nadie puede detener el impulso hacia la paz de unos pueblos cansados ya de los sufrimientos de la guerra, resulta difícil vislumbrar soluciones pacíficas cuando aún se confía en la fuerza de las armas para imponer una situación de hecho. Resulta lamentable que éste sea aún el caso de los conflictos que afectan a Bosnia-Herzegovina.

Sin embargo, hoy en día, como hace un año, la cooperación internacional para hacer llegar ayuda humanitaria a las gentes que viven en ese país constituye uno de los escasos factores positivos en un panorama de incertidumbre. Podemos sentirnos orgullosos de los hombres y mujeres que están sobre el terreno, en condiciones extremas, cumpliendo con entereza una tarea tan desinteresada como imprescindible.

Desgraciadamente, no es la antigua Yugoslavia el único foco de conflicto en nuestro viejo continente. En estos días seguimos con preocupación el desarrollo de los acontecimientos en el Cáucaso y confiamos en que prevalezca la voluntad de solventar las diferencias existentes por medio del diálogo y la negociación.

La cooperación internacional se puso igualmente a prueba en la crisis de los refugiados de Ruanda. No es fácil encontrar elementos de esperanza en este drama. Sin embargo, me parece de justicia reconocer el impulso generoso y solidario que ha surgido en nuestras sociedades sobrecogidas por estos hechos. También habrá servido para que todos valoremos como se merece el ejemplo de aquéllos, religiosos y laicos, que han querido estar allí presentes para contribuir, con su trabajo, a aliviar los sufrimientos de los más débiles.

España, desde su puesto en el Consejo de Seguridad, ha tenido una participación activa para que la Organización de las Naciones Unidas encontrara la determinación y los medios necesarios para ejercer sus responsabilidades, tanto en el caso de los conflictos en la antigua Yugoslavia como en el de la crisis de Ruanda.

El L Aniversario de las Naciones Unidas, que celebramos este año, nos proporciona una ocasión singular para hacer balance de su labor a lo largo de medio siglo y también para dar un impulso a su proyección en los años venideros.

No sería razonable esperar de las Naciones Unidas la panacea para todos los males del planeta. Sin embargo, si su presencia no se hiciera sentir, nuestro mundo sería indudablemente más inhóspito. Está al alcance de todos los miembros de Naciones Unidas lograr su fortalecimiento para mejor atender a los objetivos para los que fue creada esta institución. Y de manera relevante por lo que se refiere a las operaciones de mantenimiento de la paz, cuyas posibilidades de actuación se han incrementado grandemente al hilo de los cambios en las relaciones internacionales.

En Iberoamérica, en su conjunto, hemos sido testigos de los esfuerzos desplegados por los diferentes gobiernos para la plena integración de sus países en los circuitos internacionales. La entrada en vigor del Acuerdo del GATT y los avances realizados en los sistemas de integración subregionales constituyen pasos de gran importancia en el proceso de apertura y liberalización de las economías nacionales. A su vez, esta evolución requiere transformaciones en el orden interno que deben acompañarse de vigorosas políticas sociales para que sus efectos no perjudiquen a las capas más desfavorecidas de la población.

Estos desafíos constituyeron precisamente el contenido de las discusiones de la Cumbre Iberoamericana de Cartagena de Indias. Fue, sin duda, una oportunidad excepcional para compartir experiencias y contrastar puntos de vista entre los Jefes de Estado y de Gobierno de este grupo de países a los que une no sólo la historia y la cultura, sino también la voluntad de llevar a cabo procesos de modernización que sólo lo son de forma plena cuando se inspiran en los valores de la democracia y el respeto a los derechos del hombre.

España mira hacia Asia con interés creciente y con la determinación de no dejar pasar las oportunidades que suscita el admirable dinamismo de esta región.

En este año que dejamos atrás se han multiplicado los intercambios de visitas y misiones, en un esfuerzo que proseguirá de manera constante en el futuro inmediato. Espero que estas iniciativas fructifiquen y que se logre reducir en el campo político, económico y cultural la distancia que nos separa geográficamente.

En el segundo semestre de este año, España tiene por delante un desafío mayor en el área internacional: la presidencia del Consejo de la Unión Europea. Entre las tareas que le aguardan al gobierno en esa presidencia destacan la preparación de la Conferencia Intergubernamental de 1996 y la organización de la Conferencia Mediterránea.

Estoy seguro de que, al igual que ocurriera ya en enero de 1989, en la anterior Presidencia, los representantes españoles desempeñarán esta función con un gran sentido de la responsabilidad y con eficacia.

Señoras y señores Embajadores, la Reina y yo agradecemos vivamente las palabras que nos ha dirigido el Nuncio Apostólico de Su Santidad, en su condición de Decano del Cuerpo Diplomático.

A Vuestras Excelencias deseamos expresar nuestro aprecio por estar presentes con nosotros y transmitir nuestros mejores votos de paz y prosperidad para los pueblos que representáis y para vuestros Jefes de Estado, en este año que ahora comienza.

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