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Palabras de Su Majestad el Rey en la entrega del Premio Jean Monnet

Suiza(Lausanne), 06.11.1996

S

r. Presidente de la Confederación, Sr. Presidente de la Fundación, Señoras y Señores:

En raras ocasiones puede una distinción honrar tanto a su destinatario como en ésta que hoy celebramos. Venir a Lausana a recibir el premio Jean Monnet tiene para mí un significado muy especial, al que no son ajenos la ciudad donde nos encontramos ni la figura que da nombre y sentido a este galardón.

Quiero agradecer a todos los intervinientes sus amables palabras y, muy especialmente, al Presidente de la Confederación, Jean Pascal Delamuraz, la generosidad de su intervención, pues a su calidad humana une el hecho de representar a Suiza, país modelo entre las democracias europeas.

También quiero hacer especial mención a la presencia en este acto del Presidente de la Comisión, Jacques Santer, que encabeza de forma inmejorable una institución clave en la construcción europea, a la que hoy rendimos homenaje.

Entiendo que, con la entrega del Premio Jean Monnet, el Jurado ha querido simbolizar en mi persona el empeño de todo un pueblo en perseguir y hacer posible el sueño europeo, que tuvo en mi país muy ¡lustres precursores -José Ortega y Gasset, Salvador de Madariaga y tantos otros- y que hoy inspira a cuantos en España nos esforzamos por orientar nuestro caminar colectivo.

España es una de las viejas naciones que han protagonizado la historia de nuestro continente. Sin embargo, pese a su personalidad europea secular, no pudo estar presente en la gestación de este proyecto común. Durante una generación, permaneció al margen de lo que sucedía en el continente. Curiosamente, esta ausencia nos aproximó extraordinariamente a la figura de Jean Monnet, pues los españoles de mi tiempo sentimos como él la urgencia histórica de Europa.

Es verdad que los motivos de este sentimiento coindicente eran distintos.En el caso de Jean Monnet, de lo que se trataba era de poner fin a la locura reiterada que asoló el continente durante la primera mitad del siglo. Tras aquella "segunda guerra de los Treinta años", que abarcó el período comprendido entre 1914 y 1945, los antiguos enemigos debían buscar una fórmula que los convirtiera en aliados permanentes, consolidando por la vía de los intereses compartidos y la visión a largo plazo el camino de la paz.

Para los españoles, las Comunidades encarnaban el espacio de libertad y prosperidad que ya había intuido Monnet antes de finalizar la Segunda Guerra Mundial. Una generación más tarde, nos aproximábamos en España a un cambio político que tenía entre sus objetivos prioritarios la superación del aislamiento internacional y la integración en ese espacio común europeo.

La recuperación de la democracia y la integración en Europa fueron aspiraciones complementarias. Ambas constituyeron facetas de un mismo proceso y así fue reconocido en su día por la gran mayoría de la población.

Por ello, el día de la firma del Tratado de Adhesión de España a las Comunidades Europeas, el 12 de junio de 1985, es una de las fechas más señaladas de nuestra reciente historia.

Los primeros años integración han tenido 1ugar en una década clave del proceso de desarrollo crecimiento y maduración de la Unión.La Comunidad en la que Portugal y España se integraron no es la misma que la que conocemos diez años más tarde. El relanzamiento por el Acta Unica Europea del proyecto original de lograr un mercado único, quitando barreras a la libre circulación y a la competencia, fue una verdadera revolución en la manera de concebir las relaciones entre la economía y los Estados, que permitió a sus instituciones recobrar nuevos ímpetus para desarrollar los objetivos de los Tratados.

Posteriormente, el final de la guerra fría, la caída del muro de Berlín, las transiciones económicas y políticas en el Este de Europa y la feliz unificación alemana, mostraron que estábamos ante una Europa nueva que, a la vez, empezaba a recobrar sus verdaderas dimensiones geográficas y a escribir un nuevo capítulo de su historia.

Por último, la entrada en vigor del Tratado de la Unión Europea ha definido el nuevo escenario europeo con su proyecto de llegar a una moneda única y preparar el camino para una mayor integración política, conjugando todo ello con la decisión de ampliar la Unión y de reformar sus reglas de juego.

España ha contribuido en esta década de cambios y novedades al afianzamiento del proyecto comunitario. Ha abierto sus fronteras económicas al resto de Europa y se ha embarcado en el reto de la competitividad y la puesta al día de su proyecto nacional mediante la participación en la concertación europea.

Hemos jugado un importante papel en el proceso de reforma de los Tratados y nos hemos esforzado para que la acción exterior de la Unión preste mayor atención a Iberoamérica y al Sur del Mediterráneo, áreas en las que se han redoblado los esfuerzos europeos de negociación comercial, cooperación y diálogo político.

La contribución española no pasó desapercibida a aquella "otra Europa" que aún no había recobrado sus libertades. Es verdad que los nuevos Estados miembros tuvimos que realizar esfuerzos considerables de adaptación. Sin embargo, la experiencia de nuestra integración hizo aún más intolerable la división del continente, pues confirmó que esta división era tan artificial como injusta.

Para la Unión Europea, el reto de la ampliación al Sur y al Este pondrá a prueba una vez más la capacidad de sus socios para hacer frente a las exigencias de la historia. Como en ocasiones anteriores, debemos hacer coincidir esta tarea con una profunda reflexión interna sobre el sentido de la propia integración europea.

La próxima ampliación, que España desea y apoya, no puede suponer un mero desplazamiento de las fronteras de la Unión, sino que más bien debe suponer la renovación del proyecto europeo. A la vez que la Unión se amplia, es preciso que se refuerce la cooperación con Rusia y con aquellos otros países de esa "tercera Europa", con los que debemos mantener una relación privilegiada.

Igualmente privilegiada debe ser nuestra relación con la frontera meridional de Europa. España, que comparte con otras naciones europeas una singular vinculación con los Estados ribereños del Mediterráneo, se siente orgullosa de haber impulsado el llamado "proceso de Barcelona".

Quisiéramos que fuese el punto de partida de unas nuevas relaciones euromediterráneas, caracterizadas por un enfoque global y por resaltar más la coincidencia de intereses que unen ambas orillas que lo que les pueda separar.

Los europeos de hoy haríamos un flaco servicio a los de mañana si renunciásemos a actuar con las dosis suficientes de generosidad, visión de futuro y flexibilidad. No debemos ya concebir la Unión Europea como un producto de la posguerra sino, más bien, como un proyecto de civilización, del que forman parte no sólo intereses económicos sino también unos valores compartidos por una diversidad de pueblos y naciones cada vez más relacionados entre sí.

La Unión Europea, por tanto, comprende ahora algo más que las realidades derivadas de la integración económica. Con ser éstas importantes, no son suficientes para explicar el proceso puesto en marcha por Monnet, esa "unión cada vez más estrecha entre los pueblos de Europa".Para ser dueños de nuestro destino como españoles, tenemos la necesidad de serlo también como europeos, pues no es posible disociar ambas condiciones. Estamos, por tanto, dispuestos a aportar nuestro esfuerzo y nuestra solidaridad al desarrollo de la Unión.

La Unión, tal y como la diseñaron fundadores como Monnet, Schuman, Spaak, De Gasperi o Adenauer, es un instrumento que renueva y refuerza paulatinamente y de forma saludable la identidad de cada Estado Miembro, al alejarle de las tentaciones del proteccionismo, el estatismo y el particularismo exacerbado.

En el mundo en que vivimos una de las demandas de nuestros pueblos es la seguridad, en sus variados frentes. En este fin de siglo, los desafíos al modelo de sociedad y de Estado han tomado formas muy diversas. Estamos frente a un proceso de cambio permanente y la sensación de un futuro incierto no carece de justificación.

Ante este fenómeno real, podemos buscar soluciones que miren únicamente al pasado, creyendo que conjuramos el futuro, ignorándolo. De sobra sabemos que esta actitud sólo puede conducir a un amargo despertar.

Otra reacción posible es la de rechazar los valores sobre los que se fundamentan nuestras sociedades, interpretando que, sólo una vez liberados de tan pesada carga, podremos afrontar el porvenir.

La vía europea tiene algo de estas dos soluciones opuestas pero no se parece a ninguna de ellas. En primer lugar, busca mantener un modelo de sociedad europeo, que no es rígido pero al que no le faltan referencias. Para ello, pone en común soluciones propias de una sociedad abierta que es, al mismo tiempo, solidaria. De estos compromisos, palabra clave en el proceso de construcción europea, está hecha la Unión que conocemos.

Esta mecánica comunitaria ha producido logros notables. Creemos que está en condiciones de seguir haciéndolo en el futuro.

A la seguridad económica de nuestros ciudadanos, amenazada de forma permanente por el desempleo, no le sirven soluciones autárquicas. Las Políticas Comunes, el Mercado Interior y la Moneda Unica se ofrecen como alternativas viables capaces de contribuir a un crecimiento estable generador de empleo.

A la inquietud por la seguridad interior de nuestro continente, Europa debe responder con soluciones más audaces, que pongan en común la lucha contra el terrorismo y la criminalidad organizada y que acaben con la impunidad de los delincuentes, que aprovechan la falta de fronteras en un espacio económico único.

A los peligros derivados de las amenazas exteriores, Europa debe oponer una creciente actividad en el escenario internacional, que contribuya mejor a la estabilidad y el desarrollo económico de otras regiones del planeta.

No cabe duda de que existen muchas otras razones que deben mover a los europeos a trabajar juntos en el ámbito internacional: la degradación del medio ambiente y los desafíos tecnológicos son ejemplos muy notables de campos de actuación que desbordan lo meramente europeo y en los que está empeñado el futuro de las generaciones venideras.

Nuestra vocación como europeos es la de asumir la responsabilidad que nos corresponde en la búsqueda de la paz y el progreso en el mundo.En este terreno hemos recorrido ya un largo camino, pero queda aún mucho por hacer. Los pueblos de Europa necesitan reforzar sus vínculos con Iberoamérica y Estados Unidos, que son parte de nuestra historia y depositarios de valores comunes. Deben desarrollar sin vacilación sus iniciativas a favor de los pueblos vecinos de la Unión y multiplicar sus acciones a favor de los países en vías de desarrollo.

Hemos superado ya aquellos esquemas que ponían el acento en un delicado equilibrio de poderes basado en la debilidad del adversario y en alianzas cambiantes. Nuestro bienestar depende en gran medida de un entorno estable y próspero.

Por eso, la acción exterior de Europa debe contener también un profundo sentimiento de responsabilidad hacia las zonas más desfavorecidas del planeta. Los impulsos más nobles de nuestra ciudadanía se movilizan para poner fin a la tremenda injusticia que supone el atraso y la miseria de un gran número de países.

En estos días, la espantosa tragedia que se vive en la región africana de los Grandes Lagos reclama, en particular, la atención urgente no sólo de Europa sino de toda la comunidad internacional para aliviar los sufrimientos de la población civil de la zona, que es quien padece con mayor intensidad las consecuencias dramáticas de los conflictos bélicos, y buscar soluciones estables a los problemas recurrentes que sufre esa parte de Africa.

No podría cerrar esta breve reflexión sobre la acción exterior de Europa, sin hacer una referencia a la respuesta europea al nuevo desafío de seguridad, que se ha abierto tras el fin de la división entre los bloques. Estoy firmemente convencido de que debemos esforzarnos cuanto sea necesario para conseguir para la Europa del siglo próximo un marco de seguridad verdaderamente eficaz que, una vez desterradas las negativas divisiones del pasado, permita hacer realidad el anhelo de un espacio común de paz y estabilidad para nuestro continente.

Estamos llamados a continuar el proceso de integración europea que con su visión y capacidad de anticipación nos propuso Jean Monnet. Hoy, el premio que recibo con todo agradecimiento y orgullo es el reconocimiento de la aportación española a la construcción europea. Y es, por supuesto, un homenaje a la memoria de Monnet, quien ya nos dejó dicho que "el camino hay que abrirlo día a día y lo esencial es tener un objetivo suficientemente claro para no perderlo de vista".

Muchas gracias.

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