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Palabras de Su Majestad la Reina en el acto de entrega de los Premios Rey Jaime I 1997

Valencia, 04.11.1997

Una vez más tengo la satisfacción de presidir este acto y reiterar a sus organizadores, patrocinadores y Jurados mi felicitación por el nivel que han alcanzado estos Premios, junto con mi respaldo a los propósitos que inspiraron su creación.

En ellos late sin duda el espíritu abierto y emprendedor del que Valencia ha dado amplias pruebas en su historia y en el presente. Aunar calidad de premiados y jurados ha sido el rasgo distintivo de esto Premios desde su creación.

Recompensar los ejemplos del conocimiento y del ingenio requieren, naturalmente,  el concurso de iniciativas y mecenazgos como los que aquí dispensáis con generosidad, para que su eco fructifique y se perpetúe en el tiempo y sea siembra de nuevas vocaciones.

Precisamente, uno de los signos más positivos del horizonte español de nuestros días es la  proliferación y promoción del reconocimiento a la labor de nuestros hombres y mujeres más eminentes.

Al hacerlo cumplimos con un deber de justicia, y en cierto modo nos hacemos partícipes de sus triunfos, que confirman nuestro orgullo de ser españoles y nos llaman a emplearnos en empresas cada vez más sugerentes.

Y si estas distinciones se dedican a quienes más han destacado en los campos de la ciencia y la investigación, estamos además proclamando nuestra voluntad de incorporarnos resueltamente a las corrientes y afanes que impulsan el mundo contemporáneo hacia un futuro del que ahora no queremos estar ausentes.

Este es el símbolo de la España que queremos y hacia la que nos dirigimos. Y lo hacemos por el camino del trabajo y el esfuerzo, camino que encauza nuestras energías hacia proyectos de renovación, progreso y humanismo.

Este es el símbolo de la España que queremos y hacia la que nos dirigimos. Y lo hacemos por el camino del trabajo y el esfuerzo, camino que encauza nuestras energías hacia proyectos de renovación, progreso y humanismo.

En esta dirección hay que situar el significado auténtico y profundo de los Premios que hoy entregamos. Este es también el norte que guía la vocación y el esfuerzo de quienes los reciben.

La relación de sus méritos no sólo ilustra el lugar relevante que cada uno de ellos ocupa por derecho propio en el área de su respectiva especialidad. Expresa también su preocupación por realizar una tarea útil, directamente aplicable a una mejora visible de nuestra calidad de vida, y que nos abre nuevas y esperanzadoras perspectivas. La ampliación del horizonte de la neurocirugía y la radiocirugía por el profesor Barcía Salorio, la innovación tecnológica que impulsa  las investigaciones del profesor Valero Cortes en el área de la informática y la arquitectura de ordenadores, el sólido magisterio del profesor Tamames, del que todos nos sentimos alumnos gracias a sus dotes como comunicador, y la proyección medioambiental de los trabajos del profesor Baldasano Recio, suscitan nuestra admiración y gratitud.

A todos les felicito por su talante humano, su bien ganado prestigio científico y su capacidad para captar y hacernos comprensibles las claves del futuro hacia el que nos dirigimos.

Ellos nos marcan el camino en el que debemos aplicarnos, y nos animan a aprender y poner en práctica su mejor lección: la de estar a la altura de nuestro tiempo y dar una respuesta propia y auténtica a las necesidades de la sociedad.

Ojalá sepamos asumir esta enseñanza y empeñarnos en llevarla a buen término, hasta llegar  a recoger sus frutos.

Queda abierta la convocatoria de los Premios Rey Jaime I de 1998.

Se levanta la sesión.

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