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Palabras de Su Alteza Real la Infanta Doña Cristina en el acto de entrega del Premio Salvador de Madariaga

La Coruña(Santiago de Compostela), 07.05.1999

H

ubo un tiempo en que todos los caminos confluyeron en esta ciudad que hoy nos reúne. Durante muchos siglos, movidos por una misma fe, multitud de personas se pusieron en marcha hacia Santiago de Compostela.

Mientras caminaban, aprendieron a amar tierras que, al partir, les habían parecido lejanas. Gentes de lenguas distintas cruzaron fronteras y crearon un idioma común de arquitectura, de música, de empresas económicas, de gestos compartidos. Por el Camino de Santiago llegó una comunidad en movimiento, diversa y unánime, entusiasta y creadora. De Italia, de Inglaterra, de Francia, y Alemania llegaron a Galicia miles de peregrinos. Al volver a su casa, cada peregrino se había convertido en un europeo.

Uno de los más célebres deudores de ese pasado fue Salvador de Madariaga, nacido en A Coruña, a pocos kilómetros de aquí, "dos días antes de la festividad de Santiago", como él comentaba con socarronería. Este coruñés de todas partes, a quien nada europeo le fue ajeno, dedicó su  inteligencia a entender a los pueblos de Europa, y empeñó su acción y su discurso de pionero en la aventura de la construcción europea que entonces comenzaba.

Esta tarde conmemoramos, en esta ciudad cruce de caminos, la figura de Madariaga, patrón cívico de un premio de periodismo que ha alcanzado su quinta edición y que cada año nos convoca para reflexionar sobre nuestra condición de europeos.

En España, como en el resto de los países de la Unión Europa, se celebran estos días una serie de actos para conmemorar el Día de Europa.

Una Europa que va creciendo y cobrando una cada vez mayor conciencia de sí misma, a veces con alegría y otras con trabajo, pero buscando siempre, insistentemente, los jalones de un camino que quiere irreversible.

A principios de este año saludábamos el nacimiento del euro como elemento de unión y prenda de estabilidad económica. Hoy nos sentimos afligidos por la tragedia humana cuyas imágenes nos llegan a diario desde los Balcanes, y que nos retrotraen a tiempos de división y de conflicto que creíamos venturosamente superados.

Son éstos tiempos de especial exigencia para nuestras conciencias, y en particular las de los periodistas que glosan e interpretan la realidad de Europa y su porvenir.

En estos momentos, en que buscamos una luz que nos haga comprender, nos mueva a compartir, y, sobre todo, nos empuje a avanzar, podemos recordar, y sacar consecuencias, de las palabras con que Madariaga se refirió a una situación similar: "Europa tendrá que volver a pensar, sentir y escribir su historia... para colocar cada hecho en su sitio y darle su significación no ya nacional sino europea de conjunto".

Esta es la tarea y la responsabilidad que hoy celebramos en los nombres de los galardonados en esta edición.

Carlos Westendorp es testigo y actor principal de un escenario crucial de nuestro continente. Íñigo Méndez de Vigo ha impulsado los trabajos del foro de diversidades que es el Parlamento Europeo. Venidos de lugares distintos, los dos se han reunido en las páginas del diario ABC para proponer y discutir un proyecto de convivencia.

A Pedro Fernández Céspedes nos hemos acostumbrado a oírlo a todas horas en Radio Nacional de España. En la construcción europea, ha sido una voz alentadora para los viajeros de todos los caminos.

Manuel Pedregal es quien pone imágenes, donde otros aportaban la redacción y la palabra, a tantas crónicas de Televisión Española en los escenarios de Europa.

Los cuatro se han hecho merecedores de nuestro reconocimiento, por su inteligencia, coraje europeo y la esperanza que alientan.

Ojalá sus palabras, y las de cuantos construyen cada día con ellos nuestro hogar común, vuelen raudas hacia las cuatro esquinas de Europa y nos traigan juntas el consuelo y el aliento de una paz justa y duradera.

 

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