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Discurso de S.M. el Rey al Cuerpo Diplomático

Madrid, 21.01.1998

S

eñor Nuncio de Su Santidad y Decano del Cuerpo Diplomático,Señoras y Señores Embajadores:

Permítanme, antes que nada, que agradezca su presencia, y que exprese mi reconocimiento por las amables y generosas palabras pronunciadas por el Decano del Cuerpo Diplomático.

Como ya viene siendo tradición, el comienzo de un nuevo año nos brinda una vez más la oportunidad de reunirnos aquí en Palacio, en un encuentro que la Reina y Yo queremos aprovechar para desear todo género de venturas, nacionales y personales, a los Embajadores de los países amigos aquí representados.

Es también esta ocasión propicia para que, juntos, reflexionemos sobre el año que quedó atrás y sobre los retos a los que habremos de enfrentarnos en el próximo futuro.

Creo que debo empezar señalando que, pese a que se están superando las últimas consecuencias de la guerra fría, que en buena medida condicionó la política mundial durante las últimas décadas, tenemos todavía que seguir lamentando muertes por causas bélicas.

También nos duelen el sufrimiento y la miseria que, por otras causas, aquejan hoy a los seres humanos y de los que a diario nos dan noticia los medios de comunicación.

Es imposible no escuchar el clamor por una acción solidaria hacia una parte de la humanidad para la que el reconocimiento de sus libertades, su dignidad fundamental, la esperanza y la paz son aún una utopía.

Se demanda esta acción solidaria primordialmente del mundo desarrollado, de su capacidad tecnológica y organizativa, de su producción excedentaria y de sus impulsos altruistas.

Debemos, en un esfuerzo conjunto, luchar para que todos puedan lograr las cotas de bienestar que la dignidad humana reclama.

Nuestro futuro depende de que alcancemos este objetivo, como depende igualmente de la atención a otras cuestiones graves, que van adquiriendo progresivamente carácter urgente y prioritario. Este es el caso de la conservación del medio ambiente, que exigirá la modificación de nuestras pautas de comportamiento en distintos órdenes. Y, si queremos de verdad consolidar la paz y la convivencia en libertad, es de todo punto imperativo también acabar con el terrorismo, el narcotráfico y las demás modalidades de la criminalidad organizada. La cooperación internacional es, a tales efectos, absolutamente necesaria y una obligación moral indiscutible. Todo esfuerzo orientado a ese fin se nos antoja poco, y la efectiva colaboración entre las naciones, un derecho exigible y prioritario.

Urge también hallar fórmulas para paliar otras graves perversiones que se han agudizado en nuestra época y que deben afrontarse resueltamente, como la xenofobia, el racismo o la discriminación contra determinados grupos sociales.

En un mundo interdependiente como es el nuestro, no basta con que los Gobiernos se afanen por encontrar por separado soluciones. Cuando se trata de problemas sociales de tal entidad, es menester poner en común imaginación y experiencias; en suma, no duplicar esfuerzos ni cometer los mismos errores. El reforzamiento de la cooperación internacional nos parece campo promisorio que debe ser cultivado conjunta y solidariamente.

Debemos felicitarnos por la aparición de iniciativas orientadas a encontrar adecuada solución a tan exigentes y preocupantes cuestiones.

Algunos acontecimientos recientes, como la firma de la Convención sobre minas antipersonales, o la celebración de la Conferencia de Kyoto sobre el cambio climático; y proyectos para el futuro inmediato, como la convocatoria de una sesión extraordinaria de la Asamblea General de Naciones Unidas sobre la droga o el establecimiento de un Tribunal Penal Internacional, nos indican el camino y las posibilidades que la acción concertada nos brinda.

España tiene el firme deseo de lograr unos resultados ambiciosos en estas cuestiones. Las dificultades ni pueden ni deben arredrarnos. En la medida en que, precisamente con la interdependencia alcanzada, los problemas nos afectan a todos, de una u otra manera resultan también propios, y a todos nos incumbe hallarles remedio.

Estimamos que, al igual que internamente los conflictos de intereses tienen sus cauces y procedimientos pacíficos de entendimiento y arreglo, en el plano internacional las soluciones han de pasar por el diálogo, la concertación negociada y otros mecanismos de arreglo pacífico de controversias.

España lo entiende así. Y por ello plantea, a través de la solidaridad, la acción conjunta y la integración regional, su forma de relacionarse con las demás naciones.

España reafirma su compromiso e identificación con los ideales de convivencia pacífica, cooperación humanitaria, respeto a los derechos humanos y fomento de las libertades, valores propios de todo sistema auténticamente democrático y plural.

El cincuentenario de la Declaración Universal de Derechos Humanos que este año conmemoramos nos proporciona una ocasión especial para subrayar este compromiso, que la Reina y Yo asumimos personalmente al desempeñar la Presidencia de Honor del Comité Nacional Español constituido para este quincuagésimo aniversario.

1997 ha sido un año especialmente importante para nuestra política exterior, en el que se han podido lograr algunas de las principales metas que habían sido anunciadas.

En el ámbito de la seguridad, conviene destacar la participación de España en el proceso de adaptación de las estructuras internas y de las relaciones externas de la Alianza Atlántica, culminado en la Cumbre de Madrid, y su decisión de formar parte de la nueva estructura militar.

La continuada y sacrificada presencia de nuestras fuerzas en Bosnia y en otros escenarios de conflicto es simplemente un testimonio de la ambición de paz, de respeto a la legalidad y de defensa de la convivencia en libertad, que compartimos con los países de la Unión Europea y de la comunidad internacional.

Me resulta particularmente satisfactorio comprobar cómo, en este año cargado de significación histórica que es para nosotros el 98, nuestro país disfruta de un alto grado de vitalidad y optimismo creador. En este año, rememoramos el final de nuestra presencia territorial en América y Asia, y el IV Centenario de la muerte de ese tenaz soñador de una manera de concebir Europa que fue el Rey Felipe II, a la vez que preparamos ya la conmemoración, en el 2000, del V Centenario del nacimiento de ese otro incomparable europeo que fue el Emperador Carlos.

Nuestra contribución a Europa es también acorde con los ideales expuestos. España viene reafirmando su compromiso con la construcción de una Unión Europea renovada y ampliada, empeñada en lograr armonía y equilibrio respecto a sus desigualdades regionales, mayores cotas de prosperidad y bienestar para su ciudadanía y un mayor peso específico en el mundo a través de la concertación de una política exterior y de seguridad común.

Durante el año 1997, ha proseguido nuestro empeño por cumplir con los requisitos de integración en la moneda única, aspirando a ser al mismo tiempo un factor dinámico en la tercera fase de la Unión Económica y Monetaria.

La buena marcha de la economía española acredita los esfuerzos realizados a tal efecto. Asimismo, atestigua la solidez de la voluntad de la población española, su disposición de ánimo y su adhesión a la Europa que se perfila en el nuevo milenio.

Estoy persuadido de la feliz conclusión del Consejo Europeo especial previsto para mayo, y de que, por consiguiente, constituirá un hito decisivo en el proceso de integración europea.

El perfeccionamiento del mercado interior y la estabilidad económica que acompañarán el nacimiento del euro son asimismo una gran oportunidad para luchar eficazmente contra el desempleo, que sigue siendo el mayor problema social de Europa.

El año recién concluido ha sido importante para la definición de estos perfiles de la nueva Europa.

La firma del Tratado de Amsterdam y la Cumbre sobre el empleo, se han unido a la decisión adoptada por el Consejo Europeo de Luxemburgo de iniciar el proceso de adhesión a la Unión Europea de los países de Europa Central y Oriental y de Chipre.

Esta decisión nos permite vislumbrar en un plazo cercano la realización de un ideal que hace tan sólo unos años parecía imposible: el reencuentro de la historia y la geografía de nuestro Viejo Continente tras un largo período de división.

No cabe duda de que esta ampliación de la Unión es el reto más apasionante al que se ha enfrentado el proyecto de integración continental desde su creación.

La oportunidad histórica que se nos ofrece invita a no desaprovecharla. Es necesario para ello un espíritu generoso, altura de miras y sentido de la responsabilidad. Lo que está en juego es una Europa libre, más segura y estable, que relegue para siempre la posibilidad de división en el Continente y le permita desempeñar el papel que le corresponde en el mundo.

Pocos países como España pueden comprender mejor el anhelo de los pueblos de Europa Central y Oriental de formar parte definitivamente del proyecto común europeo. La consolidación de nuestro sistema democrático y el desarrollo económico y social que ha vivido España en estos últimos años han estado, sin duda, íntimamente ligados a nuestra pertenencia al sistema más acabado y perfecto de integración que existe en el mundo.

Más allá del ámbito europeo, España reafirma con convicción su vocación histórica y cultural iberoamericana, así como su compenetración con los proyectos y el cúmulo de justificadas esperanzas con que contemplan el futuro los pueblos hermanos del otro lado del Atlántico.

Junto a nuestro esfuerzo inversor y de cooperación en Iberoamérica, España apuesta decididamente por la consolidación de la democracia y la profundización de los procesos de integración.

Con la vista puesta en la celebración, el año próximo, de una Cumbre entre la Unión Europea y los países de Iberoamérica y el Caribe, seguiremos abogando por el estrechamiento de los vínculos entre Europa y el Continente, mientras comprometemos nuestro abierto y continuado apoyo a los programas aprobados en las sucesivas Cumbres Iberoamericanas de Jefes de Estado y de Gobierno, construyendo sobre lo ya alcanzado hasta la fecha. 

El Mediterráneo seguirá siendo asimismo uno de los ejes preferentes de nuestras preocupaciones políticas, económicas, sociales y culturales.

España desea que el Mediterráneo vuelva a ser fuente de cultura y de encuentro de personas y civilizaciones.

Contemplamos con señalado interés los trabajos preparatorios de las próximas reuniones ministeriales que han de dar un impulso renovado al Proceso de Barcelona. Ciframos muchas esperanzas en su buen éxito y en la progresiva culminación práctica de este pilar básico de la cooperación euromediterránea.

También en el ámbito mediterráneo, hacemos votos para que el Proceso de Paz en Oriente Medio recobre su aliento durante este año decisivo y se desarrolle plenamente, satisfaciendo las legítimas aspiraciones de todos los pueblos de la región; y reiteramos, asimismo, nuestra disposición a cooperar con el pueblo hermano de Argelia y con sus dirigentes, en la esperanza de que el drama que vive hoy este país encuentre pronto su final.

España no dejará de prestar una atención especial a Asia, continente cuyas actuales dificultades económicas deben ser superadas gracias a la laboriosidad e imaginación de sus gentes, con la imprescindible contribución de la ayuda que la comunidad internacional ya está prestando.

Una nueva manifestación de la importancia creciente que para la Unión tiene este continente será la reunión de la segunda Cumbre Asia-Europa que se celebrará  en el mes de abril.

Finalmente, deseo señalar que España mantendrá, en justa respuesta a las demandas de su sociedad, cada vez más solidaria, una cooperación intensa con los países y pueblos de Africa.  En este continente prosiguen esfuerzos democratizadores que merecen nuestro mayor impulso y apoyo, pero también se dan situaciones humanas que afectan a nuestros sentimientos más profundos. Mi país no dejará de aportar cuanto esté en su mano para aliviar sufrimientos y para que las sociedades africanas ocupen el lugar que les corresponde en el mundo.

Señor Nuncio de Su Santidad,Señoras y Señores Embajadores:

En el año que estamos iniciando, España seguirá dispuesta a colaborar en la construcción de un orden internacional más libre, próspero y justo.

Estimamos que la abnegada y sufrida labor llevada a cabo por el voluntariado y los misioneros, en tantos y tantos puntos donde la humanidad doliente los reclama, merece como hasta ahora nuestro decidido apoyo.

Estaremos también vigilantes, a fin de contribuir en la medida de nuestras posibilidades, a los esfuerzos de pacificación que pueda emprender la comunidad internacional. 

Queremos seguir siendo, en todo momento, un factor de unión, de entendimiento, de tolerancia y de paz, como ya ha reflejado nuestra ejecutoria reciente.

Imbuido de ese espíritu, hago votos fervientes por la prosperidad y buena armonía, en este año 1998, de todos los países del mundo, y por la dicha personal y familiar de todos los Embajadores que hoy nos acompañan.

Muchas gracias.

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