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Palabras de Su Majestad el Rey ante el Pleno del Parlamento Europeo

Estrasburgo, 07.10.1998

S

r. Presidente, Sras. y Sres. Diputados,

El 14 de mayo de 1986, cuando apenas se cumplía un año de la adhesión de España a las Comunidades Europeas, tuve el honor de visitar este Parlamento, invitado por su entonces Presidente Sr. Pflimlin, y de dirigirme al Pleno en este mismo hemiciclo donde hoy nos encontramos.

Hoy, doce años después, es para mí motivo de satisfacción visitar de nuevo esta institución.

En este lapso de tiempo, se han producido en el mundo cambios de tal envergadura que podemos asegurar, sin miedo a la exageración, que el escenario político en el que se encuentra hoy inmersa Europa es absolutamente distinto del que teníamos en la primera mitad de los años ochenta.

El conjunto de sucesos que dieron fin a la era del  enfrentamiento de bloques, y los cambios acaecidos como consecuencia de todo ello, nos sitúan ante una realidad política internacional mucho más compleja y rica en matices, que obligan a las naciones con vocación de liderazgo a un esfuerzo de imaginación y valentía a la hora de enfrentarse a los problemas que se plantean.

La Unión Europea está realizando un importante esfuerzo para adaptarse a esta nueva situación. Al tiempo que avanzamos decididamente en el proceso de integración, estamos llevando a cabo importantes reformas de sus políticas y de sus instituciones para dar respuesta así a las nuevas exigencias de una sociedad que reclama un mayor acercamiento al ciudadano y de un contexto internacional en el que ya no son posibles planteamientos simplistas basados en la bipolaridad.

Cuando me dirigí por primera vez a este Parlamento, en 1986, lo hacía en nombre de un Estado que se adhería con entusiasmo al proyecto de la integración europea.

Hoy, doce años más tarde, ese entusiasmo no se ha visto mermado ni un ápice y se ve enriquecido por la experiencia acumulada y la responsabilidad y seriedad de un país que ha demostrado saber, y me enorgullezco de ello, hacer frente con éxito a los compromisos adquiridos y a los retos que se presentan.

Creo poder afirmar que mi país ha demostrado sobradamente este entusiasmo. España ha querido desde el primer momento jugar un papel activo en la construcción europea. Son buena prueba de ello nuestra pertenencia a todas las iniciativas de cooperación reforzada desde su inicio, o nuestra actitud constructiva en la última Conferencia Intergubernamental, en la que la delegación española presentó numerosas propuestas, siendo especialmente innovadora en los asuntos de justicia e interior.

Desde la adhesión de España, el proceso integrador de Europa se ha acelerado de manera notable.

Los acontecimientos se han sucedido de manera rápida: primero el Acta Unica Europea, que supuso la ampliación de las competencias comunitarias. Más tarde, el Tratado de Maastricht, que con su propia estructura estableció un marco coherente para los tratados fundacionales y permitió diseñar el proyecto de la moneda única e incluir en su seno, aunque sea de forma embrionaria, la política exterior y de seguridad común y la cooperación en los ámbitos de la justicia y asuntos de interior.

Recientemente, el Tratado de Amsterdam, que pronto será ratificado por mi país, supone un paso más en la reforma de las instituciones y la adaptación de la Unión a los nuevos tiempos.

Y por último, el paso a la tercera fase de la Unión Económica y Monetaria.

En todo este proceso, el Parlamento Europeo ha tenido un papel destacado. No cabe duda de que de todas las instituciones de la Unión Europea, el Parlamento es la que ha tenido una evolución más dinámica, pues es la que más cambios ha experimentado.

Desde los tiempos de la Asamblea Parlamentaria, en que los delegados de los Parlamentos nacionales no tenían más que una función consultiva, esta institución ha evolucionado hasta lo que es hoy en día: un Parlamento con diputados elegidos por sufragio universal directo y con auténticos poderes legislativos.

Cada vez que se ha producido alguna transformación en la Unión Europea, el papel del Parlamento Europeo se ha visto reforzado.

La introducción del sufragio universal directo en la elección de los europarlamentarios, el Acta Unica Europea con la participación más activa en los procedimientos decisorios y, por último, la introducción del procedimiento de codecisión, que se verá reforzado y ampliado con la entrada en vigor del Tratado de Amsterdam, convierten a esta Cámara en una verdadera institución colegisladora.

Todos los avances que se han conseguido en la difícil tarea de integrar a Europa, han sido el resultado de largas negociaciones en las que los Estados miembros, reunidos en conferencias intergubernamentales, han debido conciliar sus intereses y puntos de vista, muchas veces dispares, para llegar a la redacción de cada uno de los textos legales a los que antes me he referido.

En ocasiones, se han alzado voces de crítica contra la timidez de los logros obtenidos y la lentitud con que avanza el proceso de integración. No seré yo quien comparta estas críticas. En cuarenta años,  y de manera muy significativa en los últimos doce, hemos dado pasos de gigante para alcanzar ese ideal europeo, que inspiraba ya a nuestros antepasados medievales, de reunir a Europa en una comunidad de intereses, guiada por una unidad política y con unos valores compartidos por todos sus pueblos.

Ese objetivo, que tantas veces se quiso alcanzar por la fuerza, nos parece hoy mucho más próximo cuando los pueblos y los gobernantes han comprendido que sólo será alcanzable por la vía de la conciliación, del diálogo y de la puesta en común de intereses y el reconocimiento y respeto a la diversidad cultural de los pueblos que la componen.

Por eso, soy de los que piensan que cada una de estas negociaciones intergubernamentales, cada una de esas difíciles sesiones parlamentarias y cada uno de esos, a veces, arduos  Consejos Europeos, lejos de poner de manifiesto la desunión de Europa, enriquecen nuestro acervo y demuestran una vez más que sólo el diálogo, la conciliación y el respeto a los intereses de cada uno de los pueblos que la componen, pueden hacernos progresar en la consecución del objetivo final de la integración.

Los avances que se logran en cada una de esas  instancias, por pequeños que puedan parecernos vistos en el contexto actual, son pasos de gigante cuando los miramos desde la perspectiva de la historia y los comparamos con los siglos de desencuentros, intolerancia y destrucción que han dominado a Europa hasta bien entrado el siglo XX.

Cuando, antes de iniciar mi viaje a esta ciudad, repasaba, hace unos días, lo que fueron mis palabras en este mismo hemiciclo hace ahora doce años, no podía sino  reflexionar sobre los cambios tan espectaculares que se  han producido en la escena internacional.

El 14 de mayo de 1986, me refería yo en mi discurso, y no creo que ello fuera entonces un anacronismo, a  la profunda división de Europa, que la convertía en un escenario potencial de enfrentamientos dentro de un  mundo bipolar.

Hoy, estas palabras estarían desprovistas de todo sentido. Es cierto que el suelo de Europa es actualmente escenario de conflictos, pero la desaparición de ese mundo bipolar nos permite encarar con más optimismo y esperanza la búsqueda de una solución a los mismos.

Europa tiene ahora la oportunidad y la obligación moral de buscar las vías para superar su pasado inmediato y lograr la reunificación del continente.

Sería un error histórico imperdonable el que, habiendo llegado a este punto, los países de la Unión Europea optaran por constituirse en un club de privilegiados que, habiendo alcanzado un elevado nivel de bienestar económico y de seguridad dentro de sus fronteras, decidieran ignorar la existencia de otros Estados europeos.

Tenemos una responsabilidad con esos países, que recientemente se han incorporado al modelo de sociedad pluralista y libre y que atraviesan por un período difícil de su historia.

España, quizá por su experiencia histórica reciente, sabe lo importante que es, cuando se están acometiendo grandes reformas políticas y se les están pidiendo a los ciudadanos grandes sacrificios, poder contar con el apoyo de un entorno con mayor desarrollo económico y más estabilidad política.

Por eso se  ha mostrado desde el primer momento partidaria decidida de la ampliación de la Unión Europea a los países del Centro y Este de Europa.

Debemos considerar la ampliación como un gran proyecto de solidaridad con los otros países de Europa. Esa solidaridad que practicamos hoy en el seno de la  Unión Europea, y que está consagrada a nivel de derecho primario en los tratados, debemos exportarla a los países de la ampliación sin que por este hecho se deba diluir su contenido.

Este esfuerzo de solidaridad que se materializa en la cohesión económica y social debe no sólo aspirar a disminuir las diferencias de renta entre las regiones sino que debe calar en todos los estratos de la población. Para ello, para conseguir una verdadera elevación del nivel de vida de los europeos, debemos luchar porque desaparezcan del territorio de la Unión las bolsas de pobreza y marginación social hoy existentes.

Para ello,  los Gobiernos deben acometer con firmeza e imaginación políticas de lucha contra el desempleo. La inclusión en el Tratado de Amsterdam de un título sobre el empleo demuestra una buena disposición de los Gobiernos en esta dirección. La Cumbre del Empleo ha sido un primer paso. Será necesario ahora mantener esta iniciativa y dar seguimiento a sus conclusiones.

Pero la integración de Europa, la nivelación de los desequilibrios de renta entre sus regiones no debe tampoco olvidar la calidad de vida de los europeos.

En ese afán de acercar Europa a los ciudadanos, las instituciones deben preocuparse cada vez más por el hombre de la calle.

El medio ambiente, la lucha contra el terrorismo y otras formas de criminalidad organizada, la creación, en suma, de un espacio de justicia y libertad, serán políticas que contribuyan a transmitir al ciudadano la sensación cierta de que las instituciones europeas trabajan por la consecución de unos objetivos que, lejos de ser abstractos, se materializan en ventajas concretas que se hacen evidentes en el desarrollo de su vida diaria.

Una Europa que comparte unos mismos valores, que mantiene unos elevados requisitos de respeto a los derechos fundamentales de todos sus socios y que consagra la libre circulación de personas, debe coordinar sus esfuerzos para proteger la libertad y la democracia frente a los desafíos que pueden poner en peligro los principios básicos que inspiran el sistema de convivencia pacífica de nuestra actual sociedad.

Pero el esfuerzo común por crear en el continente una zona de prosperidad económica y de estabilidad política y de seguridad interior no se agota en sí mismo.

La Comunidad primero y la Unión Europea después, han comprendido en todo momento que tienen una responsabilidad a escala mundial.

En un mundo cada vez más interdependiente, Europa no puede ignorar que le corresponde un papel importante en la tarea de generalizar a todo el planeta los beneficios del desarrollo económico y de la estabilidad política.

La política de cooperación de la Unión Europea, con su denso entramado de acuerdos internacionales, y los progresos que se van produciendo en la creación de una auténtica política exterior y de seguridad común, constituyen los dos pilares sobre los que se basa la aportación de Europa a la estabilidad mundial.

Desde un punto de vista español, Iberoamérica representa, por razones obvias, un área especialmente importante. Nuestro esfuerzo, desde el momento de la adhesión, ha ido encaminado a lograr que este área recibiera una atención por parte comunitaria semejante a otras regiones en las que, tradicionalmente, se había volcado la solidaridad comunitaria.

Hoy, podemos afirmar que la cooperación europea con Iberoamérica está demostrando ser altamente fructífera. La consolidación de las democracias en esa región, el nivel de desarrollo económico que están alcanzando esos países, se debe sin duda en primer lugar al esfuerzo de sus Gobiernos y de sus ciudadanos, pero también al apoyo y a la ayuda que les presta Europa.

Debemos sentirnos satisfechos de estos progresos y colaborar para que los mecanismos de integración regional que se están poniendo en marcha sean un éxito y sirvan para consolidar los importantes avances que se están produciendo en el campo económico y social.

Por otra parte, España, como país ribereño y sede que fue de la Conferencia de Barcelona, se muestra especialmente sensible a las relaciones con los pueblos de la orilla sur del Mediterráneo.

El proceso de Barcelona debe mantener su ímpetu inicial y seguir trabajando para conseguir su fin último, que no es otro que crear una zona de paz y de seguridad compartida.

Sr. Presidente, Los europeos, con sus Gobiernos a la cabeza, nos hemos marcado unos objetivos ambiciosos, como corresponde a  un pueblo que desde antiguo ha afirmado su vocación de universalidad y liderazgo.

Nos hemos dotado para ello de unas instituciones a la medida de nuestras ambiciones.

De todas ellas, una, el Parlamento, como representante de la voluntad de los pueblos de Europa, debe estar especialmente atenta a mantener vivo el espíritu europeísta que inspiró la filosofía de los hombres y estadistas que pusieron las bases para la construcción de este gran edificio que es la Unión Europea.

En un mundo en el que la economía está ya globalizada, cuando las migraciones se han masificado y los problemas del medio ambiente no conocen ni respetan los límites de las fronteras, no caben las respuestas individuales y autárquicas.

En ese mundo, los ideales de la Unión Europea tienen plena justificación y vigencia.

La Unión, como concepto organizativo y de convivencia innovador,  no sólo ha sabido adaptarse a través del trabajo de sus Instituciones a los nuevos retos, respetando las identidades de los Estados nacionales que la componen y la legitiman, sino que también ha sabido encauzar las aspiraciones de sus ciudadanos y reconocer sus deseos de convivencia y de respeto de sus singularidades regionales.

La integración de Europa es una oportunidad histórica, la mayoría de los ciudadanos la reclama y ustedes señores diputados tienen la importante tarea de velar porque ese designio se cumpla.

Muchas gracias.

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