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Palabras de Su Alteza Real la Infanta Doña Elena en el Día Mundial de la Cruz Roja y Media Luna Roja

Asturias(Oviedo), 10.05.1999

E

n esta conmemoración del Día Mundial de la Cruz Roja y la Media Luna Roja quiero comenzar expresando el reconocimiento que merece la labor desarrollada por esta Institución, a lo largo de su ya dilatada historia. Hoy, como siempre, Cruz Roja sigue siendo sinónimo de confianza y punto de referencia para millones de personas en todo el mundo.

El prestigio de esta organización ha ido creciendo con el tiempo, y consiste en que su estructura y actividades se materializan en una dinámica que todos podemos compartir y en la que todos nos sentimos llamados a cooperar.

Se trata de aquella "energía moral" a la que se refirió una eminente figura política de la época en 1922. Una energía que no sólo se proclama, sino que se dirige, o más bien se vuelca, en la acción.

Para comprobarlo basta recorrer los lemas de este Día Mundial a lo largo de su existencia. Términos como ayuda, servicio, comprensión y solidaridad, se desdoblan en llamadas urgentes de socorro, donación, prevención y participación, presididas por el respeto a la dignidad del hombre, protagonista y artífice de la paz.

Estas palabras, y las realidades en que se encarnan, tienen un eco especial en nuestros días, en los que vivimos la tragedia humana que tiene lugar en los Balcanes, recuerdo y compendio de muchas otras que se desarrollan en otras partes del mundo, como una pavorosa enfermedad que desearíamos erradicar para siempre de nuestro horizonte, con la compasión y eficiencia que Cruz Roja, y las entidades que con ella asumen esta tarea, derrochan en su diario batallar.

Frente al egoísmo y la intolerancia, Cruz Roja vuelve a reafirmar su confianza en "la fuerza de la humanidad", su lema de este año.

Y lo demuestra, una vez más, no con palabras, sino con hechos. Los de quienes han recibido estas distinciones que acabamos de entregar, en las que se despliega el abanico de las virtudes personales y los merecimientos sociales auténticos y duraderos, que crecen y alimentan nuestra esperanza en un mundo mejor. Por eso saludamos hoy con especial afecto al Duque de Suárez; sufrimos con los familiares y amigos de quienes dieron su vida en el ejercicio de su vocación humanitaria; expresamos nuestro reconocimiento a quienes han dedicado a Cruz Roja, con generosidad e ilusión, lo mejor de sus capacidades; y nos solidarizamos con las personas y entidades cuyas iniciativas, algunas centenarias y todas irreemplazables, prestan su ayuda y tienden su mano amiga a los mayores, emigrantes, enfermos o personas sin hogar, distribuyen alimentos o facilitan estructuras y servicios sociales a los países de otros continentes en que trabajan y que los necesitan.

Su ejemplo se explica por sí mismo, y no necesita glosas ni comentarios. Simplemente nos anima a aprenderlo, admirarlo y continuarlo.

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