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Palabras de Su Majestad el Rey en el acto de entrega de las Medallas de Oro al Mérito en las Bellas Artes

La Coruña(Santiago de Compostela), 22.06.1999

L

a gran fiesta de la Cultura, que hoy nos reúne, tiene un significado especial al celebrarse en Santiago de Compostela, que en este Año Xacobeo, último del siglo XX, brilla más que nunca como faro y término de un Camino de superación y concordia española y europea.

El recinto compostelano, que tan bien expresa el marco incomparable de este Monasterio de San Martín Pinario, se ha ido edificando con estas sólidas arquitecturas, y su historia se alimenta de las hazañas duraderas de quienes se distinguieron, y siguen haciéndolo, en el cultivo del espíritu y la difusión del conocimiento.

Pero los sones de esta Ciudad no son sólo los de sus graves campanas, ni el martillo de los canteros, ni el rumoroso río de su vida universitaria, sino también, y quizá sobre todo, los del bullicioso encuentro de gentes y culturas diferentes, con sus mentalidades y puntos de vista diversos, que aquí confluyen y conviven, dejando una estela de influencias que la enriquecen.

En este ambiente es fácil comprender la cultura como una convocatoria, que sin desdeñar un pasado cuyo legado nos enorgullece e identifica, quiere acrecerlo y reescribirlo en los cauces del presente y para generaciones venideras.

La cultura es así una tarea y un estilo, encabezado por sus creadores, que en cada tiempo, y muy singularmente en el nuestro, nos transmiten dos mensajes sustanciales: el de su talento en libertad, que nos eleva de la rutina y grisura cotidiana, y el de la autenticidad de su obra, que nos anima, desde luego, a admirarla, pero sobre todo a compartirla y hacerla también nuestra.

No sólo en términos estrictamente individuales, sino predominantemente sociales. Los de un patrimonio colectivo que tenemos que invertir y revertir en valores y conductas que nos impulsen hacia adelante, nos procuren un más alto nivel y calidad de vida, y desarrollen nuestras posibilidades y expectativas, dentro y fuera de nuestras fronteras.

La entrega de las Medallas de Oro al Mérito en las Bellas Artes es la mejor ocasión para proclamar estos objetivos. Los galardones que aquí se otorgan, y quienes con toda justicia los reciben, son, ante todo, ejemplos que señalar, pero además, y al mismo tiempo, lecciones que podemos y debemos asumir.

 En ellas no premiamos hazañas inaccesibles, sino firmes vocaciones enraizadas por méritos propios en el tejido más interno y básico de nuestro diario discurrir, de nuestras preferencias y aficiones, de la fecunda variedad que nos hace, y hace a nuestra España más cercana y atractiva.

Distinguimos este año a ilustres mecenas, museos y colecciones excepcionales, figuras incontestables de nuestra escultura, música y cine, teatro y danza, a historiadores y escritores, glorias del toreo y grandes nombres de nuestro espectáculo, entre los que tengo que destacar, con especial añoranza, a Dolores Jiménez Alcántara, La Niña de la Puebla, muerta en el escenario de sus triunfos, a la que no podemos entregar personalmente su galardón, pero sí dedicar el recuerdo y agradecimiento que no se acaba.

Todos ellos son el motor y, por así decirlo, la carta de naturaleza de nuestra sociedad actual, que al otorgarles su reconocimiento premia su dedicación y les manifiesta su gratitud por iluminarnos con el brillo de su genio y su obra.

Al felicitarles de corazón, queremos sean también prenda de nuestro futuro y acicate de nuevas generaciones que continúen su obra y hagan perdurable su testimonio.

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